Hugo Chávez, presidente de Venezuela durante más de una década y líder histórico de masas. (Foto: AFP)

La estrategia filosófica del Comandante Chávez

Son difusos, a veces imprecisables, los límites de los ámbitos por los que circula un
pensamiento que quiere ser lenguaje imperativo. Y el discurso de Chávez era siempre una arenga a la acción posible, un discurso de la praxis infatigable.

Su pensamiento estaba en constante movimiento, y circulaba transversalmente entre la ideología, el saber científico, el saber popular, vernacular y ancestral, la religiosidad y la filosofía, todos convertidos en puntales de una empresa de transformación mental que tenía fuente en la suya propia. Chávez nunca cesó de aprender y crecer intelectualmente, y de ese crecimiento nos hacía partícipes constantes.

Con ese discurso, entreverado de acciones y de pasiones, de razón y de intuición, de visión y de misión, de inteligencia y de batalla, el Comandante Invicto torció hacia una nueva latitud toda la opinión pública existente en la mentalidad venezolana heredada del siglo XX. Su discurso imprimió un viraje a la inteligencia nacional, zanjando en el tejido vivo y abierto de la sociedad tanto una renovada lucidez como una obcecación reaccionaria.

Instaurando un nuevo espíritu de revolución en la opinión popular, dejó al descubierto al mismo tiempo las zonas recalcitrantes que se erizan ante la transformación, inscribiendo su clara posición en el tablero incesante de una lucha de clases. Se acusó a Chávez de “promover una lucha de clases” con su “discurso incendiario”, como si la lucha de clases y las relaciones de poder no fuesen presencia determinante en toda acción social.

Lo que incendiaba Chávez con su discurso era el velo ilusorio con que la lucha de clases y las relaciones de explotación y dominación se hacen invisibles, para comernos mejor, sin duda alguna. El grado óptimo de un poder expoliador es hacerse imperceptible, y confundir la miseria que genera con un ineluctable efecto de la naturaleza de las cosas. Y si la opinión nacional, esa especie de saber vago y difuso, perezoso, repetitivo, se manejaba con axiomas como “la flojera del venezolano”, o la mala índole de la “mala raza”, el carácter violento y resentido de la “marginalidad”, en careo contrastante con la decencia, la educación y la excelencia de una blanca y europeizada burguesía que “tenía más” porque era “más trabajadora y culta”, o la beneficencia de la gran empresa sin la cual no habría empleo, o el maná celeste de las inversiones extranjeras con sus capitales golondrinas que solo van sembrando servilismo y maquila en una población sin espíritu, empleados del mes y gerentes exitosos en McDonald’s, Chávez vino a rasgar, con una espada de Bolívar que solo él se atrevió a blandir con su propia mano, “el velo de Maya” de la felicidad Coca-Cola y la “Gran Familia” empresarial capitalista. Y la fortaleza de un espíritu, sea individual o colectivo, se mide por el grado de verdad que es capaz de soportar, como dijo Nietzsche. Pues revolucionar es darle frente al abismo.

Esa rasgadura de la opinión nacional fue, en la boca y el gesto de Chávez, un acto filosófico de transformación del mundo, pues llevaba al pensamiento, convocándolo y no adormeciéndolo, a otro horizonte de problemas y a otro sistema de acciones. Tras el velo rasgado de un pueblo manso o salvaje y una burguesía benefactora y trabajadora se alzaba un pueblo en rebelión contra la injusticia desde hace quinientos años… Eso era intolerable para una clase dominante venida a menos, fracasada en sus cuarenta años de gobierno, y ahora sin el poder del Estado en sus manos.

El otro “gesto filosófico” de Chávez fue plantar un árbol de tres raíces en el maltrecho corazón de la Patria. Tantos conceptos habían sido completamente devaluados por la hegemonía neoliberal de fines del siglo XX. La “Patria” era uno de ellos, así como “Socialismo”, “Revolución”, “Pueblo”, incluso “Historia”, “Nacionalidad” e “Imperio”.

Si filosofar es estremecer el suelo tranquilo de la opinión inmediata establecida y la
interpretación perezosa del mundo reiterada en todos los discursos dominantes, para dar a ver con ideas punzantes el torbellino moviente de una realidad que se nos escapa por debajo del suelo de nuestra mental inercia, entonces el Comandante Chávez, con un discurso que parecía querer tramontar en sucesivas horas el silencio obligado de centurias, hizo filosofía desde el primer día. Y su comunicacional “por ahora”, que encendió un sentido vivo de proceso puesto en marcha y que no acaba, relanzaba el pensamiento general hacia un futuro, y daba muestra de una filosofía –una estrategia– del discurso. Había convertido una locución adverbial en un concepto.

No faltarán los especialistas que den un salto ante tales afirmaciones. Pues tienen razón: Chávez no estudió disciplinariamente filosofía. No tuvo tiempo. Pero es admirable cómo su trabajo y su juego discursivo fueron cumpliendo con la función filosófica de hendir el paréntesis dormitivo de la opinión y arrojar el pensamiento de un pueblo congregado a la intemperie de lo Real, del Ser, del Tiempo y de la Nada.

Chávez inventó conceptos que no provenían de un protocolo teórico, sino que eran
instrumentos de acción arropada y fundada en ideas precisas. Hizo que las ideas se
apoderaran de las masas, cumpliendo así esa intención explícita de toda filosofía de la
praxis.

A la necesaria afluencia marxista en el pensamiento de Chávez se sumaba un espíritu de Ilustración venido de los héroes históricos. Miranda, Bolívar y Rodríguez eran los voceros de una “filosofía patria” que Chávez iba construyendo mediante ideas dotadas de sentido gracias a una afloración de sentimiento.

Chávez enseñaba a pensar, quebrando la opinión común y desplazando el horizonte, con cosas palpables, convertía a la idea en situación concreta, no ejemplar de un paradigma, sino presente, intensidad afectiva de lo real ante los ojos.La filosofía patria de Chávez era una expresión de “filosofía popular”, en el sentido más positivo, sin elevadas abstracciones o laberintos silogísticos, pero de una inmediata y
radical concreción. Sabía llevar la idea a su intuición material, y sus anécdotas, referencias históricas, citas literarias, canciones, declamaciones, tenían siempre un calado cognitivo de parábola bíblica.

Se puede hacer el trazado de una filosofía mediante un inventario y examen de sus
conceptos –y hacer filosofía es tejer un entramado de conceptos articulados con que echar ante sí un mundo para la acción factible–. Chávez supo construir un entramado conceptual original reactivando una serie de conceptos claves que hoy constituyen para nosotros su pensamiento vivo. Un pensamiento con el que ya pensamos sus herederos, ya al otro lado del velo.

Sin duda el chavismo fue creador de nuevos conceptos, aun utilizando viejas palabras: la inclusión, la democracia participativa y protagónica, el empoderamiento de los pobres, el poder comunal, la geometría del poder, etc. Pero hay que destacar cómo el chavismo transformó el estilo de conceptuación mismo de la nueva mentalidad social, transformando la valoración que orienta el sentido de los significados. Decir invidente en lugar de ciego, adulto mayor en lugar de anciano, discapacitado en lugar de inválido, interno en lugar de reo; no es un simple uso de eufemismos, es un desplazamiento en la intuición fundamental de un mundo donde ya no rige la descalificación, la inferioridad o la exclusión. Es en el fondo un cambio en la interpretación del mundo y, por ende, del potencial de acción transformadora sobre ese mundo.

El núcleo vivo donde se opera esta transmutación valorativa que refunda y vivifica el
sentido de todos los conceptos es nada menos que la Historia. Chávez no solo se propuso, en el derecho, una refundación de la República; logró, de hecho, una metamorfosis de la Historia. En su concepto y en los hechos concretos. En su pretérito, develando las zonas invisibilizadas, y en su proyección de futuro, generando potencialidades. Reinterpretando y transformando el presente, Chávez transformó la historia patria en destino y proyecto histórico actual y vivo.

La mayor obra conceptual de la estrategia filosófica chavista fue, pues, la reinyección de sentido a unos grandes conceptos universales que se habían hecho huecos y vacíos del uso, mal uso y desuso. Son los conceptos pilares del bolivarianismo en Chávez: Libertad, Igualdad, Educación, Independencia, Patria, Felicidad social, Equilibrio del mundo; que se fusionan al instrumental moderno de Socialismo, Revolución, Conciencia, Ideología, Lucha de clases, etc., en una coexistencia amplia y flexible, pragmática, perspectivista y plural que anula colisiones y contradicciones gracias a la fe en una racionalidad humana común, y que articula sin tropiezos materialismo y cristianismo, Dios encarnado y espíritus de la sabana, dogma católico y herejía pagana. Cristo, Marx, Bolívar y Nietzsche, un insólito sincretismo o síntesis que los filósofos y filólogos, cuando vengan a ver, deberán examinar en detalle como piezas de una estrategia triunfante: la creación heroica de un pueblo con una cultura e identidad firmes, erigido en sujeto patrio ante la voracidad de los imperios pasados, presentes y futuros.


Este texto fue publicado por el suplemento Letras de Ciudad Caracas en 2015, pero hemos decidido republicarlo dado que su alcance inicial no fue suficiente para la importancia que tiene.

AUTOR
Juan Antonio Calzadilla
ASOCIADO
Instituto Samuel Robinson para el pensamiento original.
Caracas. República Bolivariana de Venezuela. 2021.

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