Sede de las Naciones Unidas en Nueva York, el foro internacional más importante del mundo. (Foto: Barry Tuck / Shutterstock)

La crisis estructural del sistema internacional

Introducción

Cuando se intenta hacer un análisis del sistema internacional actual es menester esbozar la situación del mundo y su estructura, así como las interrelaciones que hicieron presencia durante el siglo XX, para ayudar a entender lo que está ocurriendo ahora.

El fin de la bipolaridad no resolvió de inmediato el problema de definir una nueva estructura para el sistema internacional. Para ello, el mundo debió vivir una época de mucha tensión en la última década del siglo pasado. Había fuerzas en pugna contra quienes pensaban que lo óptimo era el establecimiento de un mundo multipolar donde todos los países y todos los bloques de poder pudieran tener acceso a participar en el proceso de toma de decisiones en la medida que hubiera desaparecido “el conflicto” y, al mismo tiempo, que todos los recursos pudieran ser utilizados para la cooperación en la lucha contra los principales males que afectaban —y siguen afectando— a la humanidad, como el hambre, la pobreza, la falta de agua y la existencia de enfermedades endémicas que son fácilmente solucionables si la humanidad se lo propusiera. 

Otros planteaban la necesidad o la idea de construir un mundo unipolar, en el cual —una vez desaparecido el polo alternativo del mundo bipolar—, el capitalismo iba a reinar eternamente. Hay que recordar que en esos años Francis Fukuyama escribió esa obra paradigmática titulada El fin de la historia y el último hombre y se pensó que la unipolaridad iba a ser el sistema que imperaría a futuro.

Esta situación conflictiva estuvo presente desde la caída del muro de Berlín y la desaparición de la Unión Soviética, manteniéndose durante toda la última década del siglo pasado y se resolvió, favoreciendo la unipolaridad, el 11 de septiembre de 2001, cuando se utilizó como móvil los ataques terroristas en Estados Unidos. Hago un paréntesis para decir que, aunque me refiero a “ataques terroristas”, no asumo como válida la autoría que Estados Unidos le ha adjudicado.  A mi juicio, el origen todavía sigue siendo incierto. Le doy carácter de terrorista a estos ataques porque murieron muchas personas inocentes y el mismo creó las condiciones políticas para que Estados Unidos lograra imponer un sistema internacional unipolar que se le dió justificación en los días siguientes, a través de los discursos del Presidente Bush, en particular el del 20 de septiembre del año 2001, cuando el mandatario obligó al mundo a asumir una posición: “O están con nosotros o están con el terrorismo”.

Ante esta falsa disyuntiva —porque nadie podía asumir vocación terrorista— los actores internacionales se vieron impelidos a constituir abiertamente, o de manera tácita una alianza o subordinación —según sea el caso— a Estados Unidos. Esto, junto con una serie de elementos complementarios, estableció de hecho un sistema internacional unipolar que en ese momento parecía perpetuarse en la historia. Hubo algunos analistas  (López Villafañe, 2005) que auguraron un largo periodo unipolar y así pareció ser durante los primeros años de este siglo hasta que este proceso se vio detenido por la crisis que emergió en el año 2008.

¿Una crisis estructural?

Hay que entender la dimensión internacional de esta crisis, su profundidad y extensión. Tiene varios elementos que la distinguen de cualquier otra de carácter cíclico que haya habido en el pasado durante el desarrollo del capitalismo, la más importante de las cuales fue la que hubo desde 1929 a 1933. Ahora bien, se puede conjeturar que en la crisis iniciada en 2008 concurrieron al unísono mecanismos de índole coyuntural aún presentes, así como acciones encaminadas a tratar de mantener el modelo de consumo y de desarrollo capitalista, que se insertan en una condición de salvaguarda estructural del sistema.  Además de tener componentes financieros y económicos, se adentraba en otros aspectos de la vida, el Estado y la sociedad, a nivel interno y también en el contexto regional y global.

En primer, lugar hay que visualizar su faceta energética toda vez que tiene que ver con un modelo que se agota. El sistema capitalista mantiene niveles de consumo imposibles de sostener con recursos propios. Por ello necesitan buscarlos y obtenerlos en aquellos lugares donde se encuentren. Es conocido —por ejemplo— que en Estados Unidos las exigencias de energía son crecientes, los recursos que produce son utilizados para la reserva, su producción les impide satisfacer sus necesidades por lo que han tenido que recurrir al fracking con altos costos de producción y enormes daños ecológicos. Lo mismo ocurre en Gran Bretaña, donde incluso la producción anual de crudo y gas ha disminuido cerca de 70% desde su máximo en 1999, a unos 1,4 millones de barriles en 2015 (Williams & Scheck, 2015).

Operaciones de fracturación hidráulica en Pensilvania (EE.UU.). (Foto: AP)

De manera que las principales potencias capitalistas necesitan de una energía que no tienen; podemos dar una cifra para comparar: en el año 2006, con un 6% de la población mundial, Estados Unidos consumía el 24, 1% de la energía. China es el 2º mayor consumidor del mundo con un 22% de la población mundial. Este país consume el 9% de la energía en un proceso que también es creciente (Servicio Central de Publicaciones del Gobierno Vasco, 2008). Diez años atrás, China consumía el 3% de la producción mundial de energía.  De forma que la crisis energética tiene su origen en las necesidades progresivas de las potencias para mantener un modelo de consumo exacerbado que se caracteriza por 2 o 3  vehículos en cada hogar, un televisor en cada dormitorio, 20 o más luces prendidas simultáneamente sin necesidad y aparatos eléctricos que consumen para cualquier actividad de la vida doméstica.  Todo esto hace que aumente la demanda del consumo, el cual ni siquiera frente a la crisis se ha detenido, sino que, por el contrario, es gradualmente mayor.

La crisis también es alimentaria. Aunque la Tierra tiene la superficie suficiente y los recursos para la producción de alimentos para los 7.7 mil millones de habitantes del planeta, y la pobreza había retrocedido, nos hemos alejado de la posibilidad de solucionar el problema del hambre, sobre todo después de la pandemia y la nueva crisis económica generada por el covid-19 (Banco Mundial, 2020). El hambre en el planeta es uno de los problemas más acuciantes que afecta a la humanidad. El derecho a la vida es el primero entre todos los derechos humanos, para cumplirlo debe accederse a la alimentación.

Sin embargo, nuevamente nos vemos enfrentados a una contradicción entre la posibilidad real de que el planeta Tierra procure comida a todos sus habitantes mientras que en 2017 casi el 10, 9% de la población mundial está subalimentada, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) en 2018, cifra que sigue creciendo. Aquí comenzamos a entrelazar los factores. La producción de alimentos necesita de la energía, la que al encarecerse aumenta los costos para producir alimentos o se producen en menor cantidad. Se entra en un círculo vicioso toda vez que el encarecimiento de los alimentos conduce a mayor hambre en el planeta, mayor desnutrición en los niños y menor posibilidad de solucionar este tipo de traba al desarrollo. De manera que esta crisis también se manifiesta a través de su componente alimentario.

La crisis también se manifiesta en términos políticos. El modelo occidental que se sustenta en la democracia representativa ya no da solución a las demandas más elementales de los ciudadanos y los pueblos.  Irónicamente hoy se “descubre” como un gran acontecimiento que no vivimos en democracia. En países tan distintos y distantes como Nigeria, Líbano, Tailandia, Francia, Chile y  en el propio Estados Unidos, los pueblos se movilizan indignados para reclamar una democracia que sea capaz de solucionar los problemas básicos de los seres humanos, así como también los derechos humanos consagrados en la Declaración Universal de Naciones Unidas.  De esta forma, ya se comienza a generalizar la idea de que el modelo político occidental —creado en Grecia hace 2.500 años— no alcanza a solucionar los problemas que aquejan a los pueblos. En esa medida, han empezado la búsqueda de nuevas formas de participación en el quehacer político y a través de la movilización social; en varios países se cuestionan los formatos actuales.

También la crisis es moral y ética, porque los basamentos ideológicos con los cuales se sustentaba el modelo ya no son capaces de explicarlo. Hoy, la televisión, las redes sociales y los medios de comunicación de masas han venido a sustituir el papel que jugaban los partidos políticos y otros estamentos de la sociedad como vehículos catalizadores de la preocupación y de la actividad política de los pueblos. En este contexto, hay un factor distorsionador porque finalmente estos instrumentos medios responden a intereses minoritarios de la sociedad que se agrupan en grandes monopolios, responden a las potencias y a ese mismo modelo en crisis, el cual, sin embargo, se sigue mostrando como una panacea para los pueblos, básicamente para los pueblos del sur.

El otro sustento ideológico sólido durante los últimos siglos fue la religión. Sin embargo, cada vez tienen menos capacidad para explicar los fenómenos que ocurren en la sociedad haciendo que, por un lado, surjan otros cultos que van ocupando el espacio que no pueden llenar las religiones tradicionales. Esta situación conduce a que se produzca una creciente búsqueda de otros escenarios y otras explicaciones para satisfacer las demandas culturales, ideológicas y de la educación en función de formar valores, principios y comportamientos acordes a las necesidades de los colectivos de la sociedad.

Así, se puede llegar a la conclusión de que la salida a la crisis que se vive no se avizora pronto. Hoy es posible afirmar que este trance del sistema internacional está vinculado a una crisis del sistema y del modelo capitalista que lleva varios años. Empezó en 2008 y un año después se inyectaron gigantescos recursos para tratar de paliar sus efectos dañinos, según la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en 2009, pero lo único que se pudo lograr fue “correr la arruga”, porque resurgió con más fuerza en 2010,  se ha ido profundizando, sobre todo con la llegada al poder de Donald Trump en Estados Unidos, sin que hasta ahora se hayan podido percibir soluciones adecuadas. Los “pañitos tibios” que se pusieron en el 2009, tratando de salvar a los bancos —no a los pueblos— alcanzaron hasta 2012. Por ello, a partir de 2013 se profundizó la generalizada cesación de pagos que se manifestó en Grecia originalmente y, luego, en parte de Irlanda, España, Italia e incluso en Gran Bretaña (BBC, 2013).

En la medida de que no hubo capacidad de respuesta —porque no tiene que ver con la orientación política de los gobiernos— han sido afectados por igual socialdemócratas y de derecha. El caso más palmario es España. Por igual, los gobiernos del PP y el PSOE no han podido dar respuestas, porque la crisis tiene carácter estructural y no depende de la voluntad ni de la decisión de un partido.

Los factores de conflicto

Frente a esta situación de crisis y frente a la necesidad de mantener el modelo se han generado niveles de conflictividad muy altos en el planeta. En ellos siempre se van a encontrar tres factores presentes que se cruzan, se mezclan y se sobreponen total o parcialmente: las armas, su producción y venta; en segundo término, la energía, su necesidad, búsqueda, producción y transporte; y en tercer lugar, la droga, su producción, transporte, distribución y consumo.

El complejo militar-industrial es una de las industrias más importantes del mundo, es la que produce más recursos y genera más empleo, está por encima de gobiernos y de cualquier posición o tendencia política que pueda haber en un país u otro, no respeta ni responde a ningún criterio de orden ético o moral (Romero, 2020). Eso se expresa en Asia Occidental, donde están tres de los principales compradores de armas del mundo (Egipto, Arabia Saudita e Israel). Técnicamente, Egipto y Arabia Saudita son enemigos de Israel, sin embargo, Estados Unidos les vende armas a todos.

Aquí se genera un círculo vicioso entre la exigencia de vender armas y la necesidad de que existan guerras o conflictos. Si no hay, la demanda de armas se contrae y baja la oferta. Por tanto a los ofertantes les conviene generar y mantener los conflictos para expandir la demanda y la oferta a un costo-beneficio que les favorezca. Por ello, la fatalidad del enfrentamiento está muy presente; incluso me atrevo a decir que, aunque se manifiesta de manera más abierta en Asia occidental, se expresa en cualquier lugar del planeta. Por ejemplo, puede evidenciarse en el conflicto de Taiwán o entre India y Pakistán y en cualquier otra situación de controversia.

Fuerzas de seguridad indias custodian la ciudad de Srinagar, ubicada en la conflctiva Cachemira. (Foto: Danish Ismail / Reuters )

 El tema energético es el segundo y se entrelaza muy directamente con el anterior. También Asia Occidental es la región del mundo donde se produce la mayor cantidad de energía, si se incluye petróleo y gas (Chatelus, 2020). Hay algunos analistas, especialistas en energía, que dicen que durante el Siglo XXI se va a pasar de la matriz energética petrolera a la gasífera y en ese sentido se aventuran también una serie de transformaciones. En Estados Unidos se han descubierto gigantescas reservas de gas bajo las Montañas Rocallosas. Esto llevaría a Estados Unidos a una transformación de su matriz energética, produciendo, a su vez, cambios fundamentales en la geopolítica mundial. Arabia Saudita que tiene ingentes reservas de petróleo, no las tiene de gas, lo cual le haría perder peso en su papel hegemónico en Asia Occidental, por ende, las potencias perderían interés en la monarquía saudí como aliado estratégico.

Otros estudiosos incluso advierten un giro de la política estadounidense hacia la región, la cual ya está mostrando ciertas aristas en la actualidad, señalando particularmente el énfasis que han puesto las potencias occidentales en hacer jugar un papel más decisivo a los Emiratos Árabes Unidos en las acciones intervencionistas más recientes en la región (Rodríguez García, 2020). Por su parte, Argelia, que tiene formidables reservas de gas, es un país sobre el que inmediatamente ―en esta lógica― se vuelca el interés de las potencias y no solo el de las europeas, sino que también el de Estados Unidos, porque su papel relativo en el ámbito estratégico pasaría a tener una importancia mucho mayor del que ya posee como productor de energía. Lo mismo pasa con Irán que, además de ser un gran productor de petróleo, también posee una de las mayores reservas gasíferas del planeta.

Es válido decir que cuando se habla de energía se deben estudiar dos factores. No solo el que tiene que ver con el lugar donde se produce, de la misma manera es muy trascendente el cómo y por dónde se transporta. En este último aspecto, hay dos elementos que deben considerarse: el de las rutas marítimas y el del trazado de los ductos de transporte de energía. Cuando se observa el mapa energético de Asia y Europa se percibe el gran trazado de ductos, los cuales señalan la geopolítica que permiten estimar claramente los márgenes de la confrontación y el conflicto estratégico futuro.  Uno de estos ductos, el más largo, fue construido por China con una extensión de 7.000 Km, desde el Mar Caspio hasta su región oriental (Mestre Jordá, 2014).

También Rusia ha fabricado varios, entre ellos el Nord Stream o Gasoducto ruso-alemán, objeto de gran controversia entre Alemania y Estados Unidos en la actualidad, cuyo primer ramal fue inaugurado en noviembre de 2011 y pasa por debajo del Mar Báltico para penetrar directamente en Alemania y así evitar negociar con Ucrania, país alineado con las posiciones más reaccionarias de Europa y de la OTAN. La construcción del segundo ramal de este gasoducto se ha desarrollado bajo fuertes tensiones por las dificultades impuestas por Estados Unidos, que ha sancionado a las empresas europeas constructoras; sin embargo, su trazado ya se encuentra en las costas alemanas muy cerca del territorio continental (RT, 2020).

Inicio de la construcción del ambicioso proyecto Nord Stream en San Petesburgo (Rusia), 2010. (Foto: Dmitry Lovetsky / AP)

Hay que entender lo que significa en términos de política internacional la posibilidad de Rusia de abastecer directamente a Alemania y lo que implica para este país tener la posibilidad de ser proveído por el gas ruso de bajo costo.  Asimismo, Rusia se propuso construir el South Stream, que desde el sur del país pasaría por debajo del Mar Negro y entraría a Europa a través de Bulgaria, para posteriormente ir a Serbia, Hungría, Eslovenia e Italia. Por supuesto, Estados Unidos ejerció gran presión en la Unión Europea hasta que Bulgaria decidió impedir el paso del ducto por su territorio, lo que motivó su suspensión (MS, 2014). Estos son solo algunos ejemplos de los innumerables ductos que atraviesan Europa y que establecen vínculos políticos a partir de la energía.

Toda esta mirada va mostrando la importancia estratégica del Asia Central como productor de gas y su entorno como vía de distribución y suministro de Europa. En esa lógica, Irán tiene una ubicación clave como gran productor de petróleo y gas y como nudo de comunicaciones entre Europa y Asia junto a Turquía. Precisamente una de las alternativas al South Stream es el Nabucco (Krishnan Simha, 2013), el cual, desde Turquía, busca ser una opción distinta que no obligue a la absoluta dependencia del gas ruso. En este contexto, se puede comprender el reciente conflicto entre Azerbaiyán y Armenia en la región de Nagorno Karabaj, por donde transitan importantes ductos que transportan energía.

 Por ello, apreciar el trazado geográfico de los ductos nos brinda importantes elementos de análisis de la política energética para entender los conflictos. De la misma manera, las rutas marítimas juegan un papel relevante desde el punto de vista estratégico.  La principal es la que va del Golfo Pérsico, pasando por el Estrecho de Ormuz, (por donde transita aproximadamente el 40% de la producción petrolífera mundial) , de ahí va al Golfo de Adén, luego pasa por el Estrecho de Bab el-Mandeb,  siguiendo por el Mar Rojo, el Canal de Suez, el Mar Mediterráneo hasta el estrecho de Gibraltar. He aquí parte de la explicación de la agresividad occidental contra Irán y la “vista gorda” que ha hecho de la guerra y el genocidio saudí-emiratí en Yemen.

Los cuatro estrechos de esta ruta son territorios frágiles en términos geopolíticos. De ello depende la estabilidad energética de las potencias occidentales. Esto las obliga a buscar nuevas rutas que le den sustentabilidad alternativa en caso que se genere un conflicto en Asia Occidental. Cuando Irán ha dicho que si se inicia una agresión contra su territorio va a cerrar el Estrecho de Ormuz, tiene plena conciencia de las implicaciones de dicha afirmación y no debe quedar duda que tienen capacidad para hacerlo. Ello produciría un golpe efectivo en el corazón de la matriz energética y, por tanto, en el corazón de la estabilidad de las potencias occidentales.

Este contexto es el que permite entender la importancia estratégica de Venezuela como fuente de materias primas energéticas y minerales para Estados Unidos y para Occidente. Ello es lo que obliga a prestar atención toda vez que si se llegara a desatar un conflicto en torno a los estrechos de Asia Occidental, Estados Unidos va a requerir ingentes cantidades de petróleo y va a querer obtenerlo en nuestro país, que es la fuente más cercana y más segura.

En una mirada más global se puede comprender que no es casual que Gran Bretaña haya introducido buques con armas nucleares en las Malvinas (El diario del fin del mundo, 2012), que se haya intentado establecer una Base Militar en el Chaco Argentino (Agencia Matriz del Sur, 2012) mientras se instaló otra en Con-Con, Chile (Becerra, 2019), muy cerca de Valparaíso, el principal puerto del país. En el mapa de Suramérica se puede ver un gran triangulo estratégico que domina el Atlántico sur, controla la entrada al estuario del Rio de la Plata y por tanto a todos los ríos que conforman la red fluvial más importante de la región y echa sus redes en el Pacífico Sur, porque en caso de que se cerraran los estrechos del Asia Central y Europa, el único paso natural que existe en nuestro planeta entre el Océano Pacífico y el Océano Atlántico es el Estrecho de Magallanes y el Paso de Drake. Esto los transforma en zona estratégica para Estados Unidos y la OTAN, que los obliga a mantener presencia militar en la región para garantizar y estabilizar esa ruta.

No debe causar sorpresa si el próximo paso de las potencias occidentales sean las islas de Juan Fernández, Sala y Gómez, la propia Isla de Pascua o alguna de las islas chilenas en el Océano Pacífico, con el objetivo de cerrar el espacio de control de los mares del Sur de nuestro continente.

El tercer factor que sostiene la economía capitalista es la producción, transporte, distribución, consumo y manejo de los recursos financieros que producen la droga y las sustancias estupefacientes. En 2012, esta industria ya producía alrededor de trescientos mil millones de dólares (América economía, 2013) de los cuales, la mayor parte fluye por el sistema financiero de Estados Unidos.

 Por todo lo anterior, Estados Unidos y Occidente no pueden dejar de vender armas, ni de manejar el recurso energético a través de la transnacionales y no puede impedir el negocio de las drogas, porque si cualquiera de esas industrias se suprime o no maximiza sus ganancias se generaría un crack financiero del cual no podrían reponerse. En estos tres pilares se sustenta la economía capitalista, por tanto, cualquier conflicto que se observe en algún lugar del planeta siempre va a tener presencia alguno de estos tres factores.

¿Hacia dónde va el mundo?

Este análisis nos lleva a entender el surgimiento de la crisis actual, son estos elementos, sus vínculos y las relaciones que se produzcan entre ellos los que se tienen que observar para entender la evolución del sistema internacional a futuro. Como se expresó anteriormente, la unipolaridad marchaba a buen ritmo hasta 2008, pero ese año comenzaron a cambiar las variables y a esbozarse nuevas definiciones. Así, surgen las interrogantes de ¿qué tipo de mundo es el que tendremos? y ¿hacia dónde va el mundo?

En estas condiciones surgen una serie de propuestas distintas para tratar de visualizar la estructura del sistema internacional a futuro.  Algunos dicen que podría ser bipolar, que volveremos a una bipolaridad, esta vez entre Estados Unidos y China. De alguna manera es eso lo que se manifiesta en el grupo de los 20, expresión de esa bipolaridad mundial donde hay 18 países que van a escuchar las decisiones que estadounidenses y chinos ya han tomado (Iturburu, 2014). También es el deseo que ha manifestado y hacia el cual volcó su política la administración Obama (Specchia, 2009).

Hay otros analistas, entre ellos el muy respetable Noam Chomsky, que dicen que la unipolaridad se va a mantener por mucho tiempo más porque finalmente China, India y los países del Asia son atrasados tecnológicamente y poseen altos índices de pobreza. En esa medida es imposible que puedan retar el poderío de Estados Unidos por un largo tiempo. Chomsky es una autoridad en estos temas, aunque no concuerdo con esa idea (Chomsky, 2009).

Otra hipótesis que se maneja ―aunque ha perdido fuerza por la realidad de los acontecimientos― es que el mundo del futuro será un mundo multilateral, es decir, aquel en el que se impongan los Organismos Internacionales (Torreblanca, 2010). A mi juicio, la multilateralidad como ha existido hasta ahora está en crisis porque el mundo empieza a buscar nuevos modelos de integración que no necesariamente pasan por lo que ha sido tradicional hasta ahora. Sin embargo, varios autores aseguran que se va avanzar hacia un mundo en el que finalmente las decisiones se van a tomar en el espacio de las organizaciones.

Por otro lado, hay quienes afirman que se avanza hacia un mundo multipolar (Kegley & Raymond, 2014).  Esta propuesta es la más generalizada y la asumen casi todas las cancillerías de nuestro continente. Creo que es lo deseable; lo anhelado es que se avance hacia un mundo multipolar, donde cada país agrupado con otros pueda construir un bloque de poder. Los latinoamericanos y caribeños están trabajando por construir un bloque de poder a través de CELAC, los sudamericanos habían avanzado mucho más con UNASUR en el deseo común de tener presencia en el mundo del mañana. Pero, la regresión conservadora y neoliberal que comandan élites con un pensamiento de mayor subordinación a Washington y menor voluntad integracionista han paralizado ese impulso.  De manera que la multipolaridad es un escenario ambicionado que vale la pena soñar y por el que hay que trabajar.

El presidente Nicolás Maduro lee una carta de Hugo Chávez en la II Cumbre de la CELAC, 2013. (Foto: Reuters)

Otra idea que ha comenzado a considerarse es la de un mundo apolar (Molano Rojas, 2010), en el que el sistema internacional dejaría de ser estadocéntrico y ―en esa medida― serían las organizaciones sociales y populares, no gubernamentales o lo que se denomina sociedad civil lo que daría fuerza y estructura al sistema.

Hay una sexta idea que se había comenzado a manifestar hasta la llegada al poder de Trump en Estados Unidos. Se trata de la posibilidad de avanzar hacia un sistema internacional de balance de poder (Kaplan, 1966) muy similar a la multipolaridad, pero diferente por muchas razones. Entre ellas hay una muy particular: en el mundo multipolar pueden participar todos lo que logren construir un polo de poder, sin restricciones. En el balance de poder no es así. Él se compone de un grupo cerrado, conformado por lo que el autor norteamericano Morton Kaplan llama actores nacionales esenciales. Estos son los que toman las decisiones y, en esa medida, defienden la balanza entre ese número fijo de actores. Si uno de ellos se elevara por encima de los otros, el resto se une, lo hacen descender y lo mantienen. Si alguno se desploma, los otros se unen, lo elevan nuevamente a su nivel, pero no lo excluyen del sistema. Una estructura como esta existía en la Europa de comienzos del siglo XIX. Napoleón Bonaparte se apoderó de casi toda Europa y el balance amenazaba con romperse. Las potencias se unieron, derrotaron a Napoleón, pero no sacaron a Francia del sistema e incluso restauraron la monarquía y garantizaron la estabilidad del balance (Rodríguez Gelfenstein, 2014).

¿Por qué es importante el estudio de estos temas? No es solo un debate teórico. Su conocimiento es trascendental porque las variables son distintas si se actúa en un mundo multipolar o en uno de balance de poder. Es fundamental entenderlo sobre todo para los pueblos de América Latina y en general para los del sur. Las cancillerías tendrían que tomar nota de esta discusión, así mismo la política exterior de los Estados debería considerar estos factores a la hora de tomar decisiones.

Una nueva dinámica para la política exterior

En esta lógica de transformación estratégica se comienza a visualizar en el mundo una nueva dinámica en el acontecer de la política exterior y de la política militar de las potencias globales.  En noviembre del año 2011, en la cumbre de la Asociación de Estados del Sureste de Asia (ASEAN), el presidente Obama anunció el inicio del siglo asiático de Estados Unidos, lo cual en términos prácticos significa un cambio estructural profundo, porque desplazó el eje geopolítico mundial del Asia Occidental en dirección a Asia Oriental y el Pacífico (Canrong, 2017).

Al observar esta situación se puede entender las causas del conflicto en Siria y las razones de las amenazas a Irán. Asia Occidental sigue siendo el lugar que define las decisiones más importantes del planeta desde el punto de vista estratégico. Como se mencionaba anteriormente, esta es la región que más armas compra y la mayor productora de energéticos, por tanto, la estabilidad económica y política del sistema depende de lo que allí ocurra.

En ese marco, vale la pena enfatizar que hablar de conflicto árabe-israelí es una falacia porque en realidad lo que existe es una confrontación del imperialismo a través de su instrumento Israel contra aquellos países que eligen un camino independiente y soberano (Rodríguez Gelfenstein, Radio de la Universidad de Chile, 2012). Esto pone en entredicho el modelo de dominación imperial, que se sirve tanto del Estado sionista de Israel como de las monarquías retrógradas del mundo árabe. Cuando se estudia el tema con profundidad para conocer las interrelaciones que concurren en la región se descubre, por ejemplo, la gran alianza de Israel con Marruecos o con los Emiratos Árabes, como se ha patentizado muy recientemente.

La presión estadounidense para que algunos países árabes establezcan relaciones con el Estado sionista es expresión de la necesidad imperial de construir un gran bloque que impida la resistencia que se manifiesta de forma creciente en al región hacia las políticas occidentales. Por lo tanto, el conflicto no tiene los ribetes en los cuales se ha proyectado públicamente. El problema fue fabricado por las potencias coloniales y aprovechado por los imperios actuales, lo que nos puede llevar a afirmar que no hay confrontación religiosa por medio, ni mucho menos civilizacional. Eso es solo un subterfugio para ocultar la verdadera contradicción de fondo (Rodríguez Gelfenstein, Ciudad Caracas, 2020).

En esa medida, Siria es expresión de una gran contradicción para Estados Unidos, porque finalmente este país ha sido un eje de equilibrio en Asia Occidental, jugando un papel de estabilizador de los conflictos. Ello puede explicar las posiciones encontradas que han manifestado las potencias frente al tema, incluso las del propio Israel. Por un lado quieren desalojar del poder al gobierno sirio, pero desean que haya una salida que le asegure un futuro proclive a sus necesidades y a los objetivos que se han propuesto obtener en la región.  Sustituir ―como en Libia― al gobierno de Bashar al-Assad por uno fundamentalista, les acarrearía tal vez más problemas que los que ya tienen. Esa es una de las razones más importantes que permiten explicar el porqué en Siria no pudieron lograr los objetivos que sí consiguieron en Túnez, Egipto o Libia a través de la llamada “primavera árabe”. Además, en Siria se produce una confluencia de intereses regionales y globales que le da al conflicto una connotación que supera sus propias fronteras, como se patentiza con la presencia directa en el país de Turquía, Irán, Rusia y Estados Unidos.

La cooperación militar entre Rusia y Siria fue clave para liberar al país árabe del terrorismo promovido por Occidente. (Foto: Middle East Eye)

Para analizar Asia Occidental, el mundo árabe y el musulmán, se debe considerar que el eje fundamental sobre el cual ha girado la región es la búsqueda y consolidación de una hegemonía que permita definir el papel regional en la dinámica global y en sus relaciones internas.

Esta es la razón por la cual el objetivo fundamental de las potencias imperiales en la región en los últimos 30 años sigue siendo Irán. Este país ha venido a cuestionar como nunca antes ―tal vez desde la época en que ese papel lo jugaba Egipto bajo el liderazgo de Gamal Abdel Nasser― la supremacía en la región y lo hace desde una posición religiosa que dista de la anterior hegemonía que aún mantiene Arabia Saudita. Irán profesa la corriente chií del islam, a diferencia de la monarquía saudita que es suní; eso genera una serie de alianzas, vínculos religiosos e ideológicos relacionados con la nacionalidad, la cultura y la tradición. Recordemos que Irán no es un país árabe, aunque musulmán, en realidad es un país persa. Si nos atenemos a la idea de que el conflicto de fondo es “árabe-israelí” entonces Irán estaría fuera del mismo, lo cual dista de la realidad.

Irán ha venido a cuestionar la hegemonía imperial, porque ha generado una situación nueva en Asia Occidental a través de su influencia, su apoyo a otros pueblos musulmanes que están en contradicción con Occidente, y sobre todo por su alto nivel de desarrollo tecnológico, no solamente desde el punto de vista bélico-militar, sino también en la agricultura, las telecomunicaciones, la ciencia y la medicina, realizando una profunda transformación del país.  

Esto le ha permitido tener capacidad de ejercer una influencia importante en la región. Cuando en 2003 el presidente Bush refiriéndose a Bagdad dijo ―con toda la ignorancia de la que se puede hacer gala― que era “un oscuro rincón del planeta” (Dolgopol, 2013, p.13), no mostró pleno conocimiento de que estaba hablando de la antigua Mesopotamia, poseedora de una cultura milenaria. Lo mismo ocurre en Irán que es cuna de la civilización persa, una cultura ancestral donde surgieron algunos de los adelantos científicos más importantes de la historia antigua de nuestro planeta.

Cuando se reseña a Irán, se alude a un país que a diferencia de Irak, Afganistán o Libia no tiene minorías importantes y en el que las mayorías no se encuentran sujetas a un poder minoritario.  Es un país bastante cohesionado con una aplastante mayoría chií, un liderazgo religioso que tiene capacidad de respuesta, no solo política y diplomática como la ha demostrado hasta ahora, sino también militar. Para ello se han preparado durante más de 40 años desde el surgimiento de la República Islámica en 1979. En ese sentido, Irán se ha transformado en un escollo fundamental para Estados Unidos y su idea estratégica de transformar el siglo XXI en su “siglo asiático”.

Estos acontecimientos y el desplazamiento del eje político que se ha comenzado a manifestar han venido a generar nuevas alianzas. La más importante se empieza a gestar entre China y Rusia.  Estas dos potencias emergentes han acordado el fortalecimiento de la Organización de Cooperación de Shanghái y el grupo BRICS (Teslova, 2020).  En Rusia, después del intento de acercamiento a Estados Unidos, Europa y la OTAN durante el gobierno de Dmitri Medvedev (Europa Press, 2009), el regreso a la presidencia de Vladimir Putin significó un cambio trascendente para el país y para el mundo. El gobierno de Medvedev hizo “bajar la guardia a Rusia” en distintas circunstancias, por ejemplo, en su voto respecto de Libia en el Consejo de Seguridad de la ONU. Esta situación no era compartida por Putin, ejerciendo resistencia desde su condición de Primer Ministro (La diaria, 2011).  

En el mes de Octubre de 2011, Putin fue designado candidato a presidente por su partido Rusia Unida y luego, en tal condición, logró perfilar un cambio en la situación.  En su primer viaje, cuatro días después de su nominación, fue a Beijing a establecer un formidable acuerdo de cooperación con el Presidente Hu Jintao, por el cual Rusia se comprometió al suministro de hidrocarburos a largo plazo a China (La Tercera, 2012). Esta acción está fortaleciendo actualmente el intercambio comercial bilateral, cuyo crecimiento se elevó de setenta mil millones de dólares en 2011 a casi doscientos mil en este año 2020 (Finanzas Digital, 2013).

Este desplazamiento del eje geopolítico intenta abordar temas concretos y novedosos.  Uno de ellos es el reforzamiento en la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), de la cual forman parte Rusia, China y cuatro países de Asia central que formaron parte de la Unión Soviética. Estos países, ubicados en las cercanías del Mar Caspio, albergan en su subsuelo algunas de las más importantes reservas de gas del mundo. Asimismo, se han incorporado como observadores a la OCS, Mongolia, Pakistán, Irán e India, lo cual hace que esta alianza comprenda un gran arco de países que incorpora a las dos naciones más pobladas del planeta y dos de las más extensas, reuniendo sustanciales reservas de energía a lo largo de un territorio que va desde Europa hasta el Océano Pacífico y desde el Océano Índico hasta el Ártico.

Asimismo, en el año 2014, se negoció y puso en funcionamiento la Alianza Euroasiática, configurada por Rusia, Bielorrusia y Kazajistán, a la que posteriormente se incorporaron Kirguistán y Armenia (Haz-Gomez, 2016). De esta manera se vincula la Organización de Cooperación de Shanghái con la Alianza Euroasiática, se puede visualizar una gran coalición de países que va desde el Pacífico hasta las propias estribaciones de Europa en el mar Báltico.

¿Cuál fue la respuesta de Estados Unidos? En primer lugar, el anuncio de que el siglo XXI sería el siglo asiático de Estados Unidos y la política de pivot hacia esa región durante el gobierno de Barack Obama (Powell, 2015). Esto implicó que posteriormente, ya en el gobierno de Donald Trump, en 2017 se cambiará el eje de atención desde el Asia-Pacífico al Indo-Pacífico por parte de Estados Unidos (Blasco, 2018) de manera tal de vincular su costa oeste, con el Océano Indico mediante el establecimiento de un acuerdo tripartito con Japón e India.

Por otra parte, en el marco de este análisis no hay que obviar la rivalidad permanente entre India y Pakistán. Sin ser miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, estos dos países son potencias nucleares.  En esa medida, el conflicto permanente y el potencial bélico de esa región es “aprovechado” por Occidente y la OTAN para buscar mantener el desequilibrio beligerante que le permita ampliar sus intereses.  En esta zona en particular también están presentes los tres factores antes mencionados: venta de armas, producción de energía y narcotráfico, con sus consabidas repercusiones.

Asimismo, Estados Unidos ha comenzado a reforzar su capacidad bélica al instalar nuevas bases militares en la región. Estableció una de ellas en Darwin, al norte de Australia (Europa Press, 2019). También, está estudiando la implantación de otros centros de operaciones militares en distintas ciudades, entre ellas Perth, en el oeste de la isla-continente.  Asimismo, fortaleció su base militar y naval en Okinawa (Japón) y estableció otras nuevas en Filipinas: en la ciudad de General Santos City erigió un puerto de aguas profundas y uno de los aeropuertos internos más modernos del país, renovó el aeropuerto en el Fuerte Magsaysay en Nueva Ecija y reforzó su pista de aterrizaje de forma tal que soporten el peso de los aviones C-130 (Docena, 2007).

En las islas de Basilan y Sulu, también en Filipinas, Estados Unidos construyó carreteras y puertos para barcos de gran calado (Ib.Id). En este país han establecido una nueva categoría de instalaciones militares llamadas Emplazamientos de Seguridad Cooperativos (CSL) y una base de operaciones avanzada en Mindanao.

En otro ámbito, existen una serie de ancestrales conflictos por límites marítimos y soberanía sobre varias islas en el Mar Meridional de China reclamados por este país, además de Vietnam, Malasia, Brunei y Filipinas, los cuales se están negociando en términos diplomáticos.  En ese marco, Estados Unidos ha intentado utilizarlos como puntos de tensión introduciéndose en esta problemática para tratar de generar conflictos entre China y sus países vecinos.

Los portaviones USS Ronald Reagan y USS Nimitz ingresan en el mar del Sur de China Meridional para tensar las relaciones con el gigante asiático. (Foto: AP)

En este escenario geopolítico se ha producido una competencia contradictoria, porque mientras China ha establecido vínculos con los países de la ASEAN (Indonesia, Malasia, Filipinas, Singapur, Tailandia, Brunei, Vietnam, Laos, Myanmar y Camboya) en los que ha puesto el acento en la cooperación económica, sobre todo a partir de proyecto del Cinturón y la Ruta de la Seda, Estados Unidos ha optado por la cooperación militar. Eso ha llevado a que estos países hayan incrementando sus vínculos con China, porque sus recursos financieros y de cooperación están ayudando a enfrentar problemas tangibles de los ciudadanos que conllevan fortalecimiento de la gobernabilidad y desarrollo económico que son perceptibles para la población, mientras que los recursos militares son en su mayoría percibidos por las Fuerzas Armadas.

El objetivo de todas estas decisiones es aislar a China, dicho de otra manera “la contención de China”, como lo denominan algunos analistas de políticas estratégicas de Estados Unidos (Klare, 2006). Consideran necesario “inmovilizar” a China porque coinciden en que esta va a ser la primera potencia mundial. Los más conservadores anuncian que esto ocurrirá en 2037, hay otros que dicen que ya en 2017 China supera a Estados Unidos como primera potencia económica mundial. Esta es la razón estratégica que conlleva a trasladar el eje de la política mundial a Asia. Por ello, es de prever que el conflicto mundial del futuro se desarrolle en esa región.

La gran debilidad de China es su dependencia energética (Sánchez César, s/f). A pesar que ―como ya dijimos― ha construido monumentales ductos que vienen tanto de Rusia desde el norte como desde el oeste de Asia central en las cercanías del  Mar Caspio, sigue teniendo un déficit que debe suplir por vía oceánica. Por ello, su territorio marítimo y el de su entorno, se ha transformado en un escenario estratégico sobre el que tratará de mantener su influencia, considerando el ya iniciado esfuerzo contrario de Estados Unidos.

En esta región también hay un punto geográfico de mucha importancia económica y por tanto política: el Estrecho de Malaca, ubicado entre Malasia e Indonesia que tiene en algunos lugares menos de 3 km de ancho, es la principal vía de abastecimiento de petróleo de China.  Estados Unidos, en algunos momentos, ha llegado a ubicar simultáneamente a tres portaviones de desplazamiento nuclear de los 11 que posee (7 de ellos operativos) en los mares del sur de China, mientras que esta apenas acaba de lanzar su primer portaviones de fabricación propia que se viene a sumar a otro de viaja data, pues perteneció a la Unión Soviética, lo compró a Ucrania, fue repotenciado y botado al mar hace alrededor de 10 años.  China está construyendo tres portaviones que deben ser botados en los próximos años. Así intenta disminuir el potencial bélico de la aviación naval estadounidense basificada en portaviones, crear un equilibrio en su frontera marítima sur y asegurar su suministro de energía por vía marítima.

Por otro lado, China, con una población de 1.395 millones de habitantes, elevó su presupuesto militar en 5,1% en 2020, ascendiendo a 261 mil millones de dólares. En cambio, Estados Unidos, con un poco más de 300 millones de habitantes, tiene un presupuesto de 732 mil millones de dólares. Estableciendo comparaciones, podemos observar que aún hoy el presupuesto militar de China es el 35,6% del estadounidense.

¿Y qué pasa en América Latina y el Caribe?

Como colofón analicemos la realidad y la perspectiva geopolítica de América Latina en esta lógica de poder mundial. La firma de los acuerdos Torrijos-Carter en 1977 ―que derivaron en la salida del último soldado estadounidense de la Zona del Canal de Panamá el 31 de Diciembre de 1999―, produjo un desbalance total del aparato militar de Estados Unidos para el hemisferio occidental. Panamá significaba para la potencia norteamericana mucho más que el canal, el cual teniendo una importancia de primer orden, era secundaria en comparación con las enormes y variadas instalaciones militares existentes en ese territorio, las mayores en todo el hemisferio occidental fuera del país.

Ahí residía el Estado Mayor del Comando Sur, unidades de la armada, el ejército, la fuerza aérea y la infantería de marina, así como estaciones rastreadoras de satélite y escuelas militares, entre ellas la tristemente célebre Escuela de las Américas, donde se formaban los militares latinoamericanos bajo la doctrina de seguridad nacional (Rodríguez Gefenstein, 2009).

La salida de este gran contingente de Panamá de la zona del canal de Panamá produjo un descalabro que obligó a Estados Unidos a replegarlo hacia su propio territorio. Las ubicó básicamente en el sureste (Florida, Alabama, Georgia, Carolina del Norte, Carolina del Sur y en su colonia de Puerto Rico). A partir de ese momento se comenzó a ejecutar un plan ―que ya se venía elaborando desde antes de su retirada total― para reinstalarse en nuestro continente.

Toda vez que ya había desaparecido “el peligro soviético” y sin poder utilizar como subterfugio la “expansión del comunismo internacional”, tal situación llevó a Estados Unidos a diseñar un nuevo enemigo. Esto condujo a la definición de las migraciones ilegales de indocumentados y al narcotráfico en esa condición durante toda la década final del siglo pasado. Con ese fin, también elaboró y puso en funcionamiento el Plan Colombia.

El Plan Colombia fue el instrumento creado por Estados Unidos para reinsertarse militarmente en nuestro continente. Al norte de Venezuela, a escasa distancia de sus costas, han instalado estaciones de radar en las islas holandesas del Caribe, asimismo lo han hecho en la base de Palmerola en Hondura y en Ilopango y Comalapa en El Salvador.  También fortalecieron la base de Guantánamo, en Cuba, y en 2009 firmaron un acuerdo con Colombia para establecer siete bases militares en su territorio. A través de un acuerdo con Ecuador tuvieron durante diez años una base militar en Manta, que fue desactivada en 2009 durante el gobierno del presidente Rafael Correa (Ib.Id).

Como ya se dijo, se instaló una base militar en Chile y se intentó establecer otra en el norte argentino. Esta base sería utilizada para enmascarar destacamentos militares estadounidenses bajo la fachada  de Emplazamiento Cooperativo de Seguridad (CSL, según sus iniciales en inglés) o Emplazamiento Adelantado Operativo (FOL, según sus iniciales en inglés),  con el objetivo de monitorear el área de la Triple Frontera y controlar las grandes reservas de agua dulce del Sistema de Acuíferos del Guaraní. En el año 2018, durante el gobierno de Mauricio Macri, se retomó un proyecto de 2012 para la construcción y puesta en funcionamiento de una base militar estadounidense en Neuquén, en la Patagonia argentina (La Tinta, 2019).

De la misma manera, ha habido otras tentativas para emplazarse en el subcontinente. Por ejemplo, en Manaos, Brasil, intentaron establecer una base antiguerrillera que el presidente Lula rechazó. Sin embargo, este proyecto se retomó en 2017 y en 2018, tan pronto tomó posesión el presidente Jair Bolsonaro, quien negoció con Estados Unidos el uso de la Base de Alcántara ubicada en un área estratégica, pues se encuentra en el punto más oriental de América sobre el océano Atlántico (Navarro F., 2017) (Mardones Costa, 2008).

Con similar intención, reactivaron la cuarta flota de la Armada estadounidense ―que había sido puesta fuera de funcionamiento en 1946, al finalizar la 2ª Guerra Mundial―, para operar en el Mar Caribe y el Atlántico Sur (Mardones Costa, 2008). Lo hicieron en el momento en que buena parte de la región se desarrollaban procesos políticos de vocación progresista que se proponían la defensa de su soberanía, pero, sobre todo justo cuando se investigaba la existencia en el mar brasileño ―que ellos llaman Presal― de grandes yacimientos petrolíferos, posiblemente los mayores que haya en las profundidades del océano suramericano. Esta información fue confirmada unos años después por la Agencia Nacional de Petróleo de Brasil (Efe, 2010).

Un tramo del Amazonía se quema como resultado de la sobreexplotación maderera y agrócila. (Foto: Ueslei Marcelino / Reuters)

En esa misma óptica se pueden considerar las continuas declaraciones de altos mandos militares de Estados Unidos, quienes desde 2012 han manifestado su preocupación por lo que denominan “turbulencias geopolíticas” que se pudieran originar en Cuba, Venezuela, Nicaragua y Haití. 

Para completar el cuadro, se hacen manifiestas las provocaciones de Gran Bretaña en Malvinas, quienes violan los precarios acuerdos con Argentina para llevar el conflicto al escenario de las negociaciones diplomáticas. Las acciones británicas en Malvinas son además violatorias del derecho internacional. Los países de Latinoamérica y el Caribe han firmado el Tratado de Tlatelolco, el cual prohíbe el establecimiento de armas nucleares en la región. No obstante, Gran Bretaña impunemente ha llevado buques con armamento nuclear a las islas del Atlántico sur, ilegalmente usurpadas (Telam, 2013).

La llegada de Donald Trump al gobierno de Estados Unidos supuso un escalamiento en la agresividad del país norteamericano en la región, particularmente contra Venezuela, que ya en el gobierno de Obama había sido declarada como una amenaza para su país. A diferencia del pasado, en que la mayor parte de las acciones para el derrocamiento de un gobierno indeseable eran ocultas, ahora abiertamente la potencia norteamericana ha anunciado su decisión de derrocar al gobierno de Venezuela por cualquier vía.

La integración es el único camino

Frente a esto, hay mucha gente con desesperanza y no veo por qué tiene que ser así.  La respuesta debe ser la integración, una respuesta esperanzadora, positiva, la cual ya vemos surgir desde los pueblos de América Latina y el Caribe. La integración, sin embargo, hoy ya no es una opción, es la única posibilidad. Si se quiere avanzar hacia la multipolaridad, a contracorriente de las potencias, la única ruta es la integración.

Desde la propia independencia las élites han pugnado por impedir y sabotear la integración y lo siguen haciendo. Desde el momento que usurparon la independencia para poner el potencial económico de las nuevas Repúblicas, al servicio de su ganancia y de su lucro propio, las oligarquías de la región no han tenido una visión del todo y no les interesa tenerla, mucho menos producir procesos de integración al servicio de las mayorías.

La integración a construir tiene que ser de Estado, que supere a los gobiernos, porque no se puede construir en condiciones de sometimiento a los vaivenes que pueda haber en la política local. En esa medida, la única manera que la integración sea de los Estados y no de los gobiernos, es que la asuman los pueblos, que se empiece a tejer desde abajo una red que se exprese en los ámbitos académicos, campesino, indígena, estudiantil, entre otros, de manera que se haga imposible su regresión.

Cierro recordando a Bolívar, en 1815, en la Carta de Jamaica. Recordemos su contexto político.  Se había producido la Independencia en Venezuela en 1811, pero no se había consolidado, los españoles todavía tenían presencia en el continente e incluso habían recuperado el poder (en el caso de Venezuela). En 1812 cayó la primera República y más adelante, la segunda República. Bolívar tuvo que salir nuevamente al exilio a Cartagena de Indias; de ahí va a Jamaica y escribe esa carta, que en realidad más que una misiva ―que se supone estuvo dirigida al señor Henrry Cullen― es uno de los documentos más brillantes de la historia política de América.

Conocida como Carta de Jamaica, Bolívar hace un recuento memorable de las características políticas e idiosincráticas de cada una de las naciones de la América meridional. Antes de echar “una ojeada”, a la “lucha simultánea” en todo el hemisferio expone: “En unas partes triunfan los independientes, mientras que los tiranos en lugares diferentes, obtienen sus ventajas, y ¿cuál es el resultado final? ¿No está el Nuevo Mundo entero, conmovido y armado para su defensa?” (Bolívar, 1947, p.160). El Libertador es claro al señalar las diferencias de los que luchan, pero resalta que todos están participando en contra del enemigo español.

 Hoy en esta nueva lucha por la independencia, en esta nueva necesidad de sobrevivir para ser alguien en el mundo del mañana, tienen que estar todos los que obligan a construir una integración de Estado. Se debe aprender a ceder para construir un espacio mayor que dé la posibilidad de actuar como un todo en el escenario mundial.

La contradicción es la misma que surgió en 1823 cuando el presidente de Estados Unidos, James Monroe, expuso su idea de “América para los americanos” entendiendo que americanos son solo ellos. Un año después, Bolívar respondió con la Convocatoria al Congreso de Panamá que se realizó en 1826, llamando a crear una nación de naciones. La integración es la única oportunidad de sobrevivencia porque va a haber conflicto, pero no va a ser entre las potencias, va a ser una confrontación de ellos contra los pueblos del sur que se han planteado un camino de independencia, de soberanía, para poder unirse y aliarse, para lograr construir espacios de integración que permitan tener presencia y sobrevivencia en el mundo del mañana.

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AUTOR
Sergio Rodríguez Gelfenstein
ASOCIADO
Instituto Samuel Robinson para el pensamiento original.
Caracas. República Bolivariana de Venezuela. 2021.

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