Caracas, la capital venezolana, en movimiento un día de semana por la tarde. (Foto: The New York Times)

Cómo ser originales rodeados de copias y panfletos

“Qué me importa que el rey venda a Bonaparte sus esclavos si nosotros estamos dispuestos a ser libres”.

 Nosotros hoy diríamos, parafraseando a Bolívar: qué nos importa a nosotros cuál de los bandos del capitalismo se quede con nosotros los esclavos, si nosotros estamos resueltamente dispuestos a ser independientes, a forjar otro futuro, otro destino, otra manera de pensar, otro modo de producción; en fin, otra cultura.

Cuando Simón Narciso Rodríguez, aquel desaliñado caraqueño que formó a Bolívar, según propias palabras del otro Simón, “para lo bueno lo grande y lo hermoso” nos dijo: seamos originales. Lo primero que nos enseñó fue “no me repitan, no me tornen en panfleto, no copien lo extranjero, no repitan como loros, no imiten como primates, aunque suene y se vea bonito”; nos dijo “seamos nosotros no otros, tracemos las bases de la existencia con el orgullo de ser los seres universales que somos, no seamos las morisquetas de músicos, de pintores, de poetas, de políticos, de académicos, de intelectuales, en fin, de ministriles que añoran el aplauso de las cortes extranjeras o como mínimo ser parte de una cortecita minera, inventada por dictadores, adecos y copeyanos, imbuidos de mal gusto y ordinariez con su banderita, su himno, su escudo, su trajecito nacional, su segundo o tercer himno para, borrachos, enternecernos hasta las lágrimas en el extranjero, su baile nacional, su arepa y las demás quincallas con que nos adornamos para no ser nosotros, sino la ridiculez que pueda ser aplaudida por las mafias extranjeras que expolian al planeta”.

Cuando este viejo fabricante de velas para alumbrar las mentes nos legó sus hechos y palabras, no lo hizo con la intención de que lo convirtiéramos en la rareza a la que se le puede sacar provecho, con doctorados ensayos y otras bolserías sobre su vida, sino que lo hizo con la angustiosa intención de que comprendiéramos que sólo podíamos ser universales desde la originalidad que somos naturalmente y que esa naturalidad —esa intracultura— debía, puede y debe crearse originalmente desde el pensamiento que la nombre y con la cual nombra.

Esa es la gran deuda que Bolívar y Chávez nos invitan a saldar. Abandonemos la comodidad idiota del creer y metámosle el diente a la realidad, y la realidad es que hasta el más encumbrado de estas minas es un esclavo ante los dueños del mundo.

En adelante cada palabra estará dedicada a esta búsqueda, a la sospecha de la costumbre y la tradición, venga de quien venga y sosténgase en lo que se sostenga, porque, por encima de lo que sea, nunca la tradición y la costumbre acompañarán a los pueblos hacia un destino que no sea el eterno presente de esclavitud en la que habitamos.

Lo que estamos escribiendo, producto de los hechos generados en principio por los intereses del capitalismo y después con la aparición de la propuesta chavista, no es para competir, combatir o derrotar al humanismo o su aparato de producción: el capitalismo. Eso ya ha sido intentado y ha fracasado en los términos de éxito y fracaso con el que se mueven las motivaciones de los individuos en la actual cultura; lo hacemos con el deseo de hacer un aporte como millones que ocurrirán al intento de sustitución de esta cultura humanista individualista por la, posible y totalmente factible, cultura colectiva de arquitectura comunal.

Lo hacemos también con la intención de que los jóvenes y niños, en cualquiera de sus géneros, no continúen consumiendo todo como droga en sus infinitas formas y gustos, sea física, religiosa, ideológica, donde el consumismo absoluto se promueve como deporte extremo, como la máxima gloria que se pueda alcanzar. Los jóvenes, convencidos y deslumbrados en la creencia de que la libertad está en el consumo masivo de tecnología, no se percatan de que la misma los hace más esclavos porque tienen que trabajar mucho más y su desgaste es mayor. Pero, al final, como toda droga, lo que queda es la gran mona, el gran ratón y delirar en medio del gran bajón, buscando consumir hasta el infinito.

El ampliamente conocido “Black Friday” es uno de los símbolos de la sociedad de consumo contemporánea en Occidente. (Foto: The New York Times)

Los niveles de consumo físico que nos propone el capitalismo son imposibles de cumplir, bien sea por la carencia en las mayorías o por la opulencia en las minorías. En ambos casos, por medio de la propaganda y las nuevas tecnologías, el capitalismo ha conseguido que todos consumamos infinitamente desde la mente o el cerebro, porque lo que el cuerpo no puede lo puede la mente: la mente puede consumir lo que sea, aun la sobredosis.

Metámosle el diente al fulano humanismo

Hablar sobre el humanismo es como hablar sobre el cerebro, el estómago, las vísceras, las uñas, de cualquier parte del cuerpo. Y cuestionarlo es cuestionarse todo. Nos atemoriza o nos da miedo hablar de ello, porque si lo cuestionas para decir que no es el deber ser del ser, entonces nos generaría mucho miedo, nos quedaríamos en el vacío y preferimos buscar otro tipo de argumentos, otras justificaciones para no hablar contra o cuestionar al humanismo en cualquiera de sus partes o formas. Como si siempre hubiera estado allí, como si fuera nuestro cable a tierra, el controlador de la energía-materia que somos y que, sin él, no podríamos vivir. Pero olvidamos que antes, mucho antes de que existieran los dioses, o existiera un dios, o que habláramos y nos comunicáramos, ya existíamos: mucho antes de que estuviera cualquier pensamiento sistematizado, es decir, antes de cualquier forma o manera de nombrarnos como especie existíamos como tal en cualquier geografía, en cualquier clima, en cualquier modo, uso o costumbre. De manera que si la gente pudo desprenderse de la cultura arraigada en el pasado y por las cuales estuvo dispuesta a morir, a matarse y a matar. Si las élites fueron capaces de entender que las deidades, sean varias o una sola, eran invención de gente, también podemos, como especie, desprendernos del humanismo y sus hechuras dominantes.

¿Es imposible separarnos del humanismo y su aparato de producción, el capitalismo? No, radicalmente no. ¿Es complicado? Sí. ¿Es problemático? Sí ¿Genera temor? Sí. ¿Es doloroso? Sí. ¿Es largo y tedioso el proceso? Sí. Y su peor traba, como dijera Simón Narciso, es la fuerza de la costumbre, las tradiciones, los intereses arraigados, el poder mediático e ideológico de los dueños, el control del aparato de producción. Pero, fundamentalmente, es el hambre, el miedo y la ignorancia, más las ilusiones, quimeras, utopías, esperanzas sembradas en los cuerpos de las mayorías esclavizadas lo que no permite a esta especie entenderse con la capacidad de decidir su destino, de diseñar su futuro no como individuo, sino como especie, como un todo.

Hay gente que dice, por ejemplo, “yo no puedo vivir sin el carro, sin el celular; “me muero sin la internet, la televisión, el arte, el cine, la música, el papel tualé o la mayonesa”. Si no está eso está cualquier estupidez que nos la hayan convertido en tótem o centro de adoración. Ese apego a los objetos nos inhibe de intentar otras opciones, aun cuando nos evidencien lo perjudicial de la costumbre o tradición en que estamos imbuidos; entonces se nos presenta el dilema entre separarnos del humanismo o quedarnos en la tragedia que comporta.

Si abandonamos esta cultura de tragedia para la mayoría y mieles para la élite nos vamos a morir y nos iremos al abismo de lo incierto, como cuando se hablaba de que la tierra era plana y después de ella lo que quedaba eran los abismos insondables en los mares, donde la gente se moría si se aventuraba aventuraba, era tragada por esos sumideros que conducían a mundos terroríficos, comarca de monstruos y demonios. Las élites religiosas monárquicas absolutistas usaban esta ideología mitológica si alguien se atrevía a cuestionarlos.

Con el humanismo pasa lo mismo. Sus intelectuales, sus políticos, profesionales, académicos, empresarios, dueños, nos repiten a diario que ha llegado el fin de la historia, que debemos acomodarnos como mejor podamos, que no hay nada que hacer, que quedarnos sin el humanismo es morirnos, quedarnos sin nada, desaparecer. Sumida en ese miedo, la especie se va degradando porque el capitalismo, para existir, requiere convertir en inerte todo lo existente, es decir, la vida. No hay otra opción.

La otra opción es separarnos conscientemente de este modo de producción y su cultura, no es cierto que el mundo se vaya a acabar. En definitiva, el mundo se acaba para el que se muere. Nadie va a evaporarse porque desaparezca un pensamiento, un gobierno, una empresa, una fábrica, un ejército, las iglesias o los espectáculos. La especie va a seguir viviendo porque la especie es la vida en una de sus millonésimas formas. Por tanto, pueden desaparecer todos los pensamientos y todas las construcciones físicas que genera ese pensamiento-práctica de una cultura equis, pero la gente no va a desvanecerse. Para que desaparezca tendrían que producirse eventos naturales, que la tierra se salga de su órbita, la impacte una ñasca muy grande que la desbarajuste, y bueno, listo, vuela esta especie, porque desaparecen las condiciones materiales que la hacen posible. Pero un pensamiento no va a eliminar a esta especie. La puede maltratar, llevarla al máximo de su descalabro, como es el caso de los últimos cinco mil años con la aparición y sistematización del pensamiento que hoy se resume en el humanismo, en todas sus formas y variantes; pero ningún hecho de pensamiento, sea una bomba, una guerra, avance tecnológico o inteligencia artificial y sus máquinas, o cualquier otro evento producido por el pensamiento, eliminará a esta especie.

El filósofo alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel afirmaba que el continente latinoamericano no formaba parte de la “Historia”, cuyo centro era Occidente. (Foto: Archivo)

En la vida puede desaparecer una que otra especie por las condiciones materiales de su existencia y por su incapacidad de defensa ante la voracidad de las élites humanas —que en ese desespero por evitar el miedo, la ignorancia, el hambre, han destruido y hecho desparecer muchísimas especies animales, vegetales, minerales—, pero no por eso la vida dejará de existir. Incluso, estamos convencidos de que la especie que somos será capaz de superar esas lacras que arrastra desde los confines de los tiempos y hará posible un modo de producción que supere esta condición depredadora que nos caracteriza.

¿Al servicio de qué está el humanismo? ¿Por qué se generó el humanismo? ¿Para qué se generó el humanismo? ¿De dónde viene el humanismo? ¿Qué es lo que es en esencia el humanismo?

Está al servicio de élites que sistematizaron experiencias, de haceres ancestrales, todos ellos en función de superar las tres grandes taras ya nombradas, a saber el hambre, el miedo y la ignorancia. Estas élites constituidas en poderosas por la vía de la guerra y sus complejas estructuras generaron este pensamiento que hoy usan como lo más logrado por ellas. Aunque, con el devenir, estas élites siempre han tratado de ocultar la purulencia de la guerra, dando a entender que todo el progreso se debe a la tecnología, el arte, la filosofía, la política, el trabajo, la ciencia, la religión, todo ello aderezado con el mito del esfuerzo de las élites que se sacrifican por sus pueblos, culturas y civilizaciones.

El humanismo sigue siendo en esencia la continuidad de un pensamiento religioso guerrero que se complejizó en el tiempo. Sus representaciones, códigos, claves, son también la sustitución de un imaginario de deidades en el planeta. Pero la gran diferencia que establece el humanismo es que valida el poder del individuo, ya el individuo no necesita intermediario para justificar sus veleidades, miedos, ignorancias y hambres; ya sabe que dios es su creación y no a la inversa. Esto lo libera de toda responsabilidad y da paso al reemplazo de dios, generando al individuo como su sustituto, ya no como representante, sino como un ser todopoderoso, capaz de crear a dios.

Antiguamente la gente había generado dioses. Dios y estos eran una réplica del hacer habitual de sus creadores, de su construcción cotidiana. Si la gente guerreaba, sembraba, criaba, pescaba, cazaba, los dioses eran la sublimación de esos hechos, pero, además, la gente le asignaba poder a fuerzas que le eran incontrolables y generalmente dañinas a su existencia. En la medida que esas culturas se van desarrollando en las distintas geografías, sostenidas por la guerra como modo mayoritario de obtención del botín, aparecen las tecnologías, la organización compleja. Entonces, ya los dioses se vuelven inútiles, la gente empieza a resolver problemas con la arquitectura, la ingeniería, la agricultura, la fabricación de objetos que igual sirven para la guerra que para la agricultura o la carpintería, la pesca, el arte; van creando modos, usos y costumbres complicadas que requieren ser sistematizados y por tanto terminan por ampliar el pensamiento como una herramienta que merece mayor importancia. En definitiva, a ocupar el papel de los dioses en el cerebro. Cuando ya se hacen inútiles las deidades para el convencimiento de la especie, las élites, de acuerdo con sus intereses, de logros mayores u otros objetivos, comienzan a cuestionar los pensamientos anteriores o religiosos. Cuando ya se vuelven trabas en el proceso de desarrollo de las fuerzas productivas, que al final son las que determinan la cultura o las relaciones de producción en todos los tiempos y que se vuelven representación, códigos, claves en el pensamiento sistematizado, en este caso estamos ya hablando del humanismo.

El Rey Luis XVI, llevado a la guillotina durante la Revolución Francesa, fue un hito de la ruptura de la burguesía con la nobleza y el clero. (Foto: Archivo)

Esos tótem comienzan a ser cuestionados en los cerebros élites y su sitio comienza a ser ocupado por los pensamientos que resuelven problemas, que van más allá de lo elemental. Generalmente, quienes hacen eso son las élites, eso no lo hace lo especie en su totalidad, la especie en general se ha mantenido durante todo su trayecto como esclava.

Todo el pensamiento que vemos hecho físico en el espacio y tiempo es la sistematización de lo físicamente realizado de manera empírica por el esfuerzo de millones de cuerpos creadores, incluido el mismo pensamiento. Esta sistematización fue realizada por una élite bastante pequeña, en comparación con la gran mayoría. Estamos hablando de que no más de quinientas millones de personas en la actualidad tienen acceso a cierto disfrute de las mieles que genera el capitalismo. Siete mil millones estamos sometidos a la esclavitud permanente y a lo largo del trajinar de esta especie, siempre hemos estado sometidos en todos esos procesos de creaciones de dioses, de dios, del humanismos, con todas sus construcciones e imaginarios.

Las élites utilizan esa codificación para perfeccionar el control sobre la especie y mantenerla, como siempre, en estado de esclavitud. Se le puede llamar esclavo, siervo, obrero moderno, fuerza de trabajo, lo que sea; pero seguimos siendo esclavos porque no decidimos nada. Entonces, este pensamiento de lo humano quien lo sustenta y disfruta es una élite. El desarrollo de esas fuerzas productivas, su crecimiento, su producción de riqueza, al final beneficia a los individuos poderosos.

El nacimiento del humanismo es la solución de una contradicción. La existencia del individuo poderoso y dios, su creación, que es hecho a su imagen y semejanza. Pero antes esta contradicción se presentó entre las culturas que creían en los dioses y los creadores del dios único, que representaba un solo ser presidiéndolo todo en el universo. Es de tomar en cuenta que esas contradicciones se dan entre culturas guerreras que acumulan poder por encima de otras, y que necesitan ser justificadas por alguien superior a los dioses que representan a estas culturas. Estamos hablando de la guerra entre el paganismo y los cristianos, por lo menos en Europa. Insistimos que todo ello tiene que ver con la aparición de nuevas formas productivas, que a su vez van necesitando otras nuevas relaciones de producción que al final terminan constituyéndose en nuevas culturas representadas en un nuevo y complejo sistema de pensamiento.

El cómo se fue desarrollando la guerra determinó el modo de organización. Imaginamos inicialmente una montonera y, luego, los destacados, los visionarios, los analistas dentro de las montoneras fueron creando métodos, organización y determinaron que la mejor forma era la piramidal, la cuadrícula, siempre con un jefe, los transmisores de órdenes y los ejecutores. Los hechos también determinaron la preservación de los jefes y de ahí la derivación de los privilegios, la constitución de élites y a partir de entonces la cultura. La costumbre y la justificación ideológica de la existencia de ese poder que se va complejizando a lo largo del devenir en la cultura guerrera.

Lo colectivo jamás ha tenido existencia para sí porque esta existencia la da el nombrarse, quién se nombra y quién nombra. Si nombras, existes como poder y si te nombran perteneces al poder, porque el que nombra, el que designa, es el poderoso. Yo que lo he creado, soy aún más poderoso más omnipresente y más uniabarcante que dios. ¿Pero esa visión quién se la da al individuo? ¿Se la da su pensamiento, nace de su cerebro? No, se la da el análisis de su realidad. Es decir, yo que tengo ejércitos, yo que tengo aparato de producción, yo que muevo esclavos, soy más poderoso que cualquier otro. Es desde ahí de donde vienen las elucubraciones, las disquisiciones, el pensamiento, y comienza a moldearse, a constituirse, a crear métodos, tecnologías, medios de difusión, medios de adquisición del conocimiento, modos de aplicación, medios de reproducción… todo lo que ya como tal conocemos. El humanismo es creado por élites poderosas que les va a justificar sus hechuras, como antes se justificaron otras hechuras de las élites poderosas, en nombre de deidades o de dios único todo poderoso.

El homo economicus, racionalista, ególatra y ambicioso, le ha dado forma a la cultura occidental desde la aparición del capitalismo. (Foto: Cerosetenta)

La diferencia entre el pasado divino y el actual humanismo es que a aquellos les habitó la culpa del robo y el crimen. En la actualidad, a los humanos no les importan las consecuencia de sus actos porque en definitiva es libre de ser juzgado después de la muerte. Ya los atavíos morales que le sojuzgaban no existen porque, parafraseando, “la moral y la ética soy yo” porque la obra se hace en nombre de sí mismo, lo que ha de justificarlo todo por los siglos de los siglos.

Entendemos que el humanismo no fue un simple soplar vidrio y hacer botellas. Antes fue un dolor de cabeza que tuvieron que resolver estas élites, no solo como justificación, sino para resolver sus propias contradicciones porque estos venían de esas mismas élites que ostentaron el poder que justificaba a dios en la tierra. Pero con el humanismo dios queda cesante, un desempleado más de los millones que deambulan como migrantes en este planeta.

El socialismo o el comunismo nacen de la misma raíz en que nace el capitalismo. Son ramas de un mismo árbol. La diferencia entre estas posibilidades y el capitalismo es que este se realiza como modo de producción y, como tal, establece una cultura con todos sus modos y costumbres permeando el cuerpo de la especie en su conjunto, convirtiéndose en instituciones todas sus creaciones, incluida su ideología, llámense fábricas, iglesias, ejércitos, escuelas, universidades, artes, academias, deportes, información, espectáculos, ateneos o botiquines.

Es de hacer notar que la construcción del capitalismo determinó al humanismo como cultura que se le impuso a la especie a punta de violencia. La historia relata los hechos favorables a este modo de producción. Las demás ramas de este árbol al final solo sirvieron para remachar la existencia de la cultura capitalista: estamos hablando del anarquismo, el utopismo, el socialismo, el comunismo.

A pesar de todo el análisis realizado por Carlos Marx —su desmenuzamiento del capitalismo, sus causas y consecuencias—, los seguidores no pudieron entender la necesidad de sustituir a este modo de producción, si no que creyeron (no pensaron) que de lo que se trataba era de administrar los resultados de la producción, entiéndase la riqueza, y repartirla entre los pobres sin entender que mientras más se produzca con este aparato más pobres habrá. Este error de apreciación o de análisis trajo como consecuencia grandes tragedias a los pobres, por cuanto somos nosotros quienes, afiliados o no a estas ideologías opuestas al capitalismo, terminamos pagando los platos rotos.

La revolución industrial, que tuvo su más importante referente en la Inglaterra del siglo XVIII, fue el giro más importante que ha vivido la humanidad en términos de organización del trabajo y la producción. (Foto: OAS / Archivo)

Con el humanismo se logra suplir a dios por el individuo y a eso es a lo que le vamos a dar continuidad como condición de obtención de botín hasta ahora. Pero primero son los hechos. Nunca ocurre primero el pensamiento. Esto último es secundario. Podemos soñar, imaginar cosas, pero hasta que eso no logra precisar, elaborar, ensayar, experimentar, no logramos crear un pensamiento fuerte, sustentable, sostenible, que pueda volverse físico en el tiempo.

La diferencia entre las corrientes humanistas —liberalismo, comunismo, anarquismo, utopismo, socialismo— como cualquiera de las variantes religiosas que derivaron de esa guerra para la sustitución de dios por el individuo, la única que triunfó fue el liberalismo. Triunfó sobre las otras porque creó y se sustentó en un aparato de producción. El comunismo, el socialismo, el anarquismo no tenían aparato de producción: lo que tenían era verbo, quimera, esperanza, ilusión, utopías, pero los únicos que tenían control sobre el aparato de producción eran los liberales, los humanistas liberales, los que fundaron el capitalismo, los que lo financiaron, los que acumularon ese modo de producción y lo desarrollaron. En este caso la burguesía que se rodeó de los intelectuales, científicos y artistas que le dieron validez a estas construcciones, que le crearon un manto incuestionable de existencia única y verdadera, palpable y tangible en la tierra.

Para nosotros los esclavos se nos plantea un problema porque el humanismo está sustentado sobre un modo de producción que es profundamente ineficiente para la especie, para el planeta, porque no resuelve ningún problema. Por el contrario, está obligado como sistema a crear problemas, en tanto sistema, para poder subsistir. El capitalismo no puede vivir sin la guerra, sin la pobreza, sin la miseria, sin las carencias. Cuando hay sobreproducción, el capitalismo comienza a morir y tiene que quemar mercancía y generar caos controlado para reacomodarse y otra vez obtener ganancia.

El capitalismo nunca va a llegar a resolver el problema del hambre, porque si se lo planteara moriría como sistema. Vive del hambre, de la ignorancia, del miedo de la especie y para eso funciona el capitalismo, porque produce. Produce pero quema y quema, porque si deja de producir se muere. Si produce demasiado también se muere, tiene que vivir matando, destruyendo la vida. Pero tiene un problema y es que el producto, la materia prima, el recurso natural, para la generación de riqueza es finito y la ambición del capital es infinita. Esa contradicción no se puede resolver, no es resoluble en el tiempo ni en el espacio. Entonces el problema para nosotros los esclavos no es si el capitalismo es bueno o es malo, el humanismo sostiene como pensamiento esos hechos, como lo sostuvieron en la antigüedad los pensamientos religiosos, el mismo sistema de esclavitud. El problema para nosotros no es si es malo o si es bueno o si somos humanos o no. La cuestión a resolver colectivamente por nosotros es si necesitamos seguir siendo esclavos o necesitamos superar esa condición material de existencia, esa precariedad de la vida que somos en la actualidad. Esa es la interrogante fundamental que nosotros debemos tomar en cuenta.

El problema es cómo nos planteamos nosotros otro pensamiento que esté obligado a valorar a la especie como una forma de la vida y a valorarla como colectivo y no como células individuales, sino como colectivo. Y eso requiere un modo de producción que haga posible que se reproduzca el hecho colectivo de manera natural, cotidiana, en el ser. Esto no existe y tiene que ser creado; no existió tampoco en el pasado. Esas ilusiones de ir a la antigüedad, los indígenas, los asiáticos, los africanos, los europeos, esa idea bucólica de que vivían bella y lindamente en un paraíso terrenal hasta que dios los expulsó por tirones… no señor. La historia que nos viene de allá es de guerra, es de tragedia, es de carencia. Volver, intentar, plantearnos, retrotraernos al pasado, no es una solución.

Tenemos que obligarnos a construir, a pensar, a experimentar otro modo de vivir, porque es como cuando decimos “porque cuando yo era joven” y tenemos sesenta cuarenta, cincuenta, ochenta años. Ya no somos jóvenes y ya no vamos a serlo más. Vamos en declive, en deterioro. Tendemos a desaparecer como forma de vida. Esa es la realidad: ninguna de las formas culturales de vida que existieron hace miles de años tienen sentido a menos que hayan pervivido en el tiempo y se hayan mantenido. Puede que hayan culturas que lo hayan hecho, las culturas de hoy que dicen que son culturas y viven bajo la arquitectura capitalista, bajo las relaciones de producción capitalista, expresados en el comercio, en la diplomacia, la adquisición de conocimiento capitalista, la difusión del pensamiento capitalista, no son más que capitalistas, así haya nacido wayúu, yanomami, africano, asiático, europeo o colombiano, es culturalmente capitalista, es culturalmente burgués, burgués con plata o burgués esclavo, pero culturalmente, ideológicamente burgués, humanista, capitalista.

¡Ah!, ¿qué hay dos tipos de humanista? Sí, el humanista dueño de los humanista ideológicos que somos los esclavos. El humanismo y todo lo que lo expresa es una cosa maravillosa. La libertad, la igualdad, la democracia, la fraternidad, la civilización, el progreso, el desarrollo, toda esa terminología es maravillosa para un capitalista dueño, realmente es una maravilla, porque ese dueño es libre, sabe cómo funciona realmente el sistema (que es a través de la guerra, el saqueo). Él sabe y practica todos los preceptos humanos.

Las proyecciones cartográficas de Gerardus Mercator en el siglo XIV, configuraron la primera idea de globalización como espacio mundial interconectado por el comercio. (Foto: Diario del viajero)

Los esclavos que somos nosotros los ideologizados, los que vivimos todo el día pegados al teléfono, soñando ilusiones, cómo ser una maravilla en el mundo, que cuando me pegue la lotería, que cuando me coja al mejor culo del planeta, que cuando me haga millonario: ese es el ideologizado. El que no va lograr nunca nada de eso. No lo va lograr jamás. Si no las cárceles no estuvieran llenas, ni los ejércitos, ni los cementerios, ni los manicomios, llenos con los esclavos que intentan salir de abajo. Toda la ilusión que vende el capitalismo para que cumplamos esa ideología del humanismo. Pero siete mil millones de esclavos no pueden equivocarse, está sobredemostrado que estamos ideologizados todos.

Ahora, intentar salir de allí nos invita a conversar. Si creemos, por ejemplo, que los humanos siempre existieron. Hay gente que dice sí: los humanos siempre hemos existido, o bien porque nos creó dios o nos crearon los dioses, o bien porque venimos de reptiles o no sé de donde que inventaron los científicos cualquiera de esas razones. Pero la verdad es que lo humano no existía. No es verdad que siempre fuimos humanos. El humanismo es una cosa muy nueva. Es una especie, no eso, lo que tiene miles de años, con unas variables culturales, según clima, geografía, que determinan trabajo modos y costumbres. El humanismo apenas tiene existiendo como condición mental quinientos años, seiscientos años. Incluso cuando se institucionaliza no tiene más de doscientos desde que se usa el término humanismo en sí. Es como el celular, la gente dice que no puede vivir sin el celular, que no pueden vivir sin el humanismo. ¿Cuánto tiempo tiene el celular cuarenta, cincuenta años existiendo? Y antes, ¿con qué vivía la gente? Hay gente que tiene sesenta años y dice que no puede vivir sin celular. ¿Y antes como vivió? Es tonto. Nos obligan a pensar que no existimos sino con el pensamiento del otro, con la capacidad de otro, con la posibilidad de otro. Que no podemos pensar y ese es más o menos el pensamiento que todos los esclavos tenemos. El humanismo le sirve a una clase social para someter a una especie o a todas las especies o a toda la vida. Porque el humanismo, al final, es la sistematización de la compleja experiencia que ha tenido esta especie durante siglos o milenios. Y el humanismo ha sistematizado todo eso complejo trajinar de la especie.

Ahora, pretender que no se puede cuestionar al humanismo porque nos estaríamos cuestionando a nosotros mismos es estúpido. Porque si una especie tiene siete mil años, quince mil años y un concepto tiene apenas quinientos, seiscientos, setecientos, mil años en su proceso de construcción, ¿cómo es posible que nosotros seamos eso y no podamos ser otra cosa? Si la especie decide nombrarse será lo que le dé la gana cuando se nombre. Porque antes de que la gente se llamara humana se llamó yanomami, se llamó wayúum se llamó bantú, yoruba, bari, griego, chino, asiático, árabe. Antes de que se llamará humano, se llamaron de miles y miles de formas con datos culturales que le permitieron a la especie en esos climas, en esas condiciones materiales, existir. Y la gente se nombró tantas veces como climas y geografías, territorios habían. Es muy moderno, casi del 1800 para acá es que comienza todo el mundo a llamarse humano y dar el término humanidad. Porque una de las cosas que creó el humanismo es la superioridad. Le dio fuerza. No la creó porque siempre las élites se creyeron superiores en todas las culturas donde se impusieron los guerreros. La guerra era la forma de obtener botín, crear poder y crear mafias; crear condiciones materiales de existencia para elites poderosas.

La primera Guerra Mundial, evento geopolítico en el que las potencias industriales capitalistas se enfrentaron cara a cara por la superioridad económica. (Foto: History.com)

Para existir el poder, necesitaron, obviamente, nombrarse superiores, y eso ocurrió en las culturas guerreras, en todas las culturas donde la guerra fue, digamos, sustento de la vida de estas elites. Estas culturas se creyeron y nombraron superiores considerando a los demás bárbaros o salvajes, herejes o infieles, ¿qué es lo que hace el humanismo? La lleva a un grado máximo de superioridad, al exclusivismo absoluto, al excepcionalismo absoluto, a la condena de todo lo demás que exista, y solo yo humano soy, y nombró y se nombró como tal humano. Entonces todas las culturas guerreras asumieron el concepto humano porque se sentían tan superiores como cualquier otra cultura, siempre y cuando tuvieran un arma con qué defender y con qué invadir, con qué saquear. Era fácil que con ese pensamiento copara todos los pensamientos, aunque estos fueran religiosos. Los árabes, los persas, los chinos se consideran humanos, y ahora también los yanomamis y todo el mundo fue perdiendo su esencialidad como gente, que eso es malo o es bueno, ese ha sido el devenir de la especie, de acuerdo a la historia contada y oficializada.

El maniqueísmo no nos sirve a nosotros para pensar o cuestionar cualquier cosa de esas. Solo que ocurrió así. Ahora no podemos nosotros deshacer esos entuertos: eso no tiene solución, porque las culturas se avergüenzan como invadidas, como sometidas, como dominadas, y las culturas ambicionan ser como el dominador, como el invasor, como el saqueador, como el ladrón, como el criminal. Eso no tiene solución. No hay cómo resolver el problema desde ahí. El problema se resuelve en la medida en que se empiece a pensar desde otra perspectiva, porque, querámoslo o no, el tiempo que se está viviendo es un tiempo de deterioro. Ese tiempo de quebranto nos permite ese pensamiento, esa idea que estamos tratando de elaborar, pero no por eso el poder. El poder puede desaparecer con lo humano, puede desaparecer como lo que sea, pero va seguir apareciendo como dominio, como un bodrio, como lo que sea, pero va seguir existiendo.

Como en las llamadas películas de mundos distópicos donde el capitalismo se reduce a una plancha de zinc, una nave que vive por encima de todo el mundo y esclaviza a todo el planeta. Pero esa élite vive en esas naves con todas las comodidades inimaginables, mientras en la tierra, la gente cayéndose a coñazos, zombis, mutantes, desahuciados, gente muy deteriorada, mermadas por millones, todas entre murallas, muros, guetos, cárceles. Esas películas nos hablan de eso y una élite que vive maravillosamente bien, pero con unos grados de defensa impresionantes, porque saben que esos que viven abajo siempre quieren subir, y claro, no deja de tener ese hilo que en el cielo está la felicidad. Ninguna cultura distópica se construye debajo en la litosfera, ni en la biósfera. Ya la idea de paraíso terrenal ha sido desterrada, porque ya eso se supone estará destruido.

Todo está en el cielo. El todopoderoso humano sustituyendo a dios todopoderoso en el cielo. Eso es el humanismo, y, como concepto, marcha inexorablemente sin pena ni gloria hasta su desaparición. Esa es la idea básica en que se sustenta este sistema.

El concepto de lo humano no fue capaz de superar esa idea primaria y rudimentaria que durante milenios han fortalecido las élites que han dominado al mundo. El poder humano no ha podido superar el hambre, el miedo y la ignorancia, taras que mantienen aferrada a sus cadenas a esta especie que somos. El robo y el crimen solo pudo afincar a un ser egoísta y miserable que durante milenios se preparó para ocultar el sentimiento de culpa, repartiéndolo entre todos por medios de sus aparatos ideológicos y propagandísticos, haciéndonos creer a los esclavos del salario, de la profesión o cargo que sea, que también somos culpables de toda la tragedia producida.

Resuelto el problema de dónde nos viene el desamparo, debemos tener claro que los humanos o la burguesía, como clase o estamento o centro poderoso que domina y decide la vida y la obra de todos en el planeta, no están en disposición de solucionar nada por el simple hecho de que cómo viven es el deber ser y no precisan resolver nada. Por el contrario, su tarea consiste es mantenerse en el control de sus hilos poderosos.

No es un problema de género, de minorías, de color de raza, de partidos, de gremios, de etnias, de estados. Es un problema de conceptos, de sistema de producción, de quién domina, cómo subyuga y para qué esclaviza, porque hay mujeres traficantes de drogas, empresarias, ejecutivas, violadoras, asesinas, gobernantes, dueñas de prostíbulos, ministras, generalas, al igual que existen negros o afros, indígenas, discapacitados, religiosos, nacionalidades, homosexuales, y los etcéteras, que ejercen estos mismos oficios o detentan espacios poderosos. A ninguno de ellos les importa si violan o no violan, si hay abuso sexual o niñez abandonada, crimen, robo, invasión, masacres o desplazados; inmigrantes o explotación sexual o laboral en general, o destrucción de ríos o contaminación de todo tipo. A ellos solo les interesa su poder.

La conversa es para esta especie esclava: ¿qué decisión tomaremos? ¿Seguiremos buscando escaleras al cielo? ¿Seguiremos ambicionando, añorando enceguecida por todos los aparatos ideológicos, sean escolares o informativos o provocativos, inducidores al consumo? ¿O nos dedicaremos conscientemente a separarnos del capitalismo para poder andar juntos? Dar respuesta a esta interrogante obliga a la tarea de pensar.

El capitalismo separó a las comunidades y pueblos de su vínculo histórico con la tierra para erigir una sociedad de consumo y de explotación del trabajo. (Foto: Visión Agropecuaria)

La especie cada cierto tiempo comporta una fuerza que puede y siempre lo ha hecho, en la medida en que se ha conjugado con una o varias ideas, y ha logrado dar saltos, superar escollos. Lamentablemente esa fuerza siempre ha sido usada para las peores causas o, en su defecto, para acciones generadas por razones ideológicas que al final terminan por frustrarla por cuanto las mismas se sustentan en falsas percepciones de la realidad. A esta fuerza se le ha llamado juventud y se le han endilgado, de acuerdo a los intereses del poder, virtudes y propiedades fuera de lo común. Pero cuando no la controlan, entonces la juventud no sabe comportarse, no respeta y se les somete a la condena, al escarnio público. Se les droga de mil maneras o se les etiqueta como boba, yupi, jipi, equis, ye, zeta, milénial, centénial, en las bolas y no concebidos.

Como fuerza constante en todo presente, esta fuerza de la especie debe abandonar su embeleso embrutecedor y consumista a la que se le somete y comenzar a pensar con cerebro propio, salir de la dicotomía de si el humanismo es bueno o es malo. Al final el poder es poder, nómbrese como se nombre. En el nombre de dios, del rey, de los dioses o en nombre de lo humano, el poder seguirá existiendo en la medida en que la especie no sienta la necesidad de dejar de ser esclavos y no siga pensando en la ilusión, utopía o quimera de creer, por ejemplo, en el derecho a huelga, a un mejor salario, a uniformes, a comer, a que no nos maten, desplacen, o cualquier otra prebenda que creamos que nos pertenecen. Todas esas idioteces que deseamos como esclavos, sin darnos cuenta de que eso lo único que nos conduce es a la esclavitud absoluta porque esos no son ningunos derechos: quien puede pedir que la camioneta le funcione bien para ir a ser esclavo en la fábrica, quien puede pedir mejores uniformes para ser esclavo en la fábrica, quien puede pedir comer mejor, para gastar más energía en la fábrica, para tener el celular, el carro, solo a un esclavo se le puede ocurrir. Es la gran locura, alienación o enajenación a la que nos tienen sometidos las élites poderosas que hoy dominan este planeta.

AUTOR
Ramón Mendoza - El Cayapo
Instituto Samuel Robinson para el pensamiento original.
Caracas. República Bolivariana de Venezuela. 2021.

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