El tamunangue, como expresión artística y cultural venezolana, refleja el sincretismo de nuestro país al unir raíces ibéricas, africanas e indígenas. (Foto: Juan Carlos La Cruz / AVN)

Ese gusto tan cerrero o demasiado manso

Resistencia a lo inédito

Un cantor interpretaba su nueva canción ante un público que lo oía con desdén. Algunos ni eso. Unos pocos, debido a lo célebre del autor, intentaban escucharlo con el ceño fruncido. Más tarde, un cantante entró al lugar cantando una canción conocida por todos y el júbilo de los presentes colmó la escena de aplausos.

Luego de que cada quien se lleve el disco para su casa, si es escuchado hasta la saciedad, mañana, la canción del primer cantor será recibida con el mismo entusiasmo. No hay duda, es difícil adentrarse en lo inédito. Contra el goce del misterio aún atenta el miedo milenario de la primera pregunta. Es más cómodo transitar por lo conocido exprimiéndole miserablemente hasta la última gota de placer a la emoción, hasta el punto de solo imaginarla. Prevalece la inmediatez, no se pasa de lo inmediato. Lo maravilloso lo convertimos en simple. Quién se sorprende con el nacimiento de una mata, el niño. Pero adentrarse en la maravilla atormenta. Una ciudad iluminada vista en la noche desde una altura emociona, pero no te inquieta porque sabes lo que es. Una noche estrellada también te emociona, pero pensar en ella como fenómeno te inquieta o te asusta porque desconoces lo que oculta. De allí la tendencia a convertir el misterio en religión.

Para el animal que somos, y debido a la tendencia de movernos en rebaño detrás de una madrina como guía, pensar es un esfuerzo que tratamos de evitar. Ha existido una marcada pereza hacia el pensamiento. Esto se ha traducido en la política, para desgracia de tantos pueblos, en que la posición más cómoda haya sido tomar partido por la idea encontrada en el camino y allí aplaudir cualquier opinión en la modorra militante de la cachaza o en la euforia irresponsable.

La división entre cultura y trabajo ha sustentado la legitimación del arte occidental. (Foto: Dibujo del autor)

Ha ocurrido que un pensamiento cuando logra calar en las mayorías se repite y se repite y muchas veces, cuando pensamos que pensamos, en la embriaguez de la costumbre, solo estamos repitiendo un esquema que no visualizamos, inclusive, así atente contra nosotros mismos. Pero somos revolucionarios porque desde que se pensó la primera vez ya es inevitable e imprescindible seguir pensando, hasta que, al fin, quizás, desemboquemos en la máxima expresión del pensamiento que es no pensar: cuando la idea se inserte en el cuerpo como órgano, configurando la cultura que nos mueva.

“Lo que medio comprendemos / no es que nos han enseñao

la propia naturaleza / que el llano nos ha brindao”

La educación es el proceso mediante el cual se aprende y se enseña la cultura. Mucho se ha escrito sobre esto. La escuela es un organismo educativo, pero también lo es la cárcel, la Iglesia, los medios de comunicación, el barrio, la ciudad y el campo. La familia, la calle y viceversa. Si una persona no sabe leer y escribir no significa que no sea educada. Simplemente desconoce una técnica de captación y transcripción de la palabra oral (la lectoescritura). Una persona que sabe leer y escribir también puede ignorar conocimientos que posea una persona analfabeta. Todos somos educados porque hemos recibido educación. Nadie después que nace permanece sin educación porque desde niño estamos expuestos al mundo donde nacemos, el cual te educa. Por tanto, educado es un campesino, un licenciado y un malandro. Todos aprendemos y enseñamos. La educación puede ser un proceso consciente o inconsciente. El idioma que nos corresponde desde niños, el que aprendemos en el entorno familiar, se aprende inconscientemente por condicionamiento. En nuestro caso, nadie desde la infancia nos está enseñando el castellano, simplemente como los demás hablan castellano y estamos en contacto con ellos, lo aprendemos. Caso diferente si quisiéramos aprender otro idioma en una institución especializada, allí el proceso educativo es sistematizado. La escuela, la universidad, son organismos educativos de enseñanza mediante selección del contenido y de técnicas educativas. El conocimiento es ancestral y muchísimo más viejo que la academia. Antes de que existiera la universidad y graduara arquitectos e ingenieros, la gente diseñaba y construía sus casas.

Dámaso Figueredo y el Cazador Novato. (Foto: Propia / Archivo)

Jugando lo mete el perro

Nos interesa en este tema reiterar que mayormente el aprendizaje se adquiere de forma inconsciente, por condicionamiento. El conductismo ha sido el principio en base al cual se ha sustentado todo adoctrinamiento cultural. Incluso hábitos corporales se adquieren por este medio. El cuerpo se envicia con facilidad. Pareciera que estamos configurados para pensar lo menos posible o al menos para hacerlo de manera automática. Aprendemos algo y lo repetimos hasta hacerlo costumbre. En esto, desde luego, influye el principio del placer y del dolor. Así como un animal se doma a latigazos, también se amansa al ser humano.  Tanto la bofetada como la caricia se adhieren al inconsciente y resultan en una conducta afín. Sin embargo, al parecer, los tiempos han demostrado que los golpes, al menos en los humanos, se revierten contra el golpeador, por lo que se ha descubierto que el principio del placer se puede emplear con muy buenos resultados. Generar conductas que concuerden con los intereses hegemónicos, de tal manera que los dominados se sientan a gusto con ellas y hasta las defiendan.

Todos esos son procesos inconscientes. Aprender y desaprender traen inmersas sus propias condiciones. Así somos por naturaleza. Aprender es fácil, desaprender más difícil. Aprendizajes existen que ya no podrás desaprenderlos. El idioma, por ejemplo, usted no puede decidir su olvido de un día para otro. La cultura del humano que eres así te poseyó.  Todo eso se hace costumbre. No te das cuenta de inmediato cuándo tienes que desaprender. Por lo general es al límite, al borde del desastre. Como cuando alguien deja encendida la radio con sonidos que normalmente te desagradan y tú sigues absorto en alguna actividad y el ruido está ahí hasta que reaccionas y la apagas. Enamorarse es sencillo, desenamorarse más difícil. Pero también, en muchos casos, no sabemos cuando llega el amor ni cuando llega el olvido. Al prisionero, con el transcurrir de los años, no le perturban los hedores del calabozo. La consciencia para el olvido no se adquiere con facilidad y en muchos casos cuando la adquieres se aferra a ti la mala idea como pegoste irreductible. A veces también es tarde para el olvido, o, por egocentrismo o vergüenza, te niegas a reconocer la equivocación. No será fácil para quien toda la vida sostuvo y defendió un concepto, admitir que estuvo equivocado. El olvido como virtud es una tarea vital que debemos cultivar.

Lo cierto es que mucho instituto de investigación de la naturaleza humana desde lo neurológico ha instaurado los poderosos del planeta en este sentido y sus conclusiones han sido utilizadas con gran éxito tanto en lo político como en el mercado capitalista. En esto el arte ha sido una herramienta muy eficaz. No solo en el propio arte como mercancía, sino también en lo que se puede lograr a través de él. Se propusieron, en principio, acondicionar al cliente o al público para orientar sus emociones hacia ese consumo. Incidir, manipular e imponer el gusto. La canción, el cine, la televisión y los contenidos de internet han sido utilizados con ese objetivo. Estupidizar al consumidor, simplificar lo más posible para evitar el discernimiento y el análisis. Más acción y menos trama. Mucho ruido, alto volumen y escaso silencio. Gran velocidad y poca pausa. Mucho adorno y poca desnudez. Mucha pornografía y poco sexo. Mucha vitrina y poco color. Mucho encandilamiento y poca sombra. Todos los sentidos amasados en uno solo. Nadie podrá ya escuchar sin ver ni ver sin escuchar, pero tampoco coordinar todos los sentidos en la contemplación. Necesitaremos imperiosamente la alteración de alguno de ellos. Sin embargo, la realidad es tiránica y siempre, tarde o temprano, termina por imponerse.

-Pasaje, le decimos por aquí.

-¡No! Usted es muy feo. Eso se llama folklore.

Cada cultura configura un procedimiento y los comportamientos conllevan en sí mismos ideas y valores que conformaran una ética. Por tanto, cada nación, según su cultura, posee una espiritualidad inherente a ella. Esas ideas y valores son la base del accionar general de un pueblo. En fundamento a esta conclusión es que se ha definido folklore como saber del pueblo. Ahora, si todo el conocimiento de un pueblo, incluyendo su propia conducta, es su cultura, ¿por qué llamarlo folklore? Recuerdo al recibir clases de Historia Universal en el liceo, donde por cierto no aparecíamos nosotros ni muchos otros pueblos tampoco, cuando se hablaba de los griegos o los egipcios se decía la cultura o civilización griega o egipcia… No nos decían folklore griego o folklore egipcio. ¿Por qué al referirse a la cultura ancestral venezolana ese paradigma la designa como folklore en vez de civilización o cultura?

Cuando buscamos esos términos en el diccionario nos encontramos con que ninguno tiene una definición exacta. Cada uno agarra elementos del otro, pero en el uso para calificar a los pueblos sí se han establecido diferencias abismales. Ningún pueblo será civilizado: civilizadas serán las sociedades. Y la sociedad será caracterizada por su economía, aunque el peso de la economía se apoye en el lomo de los pueblos. Según los avances habrá o no civilización, y el avance será caracterizado según el aparato productivo y el desarrollo de la industria, aunque sean los pueblos quienes muevan los engranajes. Ni la igualdad ni la justicia serán criterios para catalogar el “avance”. Mucha carga ideológica tiene esos conceptos. Con el dedo del folklore se ha señalado a los pueblos colonizados y explotados. El país explotador tiene cultura, y los países explotados folklore. De igual forma, es el término que se ha utilizado para denominar las manifestaciones creativas de las mayorías empobrecidas, en contraposición a las manifestaciones de las minorías opulentas o “cultas”. Allí, la marcada tendencia de llamar culto a quien tiene formación académica o escolar y de llamar inculto a quien ha adquirido conocimientos sin pasar por la escuela o la universidad. Es el mismo mecanismo que implantó la falsa idea de que los académicos producen cultura y los analfabetos folklore o, a lo sumo, cultura popular, terminología muy utilizada y puesta en boga incluso por intelectuales de “izquierda”, pretendiendo contraponer un concepto al otro pasando por alto el carácter de clase de las definiciones. En este orden, la música clásica es cultura, el golpe de tambor es folklore o cultura popular. Mozart y Caruso son cultura, Juan Esteban García y Dámaso Figueredo son folklore o cultura popular. En otras palabras, los ricos son cultura y los pobres son folklore o cultura popular. Se trata de categorizaciones despectivas y discriminatorias con respecto a los pueblos, a las naciones. Si un pueblo constituye una nación, la acepción más correcta sería la de cultura nacional y en esta las diversas culturas, no subculturas.

“Soy un negro arrequintao

con bastante raza de indio”

Somos el resultado de un choque violento entre culturas y posterior convivencia entre derrotados y vencidos. Inevitablemente quedaran secuelas de ese impacto. Este territorio que hoy llamamos Venezuela estuvo habitado por muchas naciones originarias, las cuales poseían una cultura acorde a su modo de vida. Los pueblos indígenas fueron objeto de una invasión violenta por parte de gobiernos europeos. Los invasores también portaban una cultura según cómo vivían. Dichos pueblos indígenas fueron sometidos y esclavizados mediante la espada y la religión. Esa relación de dominación acarreó una cultura consecuente tanto en los opresores como en los oprimidos. Como dicha invasión tenía un signo rígidamente explotador de los recursos naturales del territorio, los amos exportaron mano de obra para complementar la nativa. Se obtiene mediante el secuestro de personas que esclavizan y trasladan prisioneros desde África. Los africanos llegan también con su cultura, la cual sufrirá las transformaciones resultantes de la explotación. En esa dinámica de la vida y en el transcurrir de la historia, ya ninguno será el mismo. Todos esos elementos serán determinantes en el perfil cultural venezolano y ellos suscribirán la paz o la guerra.

Los pueblos colonizados y esclavizados se resisten naturalmente a la dominación y culturalmente también. Sin embargo, a través del tiempo, cuando ese dominio se fue transfigurando, al ya no estar latentes las primeras formas de sometimiento, rasgos de la cultura dominante pasaron a conformar parte de la cultura nacional, y hoy sirven, incluso, como resistencia ante nuevas formas de invasión cultural. Digo “resistencia” porque no encuentro otra expresión para explicar aquello, pues cuando lo dices te imaginas al tamunangue defendiéndose del reguetón a punta de cuatrazos o al galerón moribundo improvisando décimas para sobrevivir. Algo así como una guerra entre los géneros donde los golpes de tambor, el joropo, malagueñas, fulías, parrandas, gaitas, golpes, valses, etc., armados con piedras, palos, lanzas y flechas, resisten la embestida del rock, el vallenato, el rap, la salsa, el reguetón, etc., los cuales atacan con bombardeos y armados de ametralladoras. Teatro surrealista y del absurdo. En ese universo de ritmos todos tienen el común denominador de los pueblos y, a la hora de la verdad, cuando de negocios se trata, todos son objeto de explotación.

Lo cultural es un concepto susceptible de trasfiguraciones . (Foto: Dibujo del autor)

La cultura del campesino sabanero y el de la montaña, el pescador del río y de la mar, el obrero de la ciudad y del campo. Ciudad y campo de cuando las adyacencias de las ciudades estaban llenas de conucos que después fueron barrios. La cultura del conuco y de la fábrica, las herencias culturales de las guerras internas y externas de los que llegaron con sus cicatrices, la cultura del petróleo y de la mina; la religión, la escuela y el bar; la radio, el cine, la televisión y el internet. El imperialismo y las trasnacionales de la comunicación masiva. Por todo ese territorio cultural anda la música del género que sea. Por todo eso anda diseminado el mestizaje sobrepasándose a sí mismo. Se puede conseguir con cierta exactitud en una que otra expresión cultural, pero no será fácil, y menos aún por separado (indígenas, afrodescendientes y blancos criollos). En ninguno vas a encontrar intacta la cultura de sus antepasados. Tal vez alguno que otro pueblo indígena en lo recóndito de la selva, aunque ya no hay rincón de este planeta que haya permanecido aislado sin contacto con los demás. Desde luego que estará presente la herencia cultural en unos más que en otros, pero ninguno podrá ser representante genuino de aquellos. Todo está ligado, desde lo biológico hasta lo cultural. Somos afrocaribes, afrovenezolanos, indovenezolanos y criollos o blancovenezolanos. Hay individuos a quienes lo único que los conecta con sus ancestros es el color de la piel, pero no lo cultural. Una cultura la determina la manera cómo se vive. Nuestra cultura se ha configurado teniendo como base desigualdades sociales y relaciones de explotación históricamente establecidas. Pensemos en cómo pensamos actualmente, en cómo vestimos, qué comemos y cómo comemos, qué y cómo producimos, cuáles son nuestros gustos musicales, cómo es nuestra vivienda, cómo es nuestra salud, cómo nos enamoramos… cómo vivimos, y llegaremos a la conclusión de que nuestra vida está signada por el mercado capitalista, el cual impone el estilo de vida. El capitalismo es nuestra cultura hegemónica y ella tendrá influencia sobre las otras.

Si no agarro mi garrote / y lo sueno en una perola

pero el deber que yo tengo / es cantar la música criolla

La identidad nacional, obvio, estará bajo la influencia de esa hegemonía. Cada grupo cultural tiene su identidad, lo mismo que el manicomio, la familia, el ejército, la cárcel, la iglesia y el hospital. A su vez allí cada quien tendrá la propia. En el manicomio una cosa es el enfermero, el psiquiatra y el paciente. En la fábrica, una cosa es el obrero y otra el dueño, aunque ambos manejen la misma jerga productiva y les guste la salsa o el rock. Hay identidad de clase e identidad política. Como hay coincidencias culturales, también las hay en la identidad. Usurpación de identidad o asimilación de la identidad del otro. El esclavo con el pensamiento del amo. El colonizado que exalta, admira y defiende al imperialismo. El vendepatria y el esquirol. En la identidad nacional, la coincidencia más elemental es el nacionalismo, la independencia y la soberanía territorial. Quien no asuma esos valores es un traidor a la patria. La identidad nacional es elemental para que un país comprenda la razón de su propia existencia y pueda denominarse patria. En íntima y placentera concordancia con nuestra identidad y posición política, sostenemos que la libertad de un pueblo es del tamaño de su convencimiento cultural. Confiere la fortaleza espiritual necesaria para asumirse como pueblo y defenderse a sí mismo en un momento dado. Si un pueblo no sabe quién es, se pone del lado de su agresor y no lo sabe.

No se trata de reivindicar la nostalgia, sino de lo que significa desde el punto de vista político para un pueblo desaparecer culturalmente. Un país desaparece cuando se queda sin pueblo su propia cultura, para deambular en el vacío entre los embates de la oferta y la demanda sin el hilo espiritual originario. El pueblo es el centro de su cultura. Similar a la bomba atómica que al explotar el núcleo se desencadena una metástasis mortal, así se desmorona una nación cuando se resquebrajan los cimientos de su fisonomía. Allí será presa fácil de la colonización. Necesario es que un pueblo mantenga una conexión afectiva con su legítima cultura. Que se quiera. Que no se avergüence de sí mismo. Que se conozca y se valore. Que pueda apreciar e identificar su propio rostro. Estimar y enaltecer a sus ancestros, su gente, su historia, sus luchas, sus cantos. Sin dogmas y con sentido crítico, asumir rotundamente a pleno corazón los hilos espirituales del colectivo histórico al cual pertenece y fortalecerlo para la querencia que nos unifica en torno a la nación y sentirla patria. Entre la diversidad cultural asumir la que nos identifica sin arrogancia ni contraponiéndola con otras como la mejor. Maravillarse con lo diverso, sin avergonzarse de sí mismo ni menospreciar al otro.

Pensamos que las personas nacemos potencialmente amorosas para vivir en colectivo. El individualismo ha reforzado una condición depredadora en nosotros. Aun así, y a pesar de la esclavitud, en nuestro inconsciente colectivo prevalecen valores comunitarios. Nos hemos organizado en cayapa desde tiempos lejanos. Nos emparrandamos y fuimos juntos a la guerra, hemos afrontado las mismas dificultades y disfrutado la misma alegría, nos hemos querido y nos queremos más allá de las paredes de la casa y de los apellidos. A pesar de tanta derrota y de victorias traicionadas, esas fortalezas que aún nos quedan no debemos asumirlas como nostalgia momificada ni en pasado inerte, sino en presente vigoroso. Todos esos indicios de lo que fuimos y somos están ahí para que nos pensemos hasta crear al fin la palabra que nos nombre.

La música es cultura en tanto cohesiona a los pueblos. (Foto: Dibujo del autor)

Doy fe de que he intentado sustentar estas ideas lo menos contaminadas posible con este lenguaje que, por más que se intente, no encontramos cómo deslastrarlo de la carga ideológica adherida en su largo trayecto, asimilando semánticas que cada vez más imposibilitan la exacta expresión.  Todo lo dicho hasta ahora era preciso decirlo para poder contrapuntear con El Llanero Completo, el cual requiere argumentos acordes con él, y solo escudriñando en la memoria perdida de un pueblo se pueden encontrar. Es preciso devolverse hasta bien lejos para llegar. Cruzar ríos crecidos de caimanes y tembladores. Amansar potros cerreros y pelear cuerpo a cuerpo con el tigre. Conocer de pócimas y conjuros. Para este contrapunteo no se puede desperdiciar ningún suspiro, se deberá colocar el corazón exactamente en el afecto.  Cantores como Dámaso Figueredo son la puerta abierta del potrero hacia la sabana sin linderos que nos libera vigorosos, a pleno aguacero, para encontrarnos con los abuelos que fuimos y somos. Agradecemos esta canción que, violentamente apacible, a relámpago y canoa, nos devuelve del olvido.

PERO PERTURBA EL ROSTRO DE LA ABUELA EN EL ESTANTE DEL MERCADO….DE ESO HABLAREMOS EN LA PRÓXIMA ENTREGA.

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Gino González
ASOCIADO
Instituto Samuel Robinson para el pensamiento original.
Caracas. República Bolivariana de Venezuela. 2021.

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