La música llanera representa uno de los pilares de la identidad venezolana. (Foto: Archivo)

El canto llanero como mercancía

“To lo que echa sangre es carne y lo que guele es aliño”

En el devenir de ese imperceptible salto del instinto al pensamiento, de la mano a la herramienta, de la recolección y la caza a la agricultura, el trabajo colectivo muta también hacia formas de explotación al otro, y la producción hacia la mercancía. esta es la alienación del trabajo de la que habla Marx.

Debido a cuál circunstancia o condición natural o espiritual la cultura adquiere esas perversidades. En la fe de que somos mayormente amorosos, se me ha ocurrido la teoría de “el cochinito malvado”. Eventualmente se ve entre las crías de una cochina, un cochinito insaciable que quiere mamar en todas las tetas y usurpa el lugar de los demás. Y la malicia hace estragos entre la mansedumbre. Pero, también, veo a los perros peleándose por tener sexo, frenéticos, extasiados ante el celo de la hembra y luego, pacíficos, todos echados, saciados o diluido el sortilegio. No hay amor en el pájaro que come las garrapatas en el lomo del toro ni odio en la culebra que devora al ratón.

Del animal venimos y del animal conservamos gran parte de su naturaleza, pero esa paz ni esa violencia la podemos extrapolar mecánicamente, aunque la usemos como metáfora. No nos corresponde aquí profundizar ni filosofar en eso. Pero, si enfrentar, revertir, desechar o renunciar a las perfidias culturales que nos someten, martirizan y corrompen como pueblo.

La cronología histórica de la alienación del trabajo materializada en mercancía está registrada en hechos. Cualquiera los puede consultar. Tal vez menos perceptible estaría la de la conducta o comportamientos generados a partir de ella. Tanto de aquellos adquiridos por lógica conductista en la práctica y la repetición, hasta los impuestos premeditadamente por los laboratorios y empresas de la manipulación mental al servicio del capital. La ciencia, la tecnología y el arte serán instrumentos y negocios del capitalismo. La invención y la creatividad son una condición primaria de la gente en su desarrollo cultural para la resolución de problemas y mejorar la calidad de vida, pero el capitalismo generará formas para usufructuar esa aptitud. La creatividad, la invención, la investigación…todo eso tendrá un interés mercantil. El capitalista invertirá en esa línea, pero recuerde que la rapiña es inherente al capitalismo, por tanto, también estará a la caza de todo lo que encuentre en las comunidades que haya surgido por iniciativa propia, para comprarlo o arrebatarlo por cualquier medio. Pero, de igual modo, estarán también quienes, a conciencia, se dedicarán a inventar y patentar lo creado para su venta.

Más que como a quien le gusta el chisme que por otra cosa, una vez le preguntamos a El Cazador Novato de los plagios en la canción llanera y él se sacó el lazo así: “eso andaba orejano porai y quien lo encontrara era de él”.

Mucha música y canción hubo por esos montes que terminó siendo anónima, pero también patentada por algún oportunista en esos tiempos donde la comunicación entre esos lejanos lugares con los centros urbanos era mínima y dificultosa. Cuenta Rusbel Prado que estaba un grupo de copleros y músicos llaneros cerca de SACVEN (Sociedad de Autores y Compositores de Venezuela, fundada en 1955) en Caracas, rondando por allí a la espera de que alguien los contratara “pa matá un tigre”, entonces y que pasó frente a ellos un reconocido músico y compositor nuestro con una carpeta bajo el brazo y Carlos González y le preguntó:

  • ¿Pande vas porai, fulano?
  • Por aquí, a registrá unas cancioncitas, respondió el fulano.

Y Carlos y que le dijo:

  • Erga, cualquier rato vas a registrar el himno nacional.

Mucho cuento de esos hay en los caminos con su carga de verdad y de leyenda, incluso de canciones muy populares. Lo mismo ha ocurrido con la ciencia y la tecnología. Los capitales a la caza de cualquier invención, y aquí sí es verdad que muy poca leyenda existe, más bien hay una extensa crónica de guerra en los inauditos despojos, agresiones, saboteos, atracos; propios de la competencia que de “sana e inocente” nunca ha tenido nada. Se han hecho inversiones en la investigación científica y en expediciones con esos fines, encubiertas y encaradas, desde un Alejandro de Humboldt y su “pasión naturalista” hasta la invasión militar en Libia e Irak. Desde el legendario supuesto enfrentamiento en relación a la electricidad de Thomas Edison y Nikola Tesla, uno como negocio para intereses capitalistas particulares o corporativos y el otro para beneficios colectivos, o simplemente la pugna en el negocio de uno que proponía la corriente continua y el otro la corriente alterna. Esto se puede actualmente ver hasta en la vertiginosa carrera de hoy de los laboratorios y centros de investigación de las trasnacionales farmacéuticas en la búsqueda de una vacuna contra el covid-19, babeantes por sacar provecho mercantil de la pandemia.  Lo cierto es que cada invento tiene posibilidades de ser explotado de forma industrial y mercantil.

La canción ya tenía sus formas primarias de comercialización en los escenarios ambulantes, en el teatro o en la fiesta. La primera forma de adquisición distinta a la oralidad y sin la presencia de los creadores fue la partitura. Primeros asomos de la farándula también, pues la fama de un compositor favorecía la venta de sus partituras, las cuales eran adquiridas por otros músicos para interpretarlas cuando les correspondiera animar alguna fiesta.   uno de los primeros aparatos de difusión de la música diferente al espectáculo fue la pianola. Aún no había forma de hacerlo con el canto hasta finales del siglo XIX cuando se logra grabar la voz y casi inmediatamente se inventa el fonógrafo, una década después el gramófono y con este, el disco. Así surge la posibilidad de explotar comercialmente una mina hasta ese momento prácticamente intacta, la canción de los pueblos.  La partitura recogía la música de y hacia la élite. Ellos serían, por ende, los primeros en utilizar este extraordinario descubrimiento de la grabación y reproducción musical (hacia finales del siglo XIX ya se habrán grabado algunas obras de música clásica, y es Enrico Caruso, cantante de ópera, a quien registra la historia como el primero que graba un disco de vinil hacia 1902), pero los empresarios se percataron de un gran mercado y la posibilidad, mediante este invento, de explotarlo masivamente: los pobres. Así, los pobres no solo eran una gran fuente de materia prima: la canción, sino también consumidores del producto: el disco.

Vinilo referencial de Enrico Caruso. (Foto: Archivo)

Las maniobras capitalistas son multifactoriales en un solo sentido, la mercancía. Debido a las investigaciones y descubrimientos en el área del conductismo ya se tenía conocimiento de los beneficios de la publicidad. Surge la radio y, más tarde, la televisión, instrumentos que serán un negocio redondo, pues no solo serían medios ideales de sugestión mediática en pro de la mercancía y su política, sino también mercancías en sí mismas; artículos que el consumidor deberá comprar. Es decir, compro los aparatos (radio, televisor) y estos, a su vez, son el canal para inducirme a comprar otros productos, en este caso el disco, casette o cualquier forma de empaque, lo que implica e induce también a la adquisición de un equipo para reproducirlos.  La radio, en aquellos primeros años del disco, será la gran cómplice del mismo, junto a la rokola (nombre que se asimila por la marca comercial de una de estas máquinas reproductoras de discos), la cual venía, junto al gramófono, a sustituir a la pianola. Esto se complementó en lo sucesivo con medios audiovisuales como el cine y luego la televisión. En la actualidad esta función la cumple el internet.

Todo eso, en esencia, tiene el mismo mecanismo perverso desde ayer hasta hoy, a no ser por los niveles de alienación cada vez mayores. El audiovisual acaparó tanto la atención que, como señalamos antes, se irá atrofiando el oído hasta el punto de que nadie será capaz de escuchar sin ver, al menos, desde luego, que sea ciego. En esto se ha llegado al extremo de videos-conferencias, una persona sentada al frente de una cámara hablando, cuando, más allá de su palabra, no hay más nada que observar, a no ser su rostro, la ropa, la mesa, algún cuadro detrás o el movimiento de las manos. Ya se hacen norma los desabridos escenarios virtuales que enmascaran la ausencia y la soledad.

Desde los inicios a lo largo del siglo XX, la discografía tenía su mercado, el cual se irá acrecentando. Ya mencionamos a Caruso y se sabe de discos de Carlos Gardel, sin duda uno de los primeros en América Latina, grabados hacia 1917. La popularidad de este cantor fuera de las fronteras argentinas, además de las giras por los teatros de la época, debió ser también a través del disco en gramófonos y vitrolas (primeros aparatos reproductores de discos que habíamos mencionado). Recuérdese que para 1935 Gardel visita a Venezuela, lo cual no hubiese hecho de haber sido un desconocido. Interesante, por cierto, las primeras grabaciones de este cantor, mayormente a dúo con José Razzano, donde se aprecia lo genuino del canto en uno de los géneros de la cultura musical del pueblo argentino. Aunque andaba porai Atahualpa Yupanqui, y tantos más, aún no salían a la luz pública. Ya mencionamos que estos cantos serían objetivo mercantil para la industria discográfica como se corrobora tiempo después en Venezuela y otros países. 

En Venezuela llega la radio por primera vez en 1926. En la década del 30 se irá expandiendo débilmente, pero será en los años 40 y 50 cuando se consolida hasta su auge total en los 60 y 70. Su hegemonía comunicativa será desplazada o compartida con la televisión a partir de los 70. Ya convivía con el cine y la rokola. Desde los años 50 se irá propagando el cine y ya en los 70 prácticamente no quedará una ciudad o pueblo que no cuente con al menos una sala de cine. En esto no podemos dejar de mencionar la propagación e influencia del cine mexicano y de su música a través de él. Cabe destacar que para observar como una expresión musical va sufriendo sus transformaciones, la ranchera mexicana en Venezuela sería un buen ejemplo. En esos caseríos, los músicos campesinos, en su intento por imitarla, quizás, la ejecutaron a su manera.

Primeras transmisiones de radio. (Foto: Archivo)

De igual forma, la expansión de la rokola para los años 70 será total, no habrá bar y/o restaurante en el país que no cuente con una. Desde los años 80, estos instrumentos de comunicación serán desplazados por otros. Las salas de cine por el betamax, el VHS y el DVD. La televisión también será cine, más aún cuando da un salto hacia la televisión por cable. Las rokolas, los tocadiscos y reproductores de casettes desaparecerán. Ya en la era del CD, habrá equipos multifuncionales por lo que servirán para oír la radio, reproducir los discos y ver películas. Incluso, al momento que confluyen los diferentes empaques, saldrán a la venta equipos que reproducían acetatos, casettes y cds. Toda una ofensiva tecnológica, y en medio de ella, el consumidor jalado por las orejas de aquí y de allá. Fíjese hasta donde llegamos, todo lo que ha sido capaz de hacer el cochinito malvado.  Hoy día con el internet, las computadoras, los teléfonos “inteligentes”, y en estos las redes sociales, se intensifica de manera brutal. Cambian las formas, pero el objetivo sigue siendo el mismo. Allí, entre la rapiña, nuestro cerebro como un pellejo que se disputan los buitres.

Para las ondas expansivas de esta comunicación se requerirán aparatos receptores y, desde luego, dispositivos reproductores en el caso del disco. En estos la electricidad juega un papel decisivo. Ante las limitaciones, debido a que la electricidad no llegaba hasta las poblaciones apartadas de los centros urbanos, salen al mercado gran cantidad de equipos que funcionaban con baterías, las cuales se agotaban y se precisaba adquirir otras para seguir utilizándolos. Otro negocio. Debido a esto, donde no llegaba la electricidad, el consumo de la comunicación por esos medios no se imponía con facilidad y todavía, en el caso de la música, lo que en específico nos atañe, la misma se generaba a partir de su germen primario: la gente. Vi, a mediados de los años 80, en un pueblito del llano adentro venezolano donde aún no llegaba la energía eléctrica, un grupo de llaneros, la mayoría jóvenes, girando en torno a un arpa y a un litro de aguardiente, turnándose para tocarla. Cualquiera tocaba el cuatro o las maracas o cantaba un pasaje o contrapunteaba, pero todo el interés estaba en el arpa. Seguramente era una de las pocas arpas que había por allí, por lo que todos remolineaban alrededor de ella como avispas en el dulce.   

Un hombre tocando un arpa. (Foto: Archivo)

La radio en los primeros tiempos funcionará en la capital con amplia cobertura nacional. Luego se establecería en las principales ciudades del país y a nivel más regional. Posteriormente habrá irradiado por todas partes, más aún con el auge de las radios comunitarias.  La radio en sus inicios, por razones obvias ya mencionadas entrelineas atrás, toma elementos del teatro para la difusión. Será el apogeo de las radionovelas, pero también de la música en vivo. Se escuchará radio masivamente. Aun cuando buena parte de la población no tuviera artefactos para escuchar los discos en físico, a través de la radio, la música se propagaba y servía como instrumento para la publicidad de otros productos comerciales. El deporte también sería otro recurso utilizado con ese propósito. Se narrarían los eventos deportivos; el boxeo, el béisbol…y se da inicio también al fanatismo deportivo.

En los formatos teatrales de la radio tendrá lugar las iniciales difusiones de la canción del pueblo. Será uno de los primeros indicios de cuando estos cantos empiezan a separarse de sus escenarios naturales. También las salas de los cines y otros espacios diseñados con ese objeto como los teatros. Creadores, intérpretes, agrupaciones…intentan con avidez presentarse en ellas, pero también la propia radio en el afán de “novedades” estará a la búsqueda de aquellos que, según los criterios estéticos asumidos, se adapten a sus intenciones. Esos criterios de selección se irán modificando con la realidad según la demanda y la oferta.

A finales de los años 40 se establecen los primeros sellos disqueros. Una empresa trasnacional y otra surgida en el país. Todavía es incipiente la industria discográfica. No es suficiente la adquisición de equipos reproductores que aumenten su demanda. La rokola, junto a la radio, son el principal instrumento de difusión masiva. La industria del disco tendrá un mayor impulso en la década del 50 y se consolida en los años 60 y 70.

En esos primeros años realizan sus primeras grabaciones cantores y agrupaciones, propias de la música y el canto de sus lugares de origen, forjados en las entrañas de su expresión cultural. Otros no grabaron nunca. Algunos, quizás, quisieron hacerlo, pero no pudieron, y están los que no les interesó eso o nunca se enteraron.

De la conversa con el viejo José Rafael Oquendo, en 1986, quien para esa fecha tendría unos 90 y tantos años de edad, su relato me confirma algunos aspectos relativos a estos asuntos que he venido mencionando. Fue “El Viejo” Quendo, tal como se le conocía entre la muchachada de mis años de crianza, un reconocido coplero de los llanos orientales. Tomando en cuenta su edad para el año de esta conversa, estimamos su actividad cantarina a partir de 1920 aproximadamente o como mínimo desde los años 30. En dado caso, la exactitud de estas fechas no es lo determinante en este trabajo, otros, según el interés, que las ubiquen con más precisión.  Decía ser nieto de Ángel Custodio Oquendo, “uno que cantó con el diablo”. Este personaje inspira una leyenda que escribió y grabó José Romero Bello, Leyenda de Paulino El Turupial y Ángel Custodio Oquendo. Nos relata también, El Viejo Quendo, el contrapunteo que sostuvo con Morocho Cova, y sus andanzas con el arpista Rafael “Ceniza” Hernández. Músico y cantor de lejana referencia en esos llanos. Indica, además, cuánto cobraba un conjunto para esa época, lo cual demuestra que ya para entonces existían transacciones en esa música.

Los maestros arpistas Patricio Machuca, Carlitos Pérez y Benjamín Díaz, me contarían, ya para cuando el mercado del disco se imponía, cómo, desplazados por el tocadiscos, hubo un momento donde casi nadie bailaba con ellos. Cuentan, incluso, que en esos caseríos donde no había luz eléctrica, se sentaban a esperar que se agotara las baterías a unos “picocitos” muy frecuentes cuando eso que reproducían discos 45, los cuales eran de dos canciones, una por cada lado, para que al fin la gente se interesara en ellos.

De allí que no son los discos un dato referencial para determinar la importancia, la antigüedad ni la calidad del cantor y de las canciones.  Como tampoco lo es la fecha de grabación, el dato idóneo y objetivo a la hora del análisis de una canción, sino más bien el año o los tiempos de su creación. A lo sumo, la fecha de grabación sólo indica el año del registro fonográfico.

En aquellos tiempos, al igual que en los más recientes, aunque tal vez no en la misma proporción, todos esos cantadores debieron pasar por diversos escenarios antes de grabar y muchos jamás grabaron, tal como ya habíamos mencionado. Y cuando decimos escenario, vamos desde una radio hasta una calle o sala de un teatro o de una casa o del caney o del patio.  Luego los sellos disqueros, hasta fabricarían sus propios “artistas” que pasaban directamente al estudio de grabación y mediante la publicidad, abarrotarían escenarios.

Hubo y hay mucha verdad de incognito. La propaganda masifica e impone verdades. Nosotros sólo nos disponemos a señalar algunos referentes de los primeros que grabaron en los inicios de la industria discográfica en Venezuela. En el saco de la producción fonográfica de ayer a hoy, en nuestro país como en todo el mundo, encontrará, buenas, mediocres y pésimas producciones musicales. 

En las primeras décadas del siglo XX se conocen contadísimas grabaciones y discos realizados fuera del país. Se señala como el primero en grabar en Venezuela a Alfredo Sadel hacia 1948.

En otros géneros distintos al llanero, entre los primeros que grabaron, vamos a señalar dos o tres como referencia.

En Lara: Don Pío Alvarado, graba algo tarde en relación a su trayectoria, pero es uno de los primeros junto a Los Golperos del Tocuyo. Del oriente: Chelías Villarroel, Francisco Mata, Jesús Ávila. Entre Lara y Oriente: Benito Quirós.  En la música central: Fulgencio Aquino, Salvador Rodríguez y Margarito Aristiguieta. Del Zulia: Jesús Reyes “Reyito”, Armando Molero y Ricardo Aguirre. De la parranda central: La Verde Clarita.

En los años 70 surgen otros sellos disqueros y proliferan otros cantores, cantoras y agrupaciones. Se conocen en las voces de intérpretes como Gualberto Ibarreto y Lilia Vera, la obra de compositores como Luis Mariano Rivera y Otilio Galíndez. A través de Un solo Pueblo se difunden otros ritmos de nuestra cultura musical: golpes de tambor, parrandas, fulías, golpes serranos…Son los tiempos también en esa década e inicios de los 80 de El Madera, Carota, Ñema y Tajá, Luango y tantos más.

Importante señalar un antecedente en todo esto. Para 1948 durante el reciente gobierno del presidente Rómulo Gallegos, Juan Liscano, organiza un evento en Caracas donde reúne una muestra de la cultura musical ancestral venezolana de una buena parte de las regiones del país. Entre ellos, de los llanos, estaba Ignacio “Indio” Figueredo y sus acompañantes. Ya El Indio había hecho presentaciones en la capital.

Carátula de un disco del “Indio” Figueredo. (Foto: Archivo)

De esos años también destaca Juan Vicente Torrealba. De estos dos arpistas, sería el primero en grabar. El Indio Figueredo lo haría luego. Voy a destacar las circunstancias que originan la destreza y obra de estos dos arpistas. El Indio Figueredo aprende en los montes, en su entorno, en los bailes y parrandos campesinos. La vida de Juan Vicente transcurre entre Caracas y Camaguán de donde es oriundo y su padre tenía un hato. Allí aprende las primeras nociones del arpa, pero sería la guitarra el primer instrumento que ejecuta; luego, en Caracas, a principios de los 50, retoma el arpa y en adelante sería arpista, incluso fundando su propia agrupación. Estas circunstancias, sin duda, determinaría el estilo y obra de ambos arpistas.  Permite también entender las diferencias, que se establecerán luego de la masificación de este género musical, entre músicos y cantadores, según el medio donde aprendieron. Unos directamente en la cotidianidad donde viven, otros al salir de sus lugares de origen que, por nostalgia u otra razón, deciden aprenderlo y otros, exclusivamente, por influencia del disco, teniendo como guía las grabaciones. En adelante, se conocerán otros arpistas más allá de sus regiones. Tal vez en estos, determinando las influencias se podrían precisar las escuelas, signadas por un anónimo entorno cultural o quizás por los influjos de otros arpistas anteriores o contemporáneos. Como en todo arte, unos   mantendrán o desarrollarán estilos propios.

Voy a nombrar entre tantos a José Acevedo, Alfredo Tenepe, Cándido Herrera, Silvio Cancines, Urbino Ruiz, Amado Lovera, Armando Guerrero, Hugo Blanco, Omar Moreno, Remigio García, Eladio Romero, Benito Brito, Valentín Caruccí, Alberto Román, Eugenio Bandres, Joseíto Romero, Ramón Quinto, Pedro Castro, Eudes Álvarez, Lionso Vera, Neris Torrealba. Queda de ustedes escucharlos y establecer las influencias y la originalidad en ellos.

En la bandola Anselmo López. Juan Esteban García y la bandola de ocho cuerdas, se conocería a raíz de una grabación de campo realizada en 1973 por Luis Armando Roche y Héctor Moreno en Altagracia de Orituco. 

Debo recordar que en este trabajo se toma como referente la música y el canto en relación con la discografía en unos años específicos para fundamentar el tema y nos sirva como marco conceptual en este contrapunteo con Dámaso Figueredo.

“Amigo mío, el tiempo bueno se acaba / aquella época, mejor ni me recordara / cuando Ángel López, un cuatro lo repicaba / acompañándole el arpa al negro Agustín Linares.”

Los músicos, obvio, serán parte fundamental de la canción. De hecho, en los primeros tiempos donde el baile era lo primordial, se cotizaban era a los músicos, los cantadores sobraban. Ese principio ha prevalecido aun en el joropo central, aunque no tanto como antes. Sin embargo, aún prevalece que, en cualquier fiesta amenizada con un conjunto de arpa, sobra quien cante.

Pero, en la música comercial llanera, todos los esfuerzos publicitarios se orientarán a posesionar a las o los cantadores.

En la música llanera, unos más genuinos que otros, entre los primeros que graban a mediados de los años 50 y en la década del 60 son: Ángel Custodio Loyola, Magdalena Sánchez, Carlos González, Marisela, Eneas Perdomo, Mario Suarez, Rafael Montaño, Juanito Navarro, Adilia Castillo, José Romero Bello, Juan del Campo, Isabelita Aparicio, Antonio Barcey, Pedro Emilio Sánchez, Marcelo Quinto, El Catire Carpio, Francisco Montoya…En los 70 el caudal será más extenso.

En la década de los 70, Dámaso Figueredo graba por primera vez.

Soy un zarcillo

que duerme profundamente

guindado de las orejas del pueblo.

Mientras tanto

debajo del chinchorro

los lobos de oro

devoran mis entrañas.

En este poema está contenida la próxima entrega.

AUTOR
Gino González
VARIANTES
ASOCIADO
Instituto Samuel Robinson para el pensamiento original.
Caracas. República Bolivariana de Venezuela. 2021.

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