Simón Bolívar y Pablo Morillo sellan los Tratados de Armisticio y Regularización de la Guerra. (Foto: Archivo)

Venezuela: 200 años de diplomacia de paz

Este texto es una transcripción editada del Discurso de orden en la Sesión Solemne Conjunta del Consejo Legislativo del estado Trujillo y el Concejo Municipal de Pampán con motivo del Bicentenario de Los Tratados de Armisticio y Regularización de la Guerra y el encuentro entre el Libertador Simón Bolívar y el general Pablo Morillo. Santa Ana, Trujillo, 27 de noviembre de 2020.


Quiero agradecer a la gobernación del estado Trujillo, al gobernador, General en Jefe Henry Rangel Silva, al Consejo Legislativo del estado, al Concejo Municipal de Pampán, a las autoridades de la parroquia Santa Ana y a todo el pueblo trujillano por concederme el honor de hacer uso de la palabra en tan importante fecha para Venezuela y para el mundo.

Estar en Trujillo evoca la grandeza patriótica, intelectual e histórica de este territorio. La herencia de los cuicas que poblaron estas tierras desde hace aproximadamente 20 mil años está presente en el orgullo, la hidalguía y la consagración al trabajo de sus habitantes. No obstante, su carácter pacífico y su entrega al trabajo en la agricultura, los tejidos y la cerámica, los cuicas resistieron la violencia de los colonizadores en defensa de sus templos, tradición y cultura, destacando los skukes dirigidos por el cacique Karachi. La resistencia a la invasión española de los pueblos originarios de esta región duró 18 años que fueron expresión de gran tenacidad hasta que el cacique Titijai, considerado el líder rebelde más fuerte, fue sometido.

Posterior al 19 de abril de 1810 Trujillo fue dividido en corregimientos, parroquias y aldeas en reconocimiento a su declaración como provincia confederada a la nueva entidad nacional que proclamó su independencia rebelándose al dominio español. En abril de 1811, Juan Pablo Briceño Pacheco firmó en representación de la provincia de Trujillo el Acta de Independencia de Venezuela.

Varios trujillanos se sumaron al movimiento independentista siendo los más destacados Cristóbal de Mendoza, Antonio Nicolás Briceño, Andrés Linares, Cruz Carrillo, Vicente de la Torre y Miguel Vicente Cegarra. Cristóbal de Mendoza llegó a ser el primer presidente de Venezuela como miembro del triunvirato que junto a Juan Escalona y Baltasar Padrón configuraron el poder ejecutivo del país naciente. En 1811 fue miembro de la Asamblea Constitucional que redactó la inaugural constitución de Venezuela. Cuando el país enfrentaba su primera crisis política que obligó al traslado de la capital y con ella el gobierno a Valencia, un trujillano, Antonio Nicolás Briceño, jugo papel señero junto a otros patriotas en la conducción de los destinos de la República hasta su caída en 1812.

En 1813, Simón Bolívar eligió el territorio trujillano para firmar y darle validez al Decreto de Guerra a Muerte, no por un avatar de la historia el Libertador de Venezuela tomo la decisión de que tan trascendental documento tuviera vida en esta región de la nueva República. Debe haber influido el ardor, sentimiento libertario y el casi absoluto apoyo que la causa patriota poseía en estas tierras. Incluso, las resistencias que podría haber generado la rudeza del escrito al interior de la iglesia, fueron atenuados por el arrebolado fervor del sacerdote Francisco Antonio Rosario que no solo dio cobijo al Libertador en su casa, sino que puso al servicio de la causa, las rentas de la iglesia y las suyas personales.

Paradójicamente, el mismo día de la firma del Decreto de Guerra a Muerte en Trujillo, el 15 de junio de 1813, en Barinas fallecía el ilustre trujillano Antonio Nicolás Briceño, que había sido capturado un mes antes, juzgado y fusilado por órdenes del gobernador español, Antonio Tiscar y Pedrosa. Era tal el odio y desprecio de Briceño hacia los españoles que, además de ser precursor en Cartagena en enero de ese año del Decreto de Guerra Muerte, minutos antes de su ejecución afirmó con total entereza: “Es justo que en mí sea castigada también, la sangre presuntuosa de mi estirpe española”.

Al finalizar la segunda República no hubo paz en tierras trujillanas; en las cercanías de Boconó, combatió el coronel Enrique Barroeta de quien Bolívar dijo había sido “el primer guerrillero de América” y que fue conocido como “caudillo del Boconó y el Burate”, pero que llegó incluso a incursionar en la ciudad de Trujillo donde sus tropas dieron muerte al teniente de Justicia español proclamando la restitución de la República en la región. Barroeta logró durante diez años mantener una lucha guerrillera que desconcertó una y otra vez a los realistas, causándole duras derrotas en los profundos valles, desfiladeros y cañadas andinas que tan bien conocía. En octubre de 1820, el Libertador notificó la libertad definitiva de las provincias de Mérida y Trujillo que de esa manera quedaron formalmente agregadas a la República de Colombia.

Dos hechos trascendentales, uno interno y otro exterior, vinieron a generar las condiciones para que se diera un diálogo de las partes confrontadas. Una vez realizado el Congreso de Angostura, en febrero de 1819, el Libertador Simón Bolívar consideró que se habían creado las bases institucionales de la nueva República y que la tarea a acometer era dar continuidad a la guerra hasta lograr la expulsión definitiva de los españoles del territorio americano. Menos de dos semanas después de instalado el Congreso, Bolívar salió de Angostura para iniciar la campaña de Occidente.  Entendió que había mejores condiciones para la libertad de Nueva Granada primero, para después regresar a Venezuela a finalizar la contienda.

Casa del Congreso de Angostura, ubicada en Ciudad Bolívar. (Foto: Archivo)

En una fulgurante operación militar que tomó por sorpresa a los españoles, el ejército patriota penetró en Nueva Granada a través de los inundados llanos del Casanare para después subir la cordillera por el Páramo de Pisba, a casi 4.000 msnm, y caer sobre los atribulados realistas que no esperaban ni una ni otra maniobra suponiendo que Bolívar conduciría su ejército a través de Cúcuta. Menos de un mes y medio después, el Libertador entraba triunfante en Bogotá. La victoria de Boyacá no solo significó la derrota definitiva del imperio español en Nueva Granada, también tuvo implicaciones trascendentes para el futuro de Venezuela, Morillo perdió su división más importante por lo que consciente de su debilidad se vio obligado a replegarse y concentrar sus fuerzas. Por primera vez vislumbró la sensación de la derrota total.

En su informe al Rey, Morillo le explicaba los alcances de la derrota de la siguiente manera:

El sedicioso Bolívar ha ocupado Santa Fe y el fatal éxito de esta batalla ha puesto a su disposición [la Nueva Granada] y los inmensos recursos de un país muy poblado, rico y abundante, de dónde sacará lo que necesite para continuar la guerra […] Bolívar en un solo día acaba con el fruto de cinco años de campaña, y en una sola batalla reconquista lo que las tropas del rey ganaron en muchos combates.

En el plano internacional, el 1° de enero de 1820, el general del Riego proclamó la Constitución de Cádiz restableció las autoridades constitucionales y con ello evitó el traslado a América del ejército con el que Fernando VII buscaba someter a los patriotas que luchaban por la independencia. A partir de aquel 1° de enero de 1820 ningún soldado español sería enviado a restablecer el absolutismo en América.  Esta decisión del general del Riego y de los liberales españoles, y su determinada oposición a que se trasladara un nuevo ejército a América, tuvo una influencia decisiva en la coyuntura y en los posteriores combates que llevaron a la independencia definitiva en Ayacucho, en 1824.

No obstante, los inconvenientes que se generaban en el curso de la contienda, el estado de ánimo y la moral de Bolívar y su tropa se encontraban en un punto muy elevado, lo cual contrastaba con el de los realistas. Morillo sabía lo que significaba en términos estratégicos la pérdida de Nueva Granada, por lo que se dirigió con urgencia al Rey para pedir refuerzos. Advertía con gran visión que de no ser capaz de enfrentar a Bolívar con prontitud, la llama de la independencia se extendería por toda la región, con la consiguiente pérdida de las provincias americanas por parte de la monarquía.

En este contexto, el alzamiento de Riego resultó providencial, la monarquía no estaba en capacidad de enviar las asistencias solicitadas, lo cual, al ser conocido por Bolívar, le permitió entender que se encontraba en un momento cúlmine de las luchas independentistas y que solo se necesitaba un esfuerzo final para producir la derrota realista.

El conocimiento de la situación en España, por el contrario, trajo desazón y un sentimiento de infortunio para Morillo, quien pensaba que todavía era posible ganar la guerra si recibía el socorro requerido. Las soluciones propuestas por Madrid no llenaron las expectativas del General, por lo que comenzó a pensar en la posibilidad de buscar la paz y una solución del conflicto por vía de una negociación que permitiera a España retirarse de manera ordenada, salvándose de una derrota catastrófica y vergonzosa.

El 11 de abril, las autoridades del nuevo gobierno de Madrid expidieron instrucciones para que se buscaran negociaciones en pos de la reconciliación con los insurgentes en América. Morillo recibió estas pautas el 6 de junio disponiéndose a escuchar a las autoridades, a los representantes del clero y a los más destacados vecinos de la capital para conocer sus opiniones y pulsar el estado de ánimo de la sociedad en relación con ellas.

Por su parte, la primera vez que el Libertador hizo mención a la posibilidad de que se creara un escenario de negociación con el enemigo fue en una carta que le dirigió al vicepresidente Carlos Soublette desde Cúcuta el 19 de junio. En esta larga misiva en la que esboza un pormenorizado análisis de las noticias llegadas desde España relacionadas al juramento a la Constitución y a las Cortes que había hecho Fernando VII, Bolívar hace una valoración muy positiva en cuanto a que esta decisión obligaría a la Corona a ceder ante quienes estaban apostando por la paz, entre ellos el ejército en primera instancia. 

Pero, la parte medular de su razonamiento corresponde a las implicaciones que la situación creada tenía en América, sobre todo en lo referido a la imposibilidad de enviar un ejército desde la península para sostener a las menguadas tropas de Morillo. En términos generales, evaluó que, dado que España estaba perdiendo el poder político en la región, no le quedaba más que intentar sostener un vínculo económico y comercial positivo con sus excolonias, tratando de sacar ventajas respecto de sus varios y poderosos rivales en este ámbito. Intuyó que sobrevendrían contradicciones entre los que sostenían ideas conservadoras y monárquicas y los que asumían posiciones liberales y republicanas, entre los que se incluyó a sí mismo.

Sobre esta base, en su cabeza comenzaron a incubarse los probables escenarios para el futuro inmediato, y en ese contexto es que le expone a Soublette, en carta fechada en Cúcuta el 19 de junio, algunos de los elementos que sistematizados podrían constituir una doctrina bolivariana para la negociación. Hemos extraído los siguientes:

  • Una negociación es un tipo de confrontación en la que ambas partes van a correr riesgos.
  • En la negociación se hace necesario tener la habilidad para supeditar los intereses de coyuntura a los de carácter estratégico.
  • Si es de interés propio realizar la negociación y si esta se ve constreñida por factores externos, es obligación oportuna facilitar los métodos y los medios para que la misma se realice.
  • Estos métodos y medios pueden y deben ser múltiples y diversos.
  • Cualquier negociación debe estar subordinada a las regulaciones jurídicas de la República sin posibilidad alguna de ponerse por encima o al margen de ellas.
  • Una negociación ofrece —al igual que el campo de batalla— la posibilidad de vencer al enemigo, pero evitando muertes e infortunios.
  • Aún cuando se tenga la superioridad en términos militares, una negociación como forma pacífica de resolución de conflictos es siempre más deseable que intentar obtener la victoria por vía armada.

Sobre la base de estos preceptos, Bolívar comenzó a preparar y prepararse para establecer conversaciones con Morillo. Con este objetivo impartió órdenes a sus generales para evitar falsas tentaciones que condujeran a conductas equivocadas que pudieran poner en riesgo u ocasionar problemas al proceso de negociación. Ese mismo día 19 de junio, en carta a Santander, además de exponer su felicidad por las noticias recibidas desde la península, profetiza la posibilidad cierta de que se pueda producir la negociación con los españoles

En el N° 71 del 15 de julio, el Correo del Orinoco informó que Morillo había comenzado a poner en práctica la nueva Constitución de España, por lo que había propuesto un acuerdo de armisticio mientras se esperaba el resultado de las negociaciones que se habrían de emprender con el Gobierno de Colombia. En paralelo, y en cumplimiento de las instrucciones dadas por Morillo, el 2 de julio, desde Bailadores, en una carta que no pareciera estar dirigida al enemigo, el general español Miguel de la Torre escribe al Libertador para solicitarle un mes de suspensión de hostilidades a fin de iniciar conversaciones.

El general español Pablo Morillo. (Foto: Pedro José Figueroa / Museo Nacional de Colombia)

Tal vez nadie podía dimensionar —como lo hizo Bolívar— la trascendencia del acontecimiento que estaba a punto de ocurrir, por lo que decidió tomar en sus manos la preparación, desarrollo y ejecución del proceso que llevaría a la firma de un documento que habría de transformarse en instrumento jurídico de valor imperecedero para Venezuela, América Latina y toda la humanidad.

Este ambiente de novedosa cordialidad devino en el primer encuentro de Bolívar con un representante de la corona española. Tal encargo recayó en el teniente coronel José María Herrera, primer ayudante del general Miguel de la Torre. La respuesta del presidente de Colombia fue clara y contundente, después de expresar la “mayor satisfacción” por la propuesta de armisticio hecha por los españoles, fue enfático al transmitir que cualquier negociación con su gobierno se debía hacerse sobre la base del reconocimiento de Colombia como Estado independiente, libre y soberano. 

Asimismo, escribe a Morillo el 21 de julio desde el Cuartel General de El Rosario para reafirmar con gran elocuencia que el pueblo de Colombia —resuelto a consagrarse a la causa de la patria oprimida y combatir perpetuamente a quien desde el exterior pretende dominarle hasta obtener la independencia—, está obligado por el ordenamiento interior de la República a tratar con el Gobierno español, solo en el marco de la Ley Fundamental.

En el ambiente de cierta intranquilidad generado por la posibilidad de plantarse ante un nuevo escenario de la confrontación con España, Bolívar redobló sus esfuerzos informativos viéndose obligado a utilizar parte importante de su tiempo para dar a conocer lo que estaba ocurriendo a jefes y autoridades de la República, quienes expectantes seguían el curso de los acontecimientos de manera pormenorizada tanto en Venezuela como en Cundinamarca. En la correspondencia que les va enviando se puede ir desbrozando una vez más sus dotes de estadista y su visión estratégica de futuro. A través de la comunicación epistolar que mantuvo durante estos días se van sentando —una vez más— las bases de esa doctrina de negociación en condiciones extremas, cuando se está jugando el destino de la Patria y su porvenir.

Lo primero es que está persuadido que los españoles, sobre todo los militares, tienen plena convicción respecto de la inutilidad de la guerra y, por tanto, de la necesidad de buscar la paz de forma inmediata. En segundo lugar, piensa que esta potencial negociación —de forma inexcusable— debe significar el reconocimiento de Colombia como Estado independiente, sin lo cual para él su realización carecería de todo sentido.

Los acercamientos se paralizaron durante un mes. Bolívar observa que existen dificultades prácticas que emanaban de las limitantes legales que encaraba el poder español y Morillo en particular para dar continuidad al proceso que tibiamente había iniciado en julio, El Libertador entendió que debía ser él quien propusiera una metodología que permitiera persistir y dar continuidad  a un proceso que creía necesario para evitar los sufrimientos que la guerra estaba causando al pueblo, obligándolo a debatirse en paupérrimas condiciones económicas y sociales.

En este contexto, el Libertador le escribe a Morillo desde San Cristóbal el 21 de septiembre. Reconoce su iniciativa para buscar un armisticio con el objetivo de garantizar la paz, pero le reitera que él mismo, sin el reconocimiento por parte de España del Gobierno de Colombia, sería muy perjudicial para los intereses de la República cuando era inevitable una pronta, definitiva y total victoria patriota en todo el territorio colombiano, incluyendo Venezuela y Quito.

No obstante, insistiendo en una voluntad de paz que el Gobierno de Colombia prefería, incluso a la posibilidad de dar continuidad a la guerra, aunque el horizonte era de victoria, le propone comunicarse directamente para discutir acerca de las diferencias que impiden la firma del armisticio, proponiendo alternativas que destraben el proceso.

Morillo, después de consultar a una junta de autoridades que decidió atender la petición, designó negociadores con instrucciones de actuar con flexibilidad de criterios al responder las demandas de los colombianos. Toda vez que la aceptación del reconocimiento de Colombia no estaba en sus manos, Morillo ordenó ofrecer todo tipo de garantías a los colombianos, mientras ganaba tiempo para que fueran las autoridades en la península quienes tuvieran que tomar una decisión al respecto.

En la continuidad de los preparativos para el encuentro con los comisionados españoles, Bolívar, decididamente interesado en fortalecer su posición negociadora avanzando en el terreno de las operaciones militares, comienza a ejecutar un plan de campaña en la región andina ocupando Mérida y Trujillo.

La “Campaña Admirable” iniciada por Simón Bolívar en 1813. (Foto: Archivo)

El 30 de septiembre salió de San Cristóbal, el 1° de octubre ocupó Mérida sin resistencia, el 5 del mismo mes está en Timotes y el día 7 entró en Trujillo, donde se dedica a preparar la logística y la inteligencia necesaria para dar seguimiento a la guerra en los llanos y eventualmente avanzar hacia el centro del país. Planea encontrarse con Páez en Guanare el 15 de noviembre para proseguir en conjunto las operaciones. Como se observa, el Libertador se preparaba para actuar en dos escenarios simultáneamente: el de la paz y el de la guerra.

Se dirigió a Carache, en donde emitió una proclama a los colombianos el 14 de octubre en las que, preparando a los ciudadanos para las próximas eventualidades, reafirma que: “La paz o la victoria nos dará el resto de Colombia”. Ampliando su explicación sobre las perspectivas que se presentan en el escenario del conflicto, despliega sus mejores letras para notificar en esta proclama que:

Se nos ha ofrecido constitución y paz: hemos respondido paz e independencia; porque solo la independencia puede asegurar la amistad de los españoles, la voluntad del pueblo y sus derechos sagrados. ¿Podríamos aceptar un código enemigo prostituyéndoles nuestras leyes patrias? ¿Podríamos quebrantar las leyes de la naturaleza salvando el océano para unir dos continentes remotos? ¿Podríamos ligar nuestros intereses, los intereses de una nación que es nuestro suplicio? ¡¡¡No colombianos!!! Nadie tema al ejército libertador que no viene a romper sino cadenas: que en sus banderas lleva los colores del Iris y que no desea empañar sus armas con la muerte.

El 26 de octubre, estando en Trujillo, el Libertador le dirigió una nueva carta a Morillo (la cuarta). En la misiva, Bolívar deja abierta a la discusión las objeciones que pudiera hacer y las modificaciones que proponga introducir la parte española, advirtiendo empero que las demandas colombianas son bastante moderadas si se considera la situación operativa de la contienda en la que el ejercito libertador tiene una capacidad de actuar en el terreno bélico que le podría permitir obtener mucho más, si recurriera a ese expediente. De la misma manera, considera que en los hechos se estaban haciendo grandes concesiones con el único objetivo de dar por finalizada la guerra a través de un acuerdo a pesar de que este no aseguraba nada en cuanto a los objetivos primordiales de los independentistas.

Morillo se apresura a contestar a Bolívar el 29 de octubre, todavía desde Barquisimeto, pero en el momento en que iniciaba su avance hacia Carache, donde pensaba fijar su cuartel general. En su misiva de respuesta afirma que las proposiciones contenidas en la comunicación recibida son inaceptables para los intereses de su país por lo que no las puede admitir. 

No obstante, asegura que los comisionados designados para llevar adelante las negociaciones pueden discutir todos estos aspectos porque tienen instrucciones al respecto y están dotados de poderes para ello.

El 3 de noviembre, estando todavía en Carache, Bolívar envía sucesiva correspondencia a Morillo ese mismo día y al siguiente, contestando la del jefe español del 20 y 29 de octubre. En la primera de ellas, con hidalguía expone que suponía que había quedado esclarecido el contexto en el que se habrían de realizar las negociaciones, pero que considera ultrajante suponer que —tal como se manifiesta en las misivas recibidas— el cónclave podría realizarse bajo la aceptación de la ley española que los patriotas han rechazado una y otra vez durante los diez años de guerra, sobre todo cuando la victoria de las armas independentistas es pronta y segura, lo que conduce a un irreversible fin de la dominación española en Colombia. Reitera que si las propuestas que se han hecho no convienen a España, mucho menos a Colombia, cuyo único empeño es la independencia. Además, asegura que si las demandas de Colombia no son aceptables para España, el armisticio no tendrá lugar.

A continuación, le hace una sorprendente propuesta a Morillo. Le dice que apela a sus buenos oficios en favor del sentido humanitario, para que gire instrucciones a sus comisionados a fin de que se concluya un “tratado verdaderamente santo”, que regularice la guerra de los horrores y crímenes que hasta ahora se han cometido, para que el mismo sirva como “un monumento entre las naciones más cultas, de civilización, de liberalidad y filantropía”.

Al respecto, el historiador peruano Gonzalo Quintero Saravia afirma que con esta propuesta Bolívar “de manera magistral” le arrebató la iniciativa a Morillo al agregar al armisticio un tratado de regularización de la guerra. Lo califica de “golpe de efecto maestro” toda vez que quien había decretado la guerra a muerte ahora era quien abogaba por la humanización del conflicto. 

El Libertador ampliaba el marco de la negociación y transformaba un simple acuerdo transitorio de suspensión de hostilidades en un tratado entre Estados soberanos en el marco del derecho internacional, lo cual, en caso de firmarse, en la práctica le daba reconocimiento formal a Colombia como sujeto de derecho. He ahí el verdadero objetivo de Bolívar: mientras le concedía carácter táctico al armisticio, entendía la dimensión estratégica que podría alcanzar la firma del tratado de regularización de la guerra. Con ello, los comisionados tendrían una extraordinaria herramienta de negociación, toda vez que podían ceder mucho de lo que los españoles seguramente pedirían en el armisticio, para mantener incólume lo referido al segundo documento que se habría de discutir.

La sagacidad, la astucia y las dotes de hombre de Estado de Bolívar no fueron percibidas por Morillo, tampoco por los comisionados, ninguno de los cuales eran hombres conocedores del derecho y las leyes, por lo que al no haber observaciones, se le siguió dando curso al intercambio epistolar preparativo del cónclave.  

El 15 de noviembre, en carta a Santander, el Libertador expone de manera precisa que en el contexto de la guerra lo más importante del momento es la búsqueda de un acuerdo con los españoles. En el intertanto, el Libertador no descuida sus distintas responsabilidades de Estado, mantiene plena observación sobre otros aspectos de la administración y se adelanta a preparar el combate en la eventualidad de que las negociaciones en Trujillo no funcionen.

Los comisionados españoles llegaron finalmente a Carache el 19 de noviembre. De inmediato Morillo les entregó una comunicación que Bolívar les había enviado con Sucre y Plaza el día 9.

En correspondencia del día 20, Bolívar celebra la pronta llegada de los comisionados, pero advierte que no admitirá que estos vengan premunidos de la “misma misión insultante” que  se había adelantado en  las comunicaciones previas  y que si ese es el caso “nada me será tan desagradable como verlos”.

En un despacho de este mismo día, Bolívar le comunica formalmente a Morillo que ha designado al general Antonio José de Sucre, al coronel Pedro Briceño Méndez y al teniente coronel José Gabriel Pérez para que actúen como comisionados del Gobierno de Colombia facultados para concluir y firmar el armisticio que el jefe español le ha solicitado.

Si bien es cierto que toda esta correspondencia previa debería considerarse parte de las negociaciones, es el 21 de noviembre, cuando —con la llegada de los comisionados españoles a Trujillo— se inicia formalmente el intercambio. Como se sabe, Bolívar se había retirado a Sabanalarga por lo que fueron recibidos en su ausencia por los tres comisionados colombianos. Fueron acogidos con el respeto que merecían dada su alta investidura.

La ausencia del Libertador de Trujillo durante los días de debates previos a la firma de los tratados se debe entender en dos planos que resaltan la grandeza de este hombre. En primer lugar, no quiso sacar ventajas respecto de Morillo que se encontraba en Carache alejado también del lugar de la negociación y en segundo término, sabiendo de su extraordinaria autoridad moral,  no quiso con su presencia opacar el trabajo de los comisionados que naturalmente tendrían la tentación de consultar con él cada paso que se iba dando.

Retrato de Antonio José de Sucre. (Foto: Martín Tovar y Tovar)

De esta manera, dio pleno apoyo a sus comisionados y les trasmitió confianza en sus capacidades para tomar decisiones. Pensando en el futuro, cedió al general Antonio José de Sucre el protagonismo en las negociaciones para que volcara en ellas todas las cualidades que ya Bolívar había descubierto en el cumanés. Así, Trujillo fue para Sucre el trampolín sobre el que saltó para proyectar también su imagen de estratega y estadista, porque las de guerrero y líder ya las había hecho patente sobremanera en el campo de batalla. 

Al día siguiente, miércoles 22, se produce el primer encuentro de trabajo entre los negociadores. Con fundamento en la carta-propuesta de Bolívar del 26 de octubre, y los puntos de vista que habían emergido de la reunión de Morillo y de la Torre con los comisionados españoles el día 19 de noviembre, estos hacen entrega de un primer documento que en gran medida integra todos los anteriores, agregando un artículo que plantea medidas a tomar en caso de que nuevamente se rompan las hostilidades.

Mientras tanto, Bolívar no abandona su responsabilidad de Estado, sus dotes de guía y dirigente son puestos a prueba a cada momento, preocupado por el trazado de la confrontación bélica y en ese momento, por el curso de las negociaciones, se da el tiempo para estar informado y darle a la guerra de independencia iberoamericana un carácter trascendental. En su capacidad de encarar lo estratégico y lo táctico en relación dialéctica se expresa su condición de líder sin igual en el contexto y sin parangón en la historia americana.

De forma magistral, hace despliegue de sus capacidades para explicar lo que está ocurriendo en lo inmediato y su decisión de actuar acorde a ello, a fin de aprovechar al máximo el armisticio para las batallas decisivas que vislumbra, al mismo tiempo que observa el mundo descubriendo condiciones internacionales favorables para la lucha y la victoria.

La propuesta inicial de los comisionados colombianos había creado cierta zozobra en sus pares españoles, se confrontaban dos ofertas distintas, sobre el tapete se puso de relieve la voluntad negociadora de las partes; sin embargo, fue imperativa la necesidad de realizar largas sesiones que estuvieron marcadas por encendidos debates y apasionadas defensas de las posiciones de una y otra delegación, no obstante, en todo momento se mantuvo “la buena armonía y la urbanidad”.

El día 23, la negociación se debatía en medio de dificultades que en algunos momentos llevaron a pensar que no habría documento final. Ante esto, los comisionados colombianos, teniendo ya el aval del Libertador y a fin de salvar el convenio, aceptaron hacer modificaciones a las proposiciones iniciales.

Estos últimos intercambios parecieron allanar el camino a un acuerdo. En los aspectos fundamentales en los que inicialmente había controversia, sobre todo en cuanto a la ocupación de territorios, se estaban acercando las posiciones. Al día siguiente, 24 de noviembre, Morillo dirigió una nueva comunicación a sus comisionados en la que hace saber su conformidad con los aspectos acordados. Asimismo, ordenó aceptar sin dilación lo concerniente a la regularización de la guerra y les instruyó en el sentido que se debían finiquitar las negociaciones sin nuevas consultas, por lo que autoriza a sus comisionados a concluir definitivamente el tratado.

En la otra parte, Bolívar en sucesivos oficios enviados el mismo día a sus comisionados, les comunica que a pesar de que el acuerdo no es favorable para los patriotas ni en términos territoriales ni por la paralización de las acciones bélicas, lo acepta por haber sido negociado por ellos a quienes se les había concedido la autoridad para hacerlo. No obstante, afirma que no está dispuesto a nuevas concesiones y que si se llegaran a solicitar, la respuesta sería la continuación de la guerra.

Así las cosas, no quedaban aspectos sustanciales a discutir, los diálogos del día 24 y 25 se dieron en un clima relajado, en el que se advertía buen ánimo de las partes una vez superadas las tensiones de las jornadas anteriores. De esa manera, todo quedo dispuesto para la firma de los documentos, lo cual se produjo la noche del día 25 y la mañana del 26.

Al día siguiente, tal como se había concertado, los jefes de ambos ejércitos se dispusieron a encontrarse en Santa Ana. Morillo llegó primero, iba vestido con su uniforme de gala, radiante con sus medallas y condecoraciones. Junto a él estaba su jefe de estado mayor, general Miguel de la Torre y 50 oficiales, además de un escuadrón de húsares.

El edecán del presidente de Colombia, capitán Daniel O´Leary, fue encargado por el Libertador de adelantarse y anunciarle a Morillo que su jefe ya estaba en camino y que muy pronto llegaría a Santa Ana. Morillo preguntó qué escolta traía Bolívar a lo que O´Leary contestó que solo diez o doce oficiales, además de los comisionados españoles que negociaron el armisticio y la regularización de la guerra. Morillo quedó impresionado, había pensado incluso que su escolta era pequeña para el acontecimiento que habría de vivir, expresando que su adversario le había ganado en caballerosidad, dando órdenes al escuadrón de húsares para que se retirara.

El Libertador bajó de su cabalgadura y se estrecharon en un fuerte abrazo. Bolívar también saludó al general de la Torre. En la mejor casa de este pueblo, Morillo había ordenado preparar un agasajo apropiado para la ocasión, la modestia del ambiente circundante no impidió que en las mesas hubiera el mejor vino de la Rioja. El Libertador hizo el siguiente brindis:

…a la heroica firmeza de los combatientes de uno y otro ejército: a la constancia, sufrimiento y valor sin ejemplo; a los hombres dignos que a través de males horrorosos, sostienen y defienden la libertad; a los que han muerto gloriosamente en defensa de su patria o de su gobierno; a los heridos de ambos ejércitos, que han mostrado su intrepidez, su dignidad y su carácter (…) Odio eterno a los que deseen sangre y la derramen injustamente.

Morillo contestó el brindis exclamando: “ Castigue el cielo a los que no estén animados de los mismos sentimientos de paz y amistad que nosotros”.

La historia de lo ocurrido ese día hace 200 años en este lugar es bien conocida. Los dos jefes y sus acompañantes dieron rienda suelta a la conversación bajo un ambiente de gran efusividad y alegría, hablaban la misma lengua, no solo porque el idioma utilizado era el español, sino —sobre todo— porque se producía una identidad de guerreros que amaban a su patria y habían consagrado su vida a servirlas. Los dramas horribles que toda guerra genera pasaron a segundo plano y se sucedieron los brindis a favor de la paz.

Los dos soldados hablaron de sus campañas, de los avatares de la política, intercambiaron sobre la situación de Europa y América. Se explayaron con viva emoción al exponer sus ideas. Bolívar era gran conversador, poseía gran facilidad de palabra; Morillo no se quedaba atrás, haciendo gala de expresividad y amplitud, pero el Libertador le ganaba en agudeza y frontal exposición de sus puntos de vista sin titubeos. Sin embargo, hubo mutuas recriminaciones por los excesos cometidos por ambos bandos, pero ante el reclamo por el fusilamiento del general Barreiro y otros 37 oficiales españoles en Bogotá, el Libertador contestó con prontitud que no solo no lo había ordenado, sino que expresó su frontal rechazo a la decisión de Santander obligándolo a una explicación por escrito. De la misma forma, Bolívar expuso los sucesos de Nueva Granada donde los españoles se ensañaron con personas juzgadas y asesinadas en 1816 por su apego a la independencia, rememoró al “inmaculado” Camilo Torres, al sabio Francisco José de Caldas, al general José María Cabal, a José Gregorio Gutiérrez, Miguel Pombo y muchos otros ciudadanos ilustres, cuyas injustas muertes daban derecho a retaliación.

Bolívar le explicó que precisamente se trataba de que con el acuerdo recién firmado se diera fin a esas prácticas. Él mismo, quien había dado nacimiento en 1813 al Decreto de Guerra Muerte, ahora se había venido a suscribir, en el mismo lugar, este nuevo trato que la historia recogería con la justicia que se merece. El Libertador le recordó a Morillo que la guerra está plagada de acciones “impolíticas”.

Al finalizar el día, ambos generales se retiraron a descansar en el mismo cuarto y bajo el mismo techo. Aquellos dos hombres que se habían sometido a largas noches de insomnio que el uno le había producido al otro y viceversa, durmieron de manera apacible, tal vez por primera vez en muchos años.

Al día siguiente, muy de mañana, Bolívar y Morillo se dirigieron al mismo lugar donde se habían encontrado la primera vez, nuevamente se reunieron, repitieron sus compromisos, aclamaron a Colombia y España y se separaron para no verse nunca más. Ambos quedaron muy complacidos con el cónclave.

Al estudiar estos hechos en un ámbito más amplio, debe valorarse que el tratado de regularización de la guerra, que en los hechos significaba un reconocimiento de la independencia de Colombia trasuntando una visión liberal de la política, fue muy bien visto en Europa y Estados Unidos toda vez que visualizaba enormes oportunidades para el comercio.

Bolívar giró urgentes disposiciones para que los tratados fueran de conocimiento de todas las instancias civiles de gobierno y por los jefes militares. El Libertador, a su vez, envió sendas comunicaciones al general Santander el 29 de noviembre y el 1° de diciembre en las que hace su propia reflexión sobre el encuentro. En la primera de esas misivas, evaluando la importancia estratégica de los acuerdos logrados opina que:

El armisticio nos es ventajoso porque, establecida nuestra comunicación franca y ocupando buenas posiciones en una línea sin intermisión alguna, estamos en la mejor aptitud para continuar las operaciones, llegado el tiempo de lo cual creo no habrá necesidad, porque la mayor ventaja del armisticio es el término de la guerra según se nos asegura. El tratado que regulariza la guerra, nos hace un grande honor, porque ha sido todo propuesto por nosotros.

Los acuerdos alcanzados no tuvieron, sin embargo, similar acogida entre los ciudadanos de la República. Anteriormente se explicó que siendo que el acuerdo de armisticio tenía objetivos de carácter táctico, el de regularización de la guerra se proyectaba en un ámbito estratégico que decía relación con obtener la paz y lograr la independencia. En ese sentido, aunque discutible si nos atenemos a la mirada total del país y lo que se había asegurado en términos de control territorial, es indudable que Bolívar cedió en lo inmediato a fin de avanzar hacia la obtención de la victoria total. Ello no fue comprendido en ciertos sectores, sobre todo del ejército, que entendían que se había entregado demasiado. Solo el tiempo le vino a dar la razón al Libertador, lo cual no era de extrañar si se visualiza su portentosa visión de largo plazo.

Unas semanas después, el 22 de diciembre, el presidente de Colombia dirige tres extensas comunicaciones al vicepresidente Juan Germán Roscio. En la preparación del Congreso hizo un recuento general de los acontecimientos y las valoraciones que se hicieron hasta llegar a los tratados y reafirma que el primer objetivo fue lograr el reconocimiento de la República. En este marco, Bolívar se explaya en consideraciones de carácter geopolítico reiterado que es de su opinión que, si es necesario, se deben hacer concesiones a cambio de lograr objetivos de mucha mayor valía, no obstante entiende que esto lo debe decidir el Congreso en Cúcuta. En este sentido, resalta la significación estratégica de Panamá por su ubicación geográfica a medio camino con México, estima que el Congreso debe debatir acerca de la posición a adoptar respecto de la relación con las repúblicas independientes del sur, con México y las Antillas.

Hace público su recelo respecto de las posibilidades que se puedan obtener al comerciar con Inglaterra y Estados Unidos, porque aprecia que ni una ni otra permitirán un acuerdo mutuamente ventajoso. Al contrario, piensa que obligarán a Colombia a renunciar a sus ventajas. Incluso se atreve a concebir una posible alianza con España después de haber logrado la independencia a fin de asegurar la estabilidad y la paz de la República a futuro.

Tan pronto Morillo regresó a Caracas desde Santa Ana dio inicio a los preparativos para su partida. El 2 de diciembre dirigió sendas proclamas de despedida, una al ejército y otra a los venezolanos. Utilizó sus últimos días en Venezuela para despedirse de sus amigos, además de reunir sus pertenencias y documentos. Marchaba con el dolor de dejar a quienes fueron sus compañeros de armas, sabiendo que, aunque el fin de la guerra estaba cercano, el resultado no iba a ser favorable para España.

Seguía pensando que la suerte de su ejército se había sellado cuando el gobierno no había oído sus ruegos por el envío de refuerzos más de un año atrás. Le desesperaba también palpar que muchos españoles leales a la Corona tenían la misma percepción que él y sentían temor de la llegada de la independencia.

Una vez realizadas todas las diligencias necesarias, Morillo se embarcó el 17 de diciembre a España en la corbeta “Descubierta”. No podía saber que ese mismo día, exactamente 10 años después, habría de fallecer el hombre que se transformó en la sombra que turbaba sus sueños, impidiéndole concretar lo que habría podido ser la victoria más importante de su brillante carrera militar. Ahora sentía que en Venezuela estaba dejando a un amigo.

Mucho tiempo después, Bolívar le escribió por última vez a Morillo el 22 de julio de 1822 desde Guayaquil. En esta última carta entre estos dos bravos guerreros, ahora amigos en la distancia, Bolívar asegura que: “… de todos modos, debe Vd. contar con que mis ofertas de Santa Ana son y serán eternas”.

En una mirada desde Venezuela, país en que nació Simón Bolívar y al que le dio libertad e independencia por lo que le tributó los títulos de Libertador y Padre de la Patria, recordar este acontecimiento histórico debe servir como reconocimiento a la gesta que bajo su dirección inmediata se produjo hace dos siglos. A ella, entregó más de la mitad de su vida, al final de la cual no solo Venezuela había nacido como nación soberana, otros cinco países actuales también accedieron a esa condición tras la victoria en la larga lucha emancipadora.

Pero en esta ocasión, el hecho histórico que se rememora tiene dos partes actuantes y dos partes protagónicas: llegar a un acuerdo y firmar un tratado no es un hecho unilateral, necesita de voluntad política, capacidad de negociación y una gran dosis de generosidad para ceder cuando sea necesario en pos de lograr el objetivo supremo.

Sería ahistórico, mezquino y portador de un chovinismo absurdo relatar estos hechos desde una perspectiva parcial y fragmentada cuando el acontecimiento visto desde la contemplación de sus protagonistas arroja un enfoque distinto.

Aquí hubo dos naciones enfrentadas ferozmente en los campos de batalla y dos naciones que decidieron negociar para intentar concluir el conflicto a través de un diálogo que condujera a una salida pacífica. Incluso se acordó que si las circunstancias no permitían lograr ese objetivo, la guerra se continuaría en términos de un mayor respeto a la condición humana.

En el escenario internacional es cotidiano negociar entre actores que tienen intereses comunes y/o cercanos. Ello no entraña mayor complicación. Las dificultades emanan de la búsqueda de consensos entre actores antagónicos que buscan resultados opuestos. Este era el caso de la guerra de independencia de las colonias hispanoamericanas que enfrentaba la irrevocable decisión de libertad de una parte con el obstinado deseo de la otra por mantener la sujeción de estos pueblos a la corona española.

De manera tal que los niveles de odio, resentimiento y animadversión estaban a flor de piel cuando las circunstancias políticas y militares indicaron la posibilidad de sentarse frente a frente a dirimir las diferencias. Justo es decir que hubo voluntad de ambas partes para que así fuera. La condición humana que da la posibilidad de comunicarse y conversar estuvo por encima de cualquier desacuerdo o discrepancia. El intenso intercambio epistolar previo fue poniendo sobre la mesa los puntos de vista de cada uno, se fueron limando las asperezas hasta llegar a ese memorable 25 de noviembre de 1820 en Trujillo.

Ese día se encontraron las dos delegaciones sin la presencia de Bolívar ni Morillo, aunque se debe decir que el proceso para llegar hasta allí estuvo marcado por la impronta que le impusieron estos dos genios militares. Si bien es cierto que en el terreno bélico hasta ese momento la situación favorecía a los patriotas y a Bolívar, en la mesa de negociaciones ambos emergieron victoriosos como debe ser en un pacto que no ha sido precedido por la victoria militar de ninguna de las partes. El Tratado de Armisticio llevó al de la Regularización de la Guerra y ambos al encuentro fraterno de los dos enemigos en Santa Ana. Las tres acciones eran impensables solo unos meses atrás.

Ambos líderes arribaron al encuentro en condiciones diferentes, Bolívar embalado hacia la victoria final después del triunfo en Boyacá, Morillo sabedor que después de esa derrota, la victoria era imposible para la Corona. Todo indica que su mayor aspiración era regresar a su patria, pero no quería hacerlo sin antes conocer al protagonista de sus peores pesadillas en el terreno de la guerra tras casi treinta años de servicio militar. Tan es así que solo veinte días después del encuentro de Santa Ana se embarcó para España para no volver nunca más.

Monumento al encuentro entre Bolívar y Morillo en Santa Ana de Trujillo. (Foto: Alba Ciudad)

Bolívar por su parte, en 1820 estaba aún transitando su camino a la gloria, tan solo siete meses después de Santa Ana, la victoria de Carabobo en junio de 1821 despedazó para siempre el dominio colonial español en su natal Venezuela.

Los tratados firmados en Trujillo tuvieron un impacto inmediato en el desarrollo de la guerra de independencia y en el desenlace de la misma, pero más allá de sus repercusiones inmediatas, marcaron una pauta imborrable en los anales de la historia del derecho para América y para el mundo.

Como se ha sabido, grandes tratadistas entre los cuales se pueden señalar a Sun Tzu y Karl Von Clausewitz por mencionar solo dos de los más relevantes investigadores sobre el tema: estratega militar y filósofo el primero, e historiador especializado en temas bélicos el segundo, ambos, que hicieron aportes sustanciales para la elaboración de una teoría de la guerra en dos momentos distantes de la historia, dedicaron parte de su obra a los aspectos humanitarios del conflicto, dándole de esa manera un valor que no se puede soslayar.

Los tratados de Trujillo y el encuentro entre Bolívar y Morillo deben ser instalados en el pináculo más alto de la historia patria. Una conocida frase de José Martí enuncia que “Honrar, honra”. Justo es honrar al general español que tan férrea lucha hizo en defensa de los intereses de su patria hasta retirarse con una derrota en ciernes en el campo de batalla, pero justo también es decir que en Santa Ana ambos contendientes brillaron por igual.

Y aquí estamos, 200 años después, con el arado y el lápiz en una mano dispuestos al trabajo y a la firma de la paz para conseguir nuestro desarrollo y nuestro derecho a una vida mejor, pero con el fusil en la otra, si alguien osara hoyar el suelo sagrado de la patria para apoderarse de nuestras riquezas y nuestra felicidad.

Somos hijos de Bolívar, en nuestras vidas esta impresa la indomable estirpe de los que nos precedieron y regaron con su sangre el camino de la independencia. Con Bolívar también aprendimos que la paz es mucho más preciada que cualquier victoria obtenida con el recurso de las armas. Así, el Libertador también nos enseñó que no hay nada más valioso que las mujeres y los hombres que habitan esta tierra.

También somos hijos de Chávez, quien nos legó la perseverancia, la confianza en el pueblo y la fe en la victoria. Con Bolívar y Chávez transitamos los difíciles caminos de este siglo XXI, en las que un nuevo imperio —de la misma manera que dos siglos atrás— intenta impedir que nuestros anhelos de justicia, libertad e independencia se hagan realidad. Pero en esta ocasión, como dijera el Comandante inmortal cuando se despidiera de nuestro pueblo aquel aciago 8 de diciembre de 2012: “¡Ahora tenemos Patria!”

La amamos, la defendemos, luchamos y lucharemos por ella, y hoy, bajo la conducción del presidente Nicolás Maduro, seguiremos escribiendo los tratados de Trujillo de los nuevos tiempos y seremos capaces de abrazarnos con el enemigo como lo hiciera Bolívar con Morillo, si ello allanara el camino a la paz y la felicidad de nuestro pueblo, pero como nos enseñara el Libertador solo lo haremos si se respeta nuestro derecho a la soberanía y a la decisión de adoptar el sistema político que decidamos.

Doscientos años después la consigna es la misma: “Independencia o nada”.

Vivan los héroes inmortales que nos dieron patria y libertad.

¡Viva el Libertador Simón Bolívar!

¡Viva Venezuela!

AUTOR
Sergio Rodríguez Gelfenstein
ASOCIADO
Instituto Samuel Robinson para el pensamiento original.
Caracas. República Bolivariana de Venezuela. 2021.

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