Simón Bolívar vio perecer a decenas de solados durante la travesía del Páramo de Pisba rumbo a Colombia en 1819. (Foto: Francisco Antonio Cano / History Net)

Conclusiones actuales sobre Carabobo

(Bitácora de un insólito general)

Bolívar contra el boato

A estas alturas de las celebraciones de varios bicentenarios (1810, 1811, 1814, 1819 y ahora 1821) sigue siendo necesario un esfuerzo desestructurante, que se proponga detectar al Bolívar del pensamiento alterno, más proclive al desenfado y a la improvisación, a las decisiones que deben tomarse de pronto y sobre marcha accidentada, que al método austero que tal vez derive en rigor y en disciplina, pero que si no se le hace coger monte, calle y multitud, termina encasillando y anquilosando al ejecutante.

Por supuesto que no es primera vez que alguien hace esa acotación, pero, precisamente, debe dejar de ser acotación y convertirse en premisa central. Bolívar era un alma de pueblo y no de formalidades o cuarteles: esa señal de navegación biográfica concluyente por lo general termina sepultada bajo toneladas de páginas y libracos donde se confunde la grandeza con la santidad, el carácter con la solemnidad litúrgica, el genio con la capacidad para disparar frases magníficas y la gloria con la profusión de estatuas romanas. El Bolívar que nos han inculcado es un señor más parecido a un juez supremo y solitario, rodeado de muebles de caoba y un par de ánforas doradas, que el tipo reducido a zarrapastro pero valiente, dotado de un insólito buen humor, incisivo incluso en la derrota y en las equivocaciones: un caraqueño más callejero que cortesano. Más rodriguista y rodriguiano que presunto hijo de la Ilustración.

Invito a no perder de vista esta específica señalética. Porque la lenta y pesada cartografía que nos empuja a navegar por esa pobre laguna o estanque llamado “Bolívar”, ese momio aburrido con cuyas frases vacías de significado nos torturaban en la escuela y en las cadenas de radio y televisión desde el Panteón Nacional (que nadie veía), no nos sirve para lanzarnos por el río fuera de madre que era el Bolívar de la vida real.

Y mucho menos para comprender al Bolívar objeto de estas líneas: el que salió de Trujillo rumbo a Bogotá al terminar 1820, y el que regresó a saldar cuentas en Carabobo seis meses más tarde. Este análisis se nutre, fundamentalmente, de la profusa correspondencia enviada por Simón Bolívar y por su portavoz principal en la época, Pedro Briceño Méndez, en todas direcciones y con docenas de destinatarios, entre noviembre de 1820 y junio de 1821. Contamos para este efecto con el monumental Archivo del Libertador, disponible en buena parte en formato digital, con las Memorias de O’Leary y las de expedicionarios británicos.

Político y diplomático

Sobre el contenido de los tratados de Regularización de la Guerra, el armisticio de Trujillo (noviembre de 1820) y las sucesivas cartas intercambiadas con Miguel de La Torre, se ha escrito y analizado lo esencial en estas fechas del bicentenario de la Campaña y Batalla de Carabobo. El mensaje clave en cada uno de esos análisis remite al sentido de la oportunidad del Libertador, empeñado en que los jefes españoles reconocieran la existencia de Colombia.

Era ese reconocimiento, y no el forjamiento de una entrañable amistad, el objetivo central de aquel despliegue de cortesía, aquella reunión que no por casualidad ha sido captada en piedra conmemorativa: la escena que queda inmortalizada es un abrazo. Como sobraron los abrazos y el vino en aquella jornada, el observador desprevenido seguramente se quedará con la sensación primera de la cordialidad, pero el analista de contenidos ya detectó lo que la proxémica del encuentro revela: lo importante para Bolívar no era saludar a una España de cuya existencia nadie estaba dudando, sino que España saludara a una Colombia de la que sí estaba en entredicho la existencia, e incluso el derecho a existir.

Los movimientos de Simón Bolívar por el continente americano. (Foto: EOSGIS)

Así van entendiéndose mejor la utilidad de los efectos enervantes del alcohol y el éxtasis del entusiasmo por las declaraciones de admiración y amistad: Morillo y sus generales firman y refrendan el reconocimiento a una República americana, no tanto en el contenido del Armisticio y los Tratados de Regularización, sino en las cosas que Bolívar los puso a decir en plena exultación de los brindis. Bolívar le hace a Santander un resumen de esa fiesta y esos brindis, en carta fechada el 29 de noviembre de 1820:

“Hubo brindis de mucha atención y de la invención más bella, pero me han complacido sobre manera los del coronel Tello y general La Torre. El primero, ‘por los triunfos de Boyacá que han dado la libertad a Colombia’. El segundo, ‘por los colombianos y españoles que unidos marchen hasta los infiernos si es necesario contra los déspotas y los tiranos’. Morillo brindó (…) ‘por los héroes que han muerto combatiendo por la causa de su patria y de su libertad’. En fin, sería necesario un volumen para decir los brindis que tuvieron lugar porque, como he indicado, cada español disputaba a los demás el honor de elogiarnos”.

Años después El Libertador le escribiría más tarde a Perú De Lacroix, sobre el tono y descripción de aquel encuentro y sobre el efecto que habían dejado en los espectadores:

“¡Qué mal han comprendido y juzgado algunas personas aquella célebre entrevista! (…) Jamás durante todo el curso de mi vida pública he desplegado más política, más ardid diplomático, que en aquella importante ocasión (…) con mi política y mi diplomacia, bien cubierta con una grande apariencia de franqueza, de buena fe, de confianza, de amistad, pues es bien sabido que nada de esto podía yo tener para [Morillo], y que ninguno de aquellos sentimientos pudo inspirarse en una entrevista de algunas horas. Apariencias de todo esto es lo que hubo, porque es de estilo y de convención tácita entre diplomáticos, pues ni Morillo ni yo fuimos engañados sobre aquellas demostraciones; solo los imbéciles lo fueron y lo están todavía”.

Las famosas cartas que siguieron a la famosa entrevista, después que Bolívar ha ido a Bogotá y regresa rumbo a la batalla decisiva, también hervían en momentos en apariencia incongruentes. En mitad de los páramos que comunican a Trujillo con Barinas, devastadas las tropas republicanas por el frío, la peste, el hambre; por las deserciones, y porque Santander de pronto dejó de enviarle recursos al Libertador, éste no cesa de enviar comunicaciones, y entre sus destinatarios se encuentra el propio La Torre, su “nuevo amigo”. Entre declaraciones de profunda amistad, infidencias y revelaciones que cualquiera adivinaría inconvenientes e indiscretas hasta límites peligrosos. Tres meses después de aquella ceremonia donde sobraron los brindis, Bolívar hacía de todo para parecer consecuente con ese discurso:

“…he tenido que determinarme a pasar por Barinas por atender a las tropas que allí están y van marchando hacia aquella provincia, no habiendo ya en esta víveres con que mantener ni aun hospitales. De suerte que me hayo en la necesidad de ir a sacrificar nuestras tropas a las calenturas de Barinas porque no perezcan aquí en medio de los horrores del hambre. Permítame usted, querido general, hacerle presente estas desagradables circunstancias para que acelere su marcha sobre Barinas y tomemos medidas capaces de evitar los males que pueda producir una situación desesperada de nuestra parte…”.

Es Bolívar, confesándole al general encargado de destruirlo, que ya está casi destruido, que le dé una oportunidad para ir a recuperarse. Y solicitándole el favor de que retire de allí sus tropas. ¿O tal vez advirtiéndole que no le irá nada bien si no lo hace?

A lo largo de marzo continúa Bolívar contándole a su rival los detalles de su penuria: los ganaderos y comerciantes de Apure y Barinas se niegan a proporcionar más víveres al Ejército, con lo que la escasez de comida amenaza con diezmarlos más que la propia guerra. Así se lo cuenta el Libertador a su fraterno enemigo:

“aquellos señores han puesto el colmo a mi aflicción con respecto a las miserias del ejército, y me aseguran ser imposible exista algunos días más en aquel territorio; y como la necesidad es la ley primitiva y la más inexorable, tengo el sentimiento de someterme a ella. Entre el éxito dudoso de una campaña y el sacrificio cierto de nuestro ejército por la peste y el hambre, no se puede vacilar. Es, pues, mi deber hacer la paz, o combatir…”.

Y le insiste:

“No sé si V.E. tendrá tendrá noticias de que todos los campos de la provincia de Barinas han sido incendiados por hombres malévolos, y que en las de Mérida y Trujillo ya padecen de miseria sus moradores. En tal estado, ¿pretenderá V.E. que esperemos la muerte sobre nuestros fusiles, por no hacer uso de ellos? (…) Tengo la mayor repugnancia en combatir contra mis nuevos amigos, y estoy pronto a hacer nuevos sacrificios por no llamarme enemigo del general La Torre. Pero también es necesario que Uds. los hagan mayores para que nuestra ruina no sea completa. Yo probaré a Ud. que si no tomamos mejores posiciones vamos a perecer de peste y miseria; y además mostraré a Ud. documentos los más convincentes de la necesidad que tenemos de romper las hostilidades”.

General y combatiente

La dimensión de un personaje, militar (como en este caso) o practicante de cualquier oficio o desocupación vital, solo puede captarse con la debida exactitud teniendo en cuenta, entre otros elementos, su aspecto físico. Tenemos la suerte de contar con numerosas descripciones de Simón Bolívar, felizmente coincidentes la mayoría, o las más autorizadas. Un Richard Wavel, expedicionario inglés que combatió a su lado en 1818, retrata así un encuentro con él y con sus oficiales en una noche de planificación de hostilidades en Apure:

“El equipo de Bolívar respondía perfectamente a los escasos recursos del ejército patriota. Llevaba un casco de dragón raso, vestía una blusa de pañol azul, con alamares rojos y tres filas de botones dorados; un pantalón de paño tosco, del mismo color que la blusa y calzaba alpargatas. Empuñaba una lanza ligera, con una banderola negra, en la que se veían bordados una calavera y unos huesos en corva, con esta divisa: ‘Muerte o Libertad’. Innúmeros oficiales que rodeaban a Bolívar eran de color; no así los generales Páez y Urdaneta (…) Pocos llevaban uniformes militares. Vestían generalmente una camisa hecha como de varios trozos de pañuelos de diversos colores, de mangas anchas; amplios calzones blancos en bastante mal estado, que les llegaban hasta las rodillas y sombreros hechos con hojas de palmera y adornados con vistosas plumas. Aunque los más de estos oficiales, por las circunstancias, careciesen de zapatos, todos, sin excepción, llevaban grandes espuelas de plata o de cobre, de 4 pulgadas de diámetro y algunas de mayores dimensiones todavía. Bajo los sombreros llevaban pañuelos de seda o de algodón, para preservarse la cara de los ardores del sol…”.

Superado poco antes el natural recelo de los lanceros del Llano, que consideraban a Páez su jefe natural, y mucho le reclamaron no haberle impuesto ese liderazgo al de Caracas, Bolívar tuvo ocasión de ganarse el afecto y el respeto de unos hombres que poco sabían de normas y límites, porque su oficio y su tarea recurrente eran algo tan palmario y primitivo como el descuartizamiento del enemigo. Justo después de esa escena que retrata acá arriba el expedicionario inglés se produjo una de las múltiples pruebas de fuego que tuvo que sortear Bolívar, ese tipo de momentos en que debió caminar sobre el filo que separa al honor militar de la necesidad pragmática de ceder al hambre histórica de venganza para no defraudar a los suyos.

Sucedió que durante el asedio a Calabozo, donde se encontraba atrincherado Morillo, la tropa española cometió algún exceso contra soldados republicanos. Sírvase tomar en cuenta que todavía estaba en vigencia la temporada de Guerra a Muerte, y que incluso en ese escenario horrendo puede alguien hacer algo que califique como “exceso”. El que colmó la paciencia de aquellos hombres con fama de no tener paciencia alguna fue uno de orden ético. Bolívar envió a un emisario para exigirle a Morillo la rendición y concederle el derecho a enterrar a los muertos. Morillo salió y mandó a fusilar al emisario. Esto casi ocasiona una rebelión entre los indignados soldados patriotas, porque Bolívar, en lugar de asaltar la ciudad en plan de venganza, ordenó esperar al día siguiente.

Óleo de la Batalla de Boyacá de 2019, que cristalizó la independencia de la Nueva Granada. (Foto: José Espinosa / ORONOZ)

Bolívar tuvo que matizar la decisión de aplazar el asalto con una promesa: si la ciudad era asaltada con éxito les daría unas horas de permiso para que se entregaran al saqueo. Era, ni más ni menos, una válvula de escape, un necesario drenaje, a la lógica que había hecho de las hordas boveras una maquinaria de exterminio. Compuesta en su mayoría por multitudes que habían combatido al lado de Boves, Morales y Antoñanzas, la tropa que Páez mandaba necesitaba estímulos y galardones de esa naturaleza, porque los discursos celebratorios a la fama y a la patria no eran suficientes en un ejército desbordado de semejante componente social: más que el grado militar y la invocación a la gloria, el ánimo exacerbado del combatiente promedio necesitaba fiesta, desahogo y rapiña.

Cuando por fin Morillo se retira, despreciando la propuesta de rendición que le envió Bolívar (y cómo no la iba a despreciar, si venía redactada en estos términos:

“U. y toda la miserable guarnición de Calabozo caerán bien pronto en manos de sus vencedores; y así ninguna esperanza fundada puede lisonjear a sus desgraciados defensores. Yo los indulto en nombre de la República de Venezuela, y al mismo Fernando VII perdonaría si estuviese como U. reducido a Calabozo. Aproveche U. de nuestra clemencia, o resuélvase a seguir la suerte de su destruido ejército”.

Tomar nota del sarcasmo con sólidas bases reales contenido en la frase “si estuviese como usted reducido a Calabozo”), entran los republicanos a la ciudad y el compromiso del jefe máximo con sus soldados debió ser honrado.

Los soldados se aplican al saqueo, que pudo ser más devastador. Wavel dice que los oficiales patriotas se dedicaron, apenas entraron a la ciudad, a evitar que los soldados encontraran aguardiente en exceso: “como los oficiales se apresuraron a romper todas las botellas que contenían licores fuertes y a agujerear las botas de vino fue menos difícil restablecer el orden entre las tropas patriotas”.

La campaña de las comunicaciones

Los primeros meses de 1821 los había invertido el Libertador en organizar la persecución del núcleo central del ejército de La Torre, y en procurar la dispersión o neutralización de otros núcleos importantes. Se esmera el caraqueño en evitar que el ejército de la corona concentre todas sus fuerzas en un solo territorio, esto es, en la sabana de Carabobo y sus inmediaciones. Un general reconcentrado en un campo de batalla probablemente no hubiese invertido energía y recursos en ese plan, sino que se lo hubiera jugado todo, con todos los elementos propios y del adversario, en una sola acción bélica local.

Bolívar entendía que, para efectos de esa campaña en particular, el tablero de juego no era la sabana de Carabobo sino un territorio que comenzaba en Cumaná y se prolongaba al occidente hasta Coro, Maracaibo y los Andes; no en balde moviliza desde allá brigadas y divisiones enteras, ordenando a Bermúdez y otros jefes orientales hostigar el centro desde los llanos orientales y Barlovento hasta Caracas, e incluso hasta Aragua; y a Urdaneta, Cruz Carrillo y otros fundamentales hacia el centro-occidente.

En el imaginario del ciudadano actual, mejor informado de su historia, se ha venido configurando el concepto Campaña de Carabobo, que trasciende en alcance e importancia al reducido contexto de una batalla, que, por cierto, al final duró menos de una hora. También rebasa y trasciende al enunciado que todavía suele acompañar a la recordación de ese evento: Carabobo, “la batalla que sella la independencia de Venezuela” es una declaración no solo imprecisa e incorrecta, sino además limitada, que tergiversa la visión amplia del tablero y también la dimensión geopolítica que tenía Bolívar en mente. Carabobo no era un fin en sí mismo sino una estación más en el mapa ya trazado de la expansión libertaria hacia el sur. No olvidar que Bolívar, estacionado en Cúcuta en las primeras semanas del año 21, todavía le anuncia a Santander que probablemente siga hacia Guayaquil en lugar de detenerse en Venezuela.

Infografía que muestra el método organizativo y despliegue de las tropas Bolívar . (Foto: Archivo / Mppci)

La visión de la hazaña contenida en la Campaña de Carabobo sería también parcial y limitada si no se detuviera a considerar, evaluar y medir el aspecto de las comunicaciones, de la logística y los recursos dedicados a la movilización de contingentes. El año 1820 fue de amplios y rigurosos esfuerzos por construir y consolidar un servicio de postas (mensajería a pie o a caballo), no solo ágil, amplio, robusto y bien pagado, sino además ganado para la causa independentista. Son innumerables las cartas en las que Bolívar se queja de la lentitud del servicio, de la desaparición de correspondencia vital, de la tardanza en recibir respuestas.

El día 8 de noviembre de 1820 recibe en la capital de Trujillo una carta fechada el 6 de noviembre. Es el general Pedro Briceño Méndez el encargado de comunicarle a Ambrosio Plaza, instalado en Santa Ana, las órdenes de Bolívar:

“El oficio de US. es del 6, y se ha recibido ahora [día 8] a la una de la tarde. Tan notable retardo es de un gran mal al servicio, y manda el Libertador que US. haga investigar por qué ha sido esta dilación, a fin de castigar con la última pena al delincuente”.

Ni más ni menos, pena de muerte para el responsable de la tardanza en la entrega de la carta. Así de grave e importante era para el estratega el tema de las comunicaciones.

En agosto del año 20 le había transmitido esta comunicación al sub jefe del Estado Mayor General:

“He ordenado al Comandante Militar y Alcalde de esta ciudad [Salazar, en Colombia], que se duplique el número de postas: que se les pague exactamente; que de aquí se remitan tres postas a San Pedro cada semana, que serán relevados al fin de cada una y que estos últimos serán pagados dobles: que este servicio dure con una actividad extraordinaria, desde hoy hasta fines de octubre próximo: que en este espacio de tiempo, nada se omita, para que toda comunicación dirigida a mí, o emanada de mí, vaya a su destino volando, pues en este espacio de tiempo una hora perdida en la marcha de un pliego, orden, etc. puede ser y será sumamente perjudicial”.

Y todavía en mayo del 21 le insiste al Comandante General interino de la Provincia de Guayana:

“Uno de los principales cuidados de V.S. en el curso de esta campaña, debe ser celar, escrupulosamente, el que los postas de la Provincia hagan el servicio no sólo con exactitud, sino con seguridad y presteza. Muy particularmente se entenderá este encargo con los postas de la línea de comunicación con el Apure por el río”.

Solo teniendo en cuenta ese celo y esa atención personalísima en el asunto se puede comprender la precisión cronométrica con que se cumplieron sus instrucciones, impartidas a oficiales ubicados a centenares de kilómetros de distancia, desde las costas oriente hasta el Orinoco, desde Barinas hasta Caracas, desde Maracaibo hasta Nirgua y San Felipe, donde Cruz Carrillo y el Indio Reyes Vargas ejecutaban la respectiva diversión mientras Bermúdez y otros hacían lo propio en el centro.

La Torre, al mando de los ejércitos imperiales desde diciembre, cuando Morillo decidió embarcarse rumbo a las Antillas, pudo haber congregado fuerzas muy superiores en aquella contienda. Pero en el momento decisivo, ya informado de que Páez y Bolívar estaban juntos y preparados para atacar entre San Carlos y el Tinaco, cayó en cuenta de la enorme maniobra de la que había sido víctima: a Morales lo había mandado de Calabozo a Caracas para detener los desmanes de Bermúdez (si Morales no se hubiera movido de ahí Páez y Bolívar hubieran tardado en encontrarse, o no se hubieran encontrado), a Manuel Lorenzo lo tenía muy ocupado ocupándose de Cruz Carrillo y Vargas, cerca de Barquisimeto, Urdaneta no lo dejaba dormir porque azotaba feo a Coro.

“Batalla de Carabobo” del pinto Martín Tovar y Tovar. (Foto: Colección Palacio Legislativo / Alfredo Padrón / Revista Memorias de Venezuela )

Cuando suena la campana definitiva en Carabobo todavía La Torre tiene la esperanza de que la lucha se prolongue y a sus bravos oficiales les dé tiempo de llegar para reforzarlo. Pero la batalla duró apenas una hora; había llegado para los españoles el tiempo del repliegue y la reorganización, y para Bolívar el momento de mayor intensidad de sus correrías: no vendría solo la concreción de sus planes de expulsión de España y la entronización de un paradigma republicano en amplios territorios. No: era todo lo anterior pero forjado contra la mentalidad conservadora de un Santander que jamás se cansó de poner obstáculos, algunos de ellos superiores y más difíciles que el fuego de todos los regimientos del enemigo.

Después de Carabobo

Como Carabobo no fue la conclusión ni la liquidación definitiva de nada, aunque sí el punto de arranque o impulso decisivo para las venideras campañas del sur, conviene dejar en suspenso la anotación o premonición de los puntos que conforman el nuevo contexto, para el análisis posterior del tablero venezolano reconfigurado, ahora sin la presencia ni la intervención directa de Bolívar. Este último aspecto es crucial: ante las nuevas condiciones del territorio, de los mandos y jefaturas, lo que ocurre en Venezuela viene a tener entre sus causas la ausencia del Libertador:

  • Replegados los altos mandos del ejército realista hacia Puerto Cabello, se inicia el plan de reinvadir por mar la región de Coro y luego Maracaibo. En ese intento lograrían los españoles algunos avances, hasta la rendición definitiva en la Batalla Naval del Lago.
  • Desde Puerto Cabello partieron también avanzadas buscando Calabozo y los llanos centrales. La más sonora de ellas fue la encabezada por Alejo Mirabal y Antonio Martínez, el sujeto que había salvado a José Antonio Páez de la muerte en plena batalla de Carabobo: fue el realista Martínez quien levantó el cuerpo transido de epilepsia del jefe llanero y lo puso a salvo. Martínez y Mirabal lograron perpetrar algunos desmanes con los restos del ejército derrotado el 24 de junio, pero luego fueron neutralizados en Guardatinajas.
  • Liquidada la resistencia realista e inviable ya su reorganización como ejército regular, en los alrededores de Caracas prosperó un fenómeno que se ha atribuido indistintamente a la acción de bandoleros y también a la acción directa de conspiradores y guerrilleros a las órdenes de España: la proliferación de guerrilllas autoproclamadas “fieles al rey”, pero que guardan más identidad, por sus características y conformación, con los movimientos de rebelión social de 1814. Movimientos como Los Güires y la guerrilla de José Dionisio Cisneros se convirtieron en azotes, en amenazas y finalmente en factores de destrucción de la economía, de pérdida de la seguridad y la autosuficiencia de Caracas en materia alimentaria. Ante estos factores ya el fuerte del Ejército Libertador, que era la caballería, resultaba insuficiente e ineficiente. Transcurrió una larga década antes de que esas guerrillas y construcciones pudieran ser, no derrotadas, sino al menos limitadas en su potencia devastadora.

La etapa de la República que se inicia después de Carabobo, y más exactamente después del Congreso de Cúcuta (mayo-octubre de1821) sirve de trasfondo al despliegue de todas las habilidades de Bolívar, establecidas ya las tensiones y diferencias entre los factores dinámicos del ser colombiano: el proyecto de unidad, que tuvo en Venezuela un experimento exitoso al conciliar los temperamentos y caracteres de las perspectivas oriental-guayanesa, llanera, central, andina, coriana y de Maracaibo, debió intentar luego lidiar con las naturales divisiones con las facciones de poder neogranadinas, quiteñas y luego al sur con lo que le esperaba en las altiplanicies. Militar y políticamente siguió Bolívar marcando la pauta; culturalmente, el choque generó escombros y desencuentros más difíciles de superar en el corto tiempo de vida que le quedaba al gran estadista y conductor.

AUTOR
José Roberto Duque
ASOCIADO
Instituto Samuel Robinson para el pensamiento original.
Caracas. República Bolivariana de Venezuela. 2021.

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